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Jueves, 08 de Octubre de 2026

Actualizada Jueves, 08 de Octubre de 2026 a las 08:07:40 horas

Víveros Flores cierra el próximo viernes, 9 de octubre/TA. Víveros Flores cierra el próximo viernes, 9 de octubre/TA.

El histórico negocio Víveres Flores echa el cerrojo

En el adiós a la tienda de Antoñito en Melenara

Reflexión de Héctor Ángel Castro Martín, vecino de Melenara

HÉCTOR ÁNGEL CASTRO MARTÍN Jueves, 08 de Octubre de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Jueves, 08 de Octubre de 2026 a las 07:13:31 horas

Hoy me han dado una noticia que, más que una noticia, ha sido un disgusto. Cierra Víveres Flores. O, como la he conocido yo siempre, la tienda de Antoñito, en Melenara. Y todavía no me lo creo. El viernes 9 de octubre de 2026 cerrará sus puertas..

 

No he sido capaz de asimilar que la semana que viene saldré de mi portal y ya no encontraré su puerta abierta. Que no estarán Antonio, Gilberto o Gerardo apoyados en ella, cogiendo aire y viendo pasar la vida. Que habrá que acostumbrarse a pasar por delante de un lugar que durante más de 35 años no fue simplemente una tienda, sino una parte de nuestras vidas.

 

Porque allí iba yo de pequeño a hacer los mandados. Allí compraba polos, aquellos bocadillos de chorizo de Teror que me comía con los chiquillos, queques, dulces y tantas otras cosas que hoy, al recordarlas, saben inevitablemente a infancia y a adolescencia.

 

Allí mi querido y amado padre, Ramón, llevaba las naranjas. Y más tarde las terminé llevando yo. Allí mi tío decía que papas tan bien pagadas como las que pagaba Antoñito no las había vendido nunca. Allí estaban los deliciosos aguacates de Jeromito, que ahora son de Gustavo. Los plátanos. La verdura del merca. El jamón. El pan. Las cosas de todos los días que, con el paso de los años, terminan convirtiéndose en las cosas importantes.

 

Porque uno no iba solamente a comprar. Iba a encontrarse. Ibas a por un cuarto de jamón y te llevabas, además, una conversación. Una conversación amable, inteligente, generosa, instruida. De esas que ya casi no existen. Allí nos encontrábamos los del barrio. Allí se hablaba de la vida, de las alegrías y de las desgracias. Allí salíamos con una sonrisa de oreja a oreja o maldiciendo lo mal que estaba todo y convencidos de que aquello no había quien lo arreglara.

 

O ir a comprar expresamente un producto y llevarte de todo menos lo que te hacía falta, darte cuenta al llegar a casa, cruzar la calle de nuevo para ir a buscarlo y escuchar al entrar: “es que Dios -o la vida-  le da piernas a quien no tiene cabeza…”

 

Y allí también podía ocurrir que un sábado entraras buscando una fregona y un poco de lejía porque estabas de limpieza y acabaras tomándote una cerveza con los parroquianos.Ya limpiarás por la tarde.

 

Así era la tienda de Antoñito.Y por eso cuesta tanto aceptar que cierre.Porque no cierra solamente una puerta.Se cierra una época.

 

Se apaga uno de esos pequeños lugares que parecen insignificantes cuando están ahí, formando parte del paisaje cotidiano, y que solo cuando desaparecen comprendemos hasta qué punto sostenían nuestras vidas.

 

De verdad, todavía estoy que no me lo creo.¿Ya no podré ir a Ca' Antoñito el lunes siguiente a unas elecciones a comentar los resultados? ¿Dónde vamos a discutir ahora de política, de fútbol, de precios, de la vida y de cómo arreglar el mundo mientras compramos medio kilo de papas? Pero, sobre todo, ¿dónde vamos a encontrarnos?

