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Jueves, 01 de Octubre de 2026

Actualizada Jueves, 01 de Octubre de 2026 a las 17:53:54 horas

Tribuna Libre

La vivienda, directa al corazón del capitalismo

Reflexión de Eloy Cuadra, portavoz de la Asamblea Reivindicativa Canaria (ARCAN)

ELOY CUADRA ELOY CUADRA Jueves, 01 de Octubre de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Jueves, 01 de Octubre de 2026 a las 16:36:34 horas

1º) Si no me fallan las cuentas, ya tenemos acampadas reivindicativas por media España.

En Madrid, Málaga, Sevilla, Santander, Murcia, Palma de Mallorca, Barcelona, Cádiz, Las Palmas de Gran Canaria, Valencia, Córdoba, Santiago de Compostela, Santa Cruz de Tenerife y Toledo. No es poca cosa. La calle condiciona otra vez el debate político, después de demasiado tiempo hablando de cuestiones que giran en torno al odio (migrantes/violadores, ocupas/mafias, Pedro Sanchez/el demonio).

 

Al fin el acceso a la vivienda, un derecho básico y esencial para la vida, ocupa el lugar que nunca debió perder. Y lo ha hecho de la mejor manera posible, no porque algún partido haya decidido que ahora toca hablar de vivienda, es la gente desde las calles la que ha decidido que ya no se puede seguir así.


La calle puede. A veces, los de abajo ganan. Aunque sean pequeñas batallas, luchar sirve para algo. De momento, Maricarmen vuelve a casa, y hay dos decretos con medidas destinadas a frenar desahucios, atacar cierto tipo de especulación y regular algunas modalidades de arrendamiento. Sí, ya sabemos que las medidas son parches, sabemos que el PSOE ni es izquierda ni es progresista, que los propietarios tienen la sartén por el mango, todavía, y pueden retirar casas del mercado, en respuesta a los decretos, como ese niño malcriado que se lleva el balón y no hay más partido si no lo dejan ganar. Y sabemos, también, que la Legislatura está casi acabada y las encuestas nos deparan un futuro bastante negro. Da igual, sea como sea, estamos mejor que hace dos semanas. Estamos mejor porque estamos luchando, y mientras hay batalla hay partido.


2º) Lo que toca ahora es pararse un momento y entender bien contra qué luchamos.

Porque la vivienda no es cualquier cosa, es la propiedad privada por excelencia. Y la propiedad privada ya sabemos lo que es: la piedra angular del capitalismo. No estamos hablando de cualquier activo, no es una moto, no es un reloj, no son acciones de una empresa que va bien. Una casa es el lugar donde vivimos, pero también es uno de los mayores depósitos de riqueza de una sociedad, una importante fuente de rentas para quien tiene varias propiedades, una garantía para conseguir crédito y un activo en el que se mueven cantidades enormes de dinero.


Tan importante es la vivienda que tenerla en propiedad o no tenerla marca también tu estatus social. Si no eres propietario probablemente seas un paria, expuesto permanentemente a los vaivenes del sistema, obligado a pagar lo que otro quiera por el derecho a permanecer en el lugar. En cambio, si tienes vivienda propia tienes una fortaleza, un castillo donde eres el rey, un lugar donde el capitalismo salvaje encuentra una frontera: son tus dominios. Por eso, una casa no son solo cuatro paredes. Es seguridad, autonomía, patrimonio y poder. Y cuanto más escasa y cara se vuelve la vivienda, más poder concentra quien la posee.


Detrás de cada vivienda hay un propietario, pero detrás de millones de casas hay bancos, fondos de inversión, promotores, constructoras, inmobiliarias, especuladores, aseguradoras, sociedades patrimoniales, pequeños y grandes ahorradores y todo un entramado económico que obtiene beneficios de la compraventa, del alquiler, de la financiación y de la propia revalorización de los inmuebles. En resumen, la vivienda es un gigantesco mercado en el que se mueven miles de millones de euros.


