Hay palabras que se desgastan de tanto pronunciarlas desde un estrado. Democracia es una de ellas. Se invoca en los discursos, se imprime en los programas y se celebra cada vez que se abren las urnas. Pero, al salir del colegio electoral, la vida continúa. Y