
El padre Báez era un quebradero de cabeza permanente para el obispo de turno. Su mezcla de campechanía rural de las medianías grancanarias con su rol de comunicador popular (que no prestigioso; no es lo mismo) hacía que, con facilidad, prendiese la mecha y causara la llamarada de turno en los medios de comunicación. Su popularidad fue pareja a la irrupción de las primeras televisiones locales, sin que aún hubiera llegado internet y la revolución digital a nuestras vidas. ![[Img #1069281]](https://teldeactualidad.b-cdn.net/upload/images/08_2026/8829_rafael-columna-220x182.jpg)
Era una fama analógica. Su fórmula de éxito anidó en su atuendo distinguido por el color amarillo y, sobre todo, en un discurso fascinador donde exponía un cierto nivel cultural (que tampoco era tanto) que conectaba con un público que justo lo tenía igual o menor. A partir de ahí, pasaron los años y al alimón de los acontecimientos sociales, Fernando Báez Santana fue sentando cátedra (es un decir) entre barrancos y pedanías. Sentía preocupación por la isla. Y gran parte de sus locuciones descansaban en ser bisagra histórica entre la Gran Canaria aborigen y la de la conquista castellana ya asentada.
Si al padre Báez le hubiese cogido las redes sociales con treinta años menos, hubiera sido un protagonista cibernético de primera división. Un ‘influencer’ como una catedral con una legión de seguidores. Pero sus tiempos fueron analógicos; cámara en ristre afloró en la pequeña pantalla cuando en Gran Canaria asomaron las nacientes cadenas de televisión locales que iban, someramente, arrebatando potencia de acción a TVE.
Meció entre las antenas de bigote encima del televisor y las otras más modernas que disponían de mando a distancia y con la señal en la azotea del edificio. Incluso, fueron años en los que todavía Televisión Canaria ni estaba ni se le esperaba. Eso, combinado con su querencia cumbrera y rutas por los recodos de las medianías, hizo del sacerdote un personaje de tomo y lomo.
Cometió errores. A buen seguro, fruto de ser lenguaraz y tunante. Despellejaba a los políticos de andar por casa como si esgrimiera un cuchillo grande de cocina. Nada le paraba. Habilidoso con la comunicación y experto (a su manera) en rescatar lo aborigen, las cosas fueron rodando hasta que en el obispado la inquietud aumentaba. Para más inri, con obispos peninsulares que (no todos) han sabido interiorizar el carácter isleño, los vericuetos de la ínsula y el alma del canario. El padre Báez tuvo su público, más cuantitativo que cualitativo, y nunca se calló. Una donosura ínsita a su particular sotana.










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