Por eso, cuando reclamamos más vivienda pública, que se movilicen viviendas vacías, que se corte la especulación y el lucro excesivo, se proteja al vulnerable, se limite el uso turístico y que una parte del parque inmobiliario quede fuera de la lógica estrictamente especulativa, no estamos simplemente pidiendo una política social más. Estamos entrando directamente en uno de los grandes centros de acumulación de riqueza del capitalismo, y no contentos con eso, además estamos pidiendo cambiar las reglas. Y eso tiene consecuencias: quienes tienen mucho que ganar con las reglas actuales no van a aceptar tranquilamente que esas reglas cambien.


Es lo que tiene el capitalismo cuando deja de ser un sistema económico y se convierte en parte esencial de la vida de cada persona. Quien sufre esa mutación acaba pensando casi exclusivamente en términos de dinero, ganancia, propiedad y poder. El resto -la justicia social, la empatía, la solidaridad, el sentirse parte de una comunidad- pasa a un segundo plano. Y esto es lo que debemos entender.

 

Esto es lo que nos estamos jugando aquí. No es cualquier batalla. No vamos a tener enfrente únicamente a unos cuantos pudientes y a otros tantos partidos conservadores: está en juego el capitalismo amigos, la única religión verdadera para mucha gente. Así, de lo que salga de esta lucha, de lo que consigamos cambiar, dependerá probablemente el futuro de unas cuantas generaciones.


A modo de comparación, llevamos años viendo cómo los flujos migratorios desde países empobrecidos hacia España ocupan una parte desproporcionada del debate político. Pero la inmigración, por mucho que se quiera convertir en el gran asunto nacional, no cuestiona la estructura económica fundamental del país. Es una cuestión identitaria, cultural y social que las derechas han sabido convertir en un enorme campo de batalla electoral porque está de moda y porque les resulta rentable políticamente.

 

Pero, por polémico que sea el asunto, la inmigración puede crispar o dividir a la sociedad, pero no cambia las reglas del juego; la vivienda sí. Esto explica porque ni PSOE ni PP han osado nunca cambiar una sola regla estructural trascendente en torno a la vivienda, dejando hacer al mercado. Y ya vemos lo que un mercado salvaje puede llegar a hacer.

 

3º) Y llegamos así al verdadero dilema de esta historia: debemos elegir bando. 

Sí, toca elegir, pero no entre PSOE y PP, no entre Gobierno y oposición. Ni siquiera entre izquierda y derecha. Hay que elegir entre dos maneras de entender la sociedad y, en el fondo, entre dos maneras de entender al ser humano.


Así, elegir el bando del derecho a la vivienda es elegir que nadie debería quedar abandonado a su suerte cuando algo tan esencial como tener un lugar donde vivir está en juego. Es elegir la solidaridad frente a la indiferencia, la empatía frente al “a mí qué me importa”, la comunidad frente al "sálvese quien pueda". Es entender que una sociedad no se define únicamente por lo que cada uno consigue acumular para sí mismo, sino también -y sobre todo- por lo que está dispuesta a hacer para que los demás puedan vivir con dignidad. Y eso, mucho antes que cualquier ideología política, tiene que ver con nuestra propia condición humana.


¿No creen ustedes que hay algo profundamente humano en mirar a alguien que está a punto de perder su casa y pensar: “eso no puede pasar”. En acercarse a una persona que no tiene dónde vivir y preguntarse qué podemos hacer. En aceptar que, si tenemos más de lo que necesitamos, nuestra obligación moral no termina en la puerta de nuestra casa? ¿Y a ustedes no les chirría, no les provoca malestar y tristeza, ver cómo políticos y "periodistas" se mofan de una señora minusválida de 87 años que ha sido desahuciada, que Abascal diga que "si en lugar de Maricarmen se llamara Morocarmen", o que neonazis diversos amenacen con sacar a palos a las personas que reclaman por una vivienda en Madrid? 

 

Pues de eso se trata: de elegir entre solidaridad y odio, entre comunidad o individuo, entre justicia social o desigualdad galopante, entre compartir algo y que ganemos todos o acaparar y que les den a todos. Se trata de elegir entre este capitalismo salvaje y autodestructivo, y cosas que existían mucho antes de que inventáramos los mercados, los bancos, las acciones y los fondos de inversión. Porque, mucho antes del capitalismo, ya necesitábamos a los demás para sobrevivir.