 

Porque si algo quiero poner hoy en valor es la enorme capacidad, la bondad, la valentía y la generosidad de estos tres hermanos. Y también la de su padre, al que recuerdo con un cariño inmenso.

 

Durante más de 35 años nos han regalado algo que hoy vale más que nunca: la posibilidad de sentirnos parte de algo. Han mantenido viva una virtud que quizá solo sobrevive en los barrios pequeños, allí donde todo el mundo se conoce, donde uno sabe quién vive en cada casa, quién está pasando un mal momento, quién ha tenido un hijo, quién necesita una mano y quién aparece por la puerta simplemente porque sabe que allí siempre habrá alguien dispuesto a escucharlo.Nos han regalado vecindad. Y la vecindad, cuando es verdadera, acaba convirtiéndose en comunidad.

 

Por eso tengo muy claro que quienes hemos crecido, quienes hemos vivido y quienes hemos pasado tantos momentos al amparo de la tienda de Antoñito somos una comunidad. Una comunidad que se mira.Que se conoce. Que comparte.Que ríe.Que celebra.Que también discute —como todas las buenas familias—.Pero que, por encima de todo, se reconoce como parte de una misma historia.Y esa historia también la han escrito ellos. Antonio, Gilberto, Gerardo y su padre, Antoñito.

 

Generación tras generación, día tras día, abriendo la puerta de hierro, atendiendo a los vecinos y vecinas, vendiendo sus productos y, sin pretenderlo quizá, construyendo algo muchísimo más grande que un negocio.Construyendo barrio. Por eso hoy no puedo estar más triste.Pero tampoco puedo estar más agradecido. Agradecido por haber tenido la suerte de crecer al lado de esta familia. Por haber compartido tantos años, tantos recuerdos y tantas conversaciones. Por haberlos visto trabajar, reír, discutir, resistir y seguir adelante. Y, sobre todo, por poder decir que hoy, cuando la tienda cierra sus puertas, quienes están detrás de ese mostrador ya no son solamente los dueños de un comercio al que iba de pequeño.Son mis amigos. Son parte de mi familia.

 

Porque así es como funcionan estas cosas.Uno cree que está comprando papas, naranjas, jamón o una botella de lejía.Y un día descubre que, durante décadas, lo que realmente estaba comprando eran recuerdos.Que detrás de aquella puerta había una parte de su infancia, de su juventud.De su familia. De su barrio.De su vida.

 

Por eso, aunque hoy duela ver cerrar ese portón y no verlo abrirse más, hay algo que ninguna puerta puede cerrar: El recuerdo de todo lo vivido. La tienda de Antoñito dejará de abrir cada mañana, pero seguirá abierta en la memoria de todos los que alguna vez cruzamos esa puerta. Y quizá ese sea el verdadero legado.

 

Haber conseguido que un comercio se convirtiera en casa, que unos clientes se convirtieran en vecinos, que unos vecinos se convirtieran en amigos y que una familia terminara formando parte de tantas otras.

 

Así que solo me queda decir una cosa: Gracias.Gracias, Antoñito. Gracias, Antonio, gracias. Gilberto y gracias, Gerardo.Gracias por más de 35 años de trabajo, de sacrificio, de generosidad y de vida compartida. Gracias por haber mantenido encendida durante tanto tiempo esa pequeña luz que hace que un barrio sea un barrio y no solamente un lugar donde viven personas. Les deseo toda la suerte del mundo en lo que venga.

 

Y aunque dentro de unos días esa puerta ya no vuelva a abrirse, que nadie tenga ninguna duda: la historia de la tienda de Antoñito no terminará ahí Porque hay lugares que cierran. Poruqe hay lugares que, después de tantos años, ya forman parte para siempre de nosotros.

 

Hasta siempre, Ca' Antoñito. Y gracias por haber sido, durante más de 35 años, mucho más que una tienda.Gracias por habernos enseñado a ser vecinos.Con todo mi cariño, amistad y respeto.

 

Héctor Ángel Castro Martín, vecino de Melenara.

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