Por eso, yo lo tengo claro, y elijo el bando de las personas que luchan por el derecho a la vivienda. Y lo hago por una cuestión que trasciende a cualquier lógica económica, porque eligiendo este bando elijo una de las mil formas que tiene el amor de manifestarse: en el renunciar y el compartir. Porque como dijo Lennon: "puede que sea un soñador, pero no soy el único".

 

Y bueno, el otro bando es diferente. No necesariamente se presenta con odio, ni necesita de insultar al extranjero, despreciar al pobre o justificar la violencia. Se nos presenta de una manera mucho más respetable: “son mis casas”, “me las he ganado”, “nadie tiene derecho a decirme qué hago con ellas”, “he trabajado para conseguirlas, los demás que hagan lo mismo”.


En resumen, los de este otro bando pueden justificarlo como quieran, pero en el fondo hablamos de egoísmo. Y el egoísmo, cuando es excesivo -como resulta en estos casos, cuando tanto propietarios y políticos al servicio están dispuestos a dejar caer a unas cuantas generaciones de jóvenes y no tan jóvenes, sin futuro- pasa a ser patológico, y es considerado por la Ciencia como una forma de violencia psicológica o abuso emocional, porque anula las necesidades de los demás para beneficio propio. 

 

Normopatía, le llaman a la patología que se define por estar tan bien adaptado al sistema, que dejamos de preguntarnos si lo que ocurre a nuestro alrededor es justo, porque no es nuestro problema y nosotros cumplimos con la Ley. ¿Acaso no fue eso lo que argumentó Adolf Eichmann, el alto funcionario nazi, cuando lo juzgaron por el genocidio judío? Erich Fromm habló en cambio de Narcisismo de Grupo o Patología del Privilegio, para aludir a una patología colectiva donde los miembros de un estamento social solo validan la realidad de quienes comparten su misma condición privilegiada.

 

Durante el primer estado de alarma por la COVID-19, el Real Decreto 463/2020, de 14 de marzo, habilitó expresamente al Estado para intervenir sobre bienes privados cuando resultara necesario para proteger la salud pública. Su artículo 8, recuerdo que permitía “requisas temporales de todo tipo de bienes” necesarios para los fines del estado de alarma. El artículo 13 iba todavía más lejos: permitía intervenir y ocupar transitoriamente industrias, fábricas, talleres, explotaciones o locales, incluidos centros sanitarios privados y empresas del sector farmacéutico, además de ordenar requisas temporales de bienes cuando fueran necesarias para garantizar la protección de la salud pública.

 

Y yo me pregunto: ¿cuántas vidas tiene que destrozar una crisis para que decidamos que estamos ante una auténtica emergencia social? Miles de desahucios cada año. Personas que enferman por la inseguridad residencial. Estudios que encuentran un riesgo elevado de suicidio entre quienes afrontan un desahucio. Una juventud deprimida crónica porque no les hemos dejado futuro. Personas que terminan viviendo en la calle y mueren, de media, 25 años antes que el resto. Y millones de personas obligadas a malvivir dedicando una parte insoportable de sus ingresos simplemente a tener un techo.

 

4º) En conclusión: lo que se está viviendo en estos días en muchas plazas de España es solo el principio. O, al menos, eso es lo que me gustaría que fuera. Da igual que se aprueben o no los decretos, la lucha de muchos españoles por poder vivir en su país ha empezado, y debe continuar, contra los fondos, los empresarios, los rentistas, los partidos y contra el mismísimo capitalismo. 

 

La calle está hablando, y toca escucharla. No sabemos hasta dónde llegaremos, ni cuánto tardaremos en cambiar las cosas, pero sí sabemos algo: somos personas antes que propietarios, ciudadanos antes que consumidores y comunidad antes que mercado. Y una última cosa: una casa puede ser un negocio, una inversión o un patrimonio para los del otro bando,  en cambio, para los que luchan por tener un techo digno, cuando ya nada tienen, es mucho más que todo eso, es su vida entera.



Eloy Cuadra es escritor y activista social.

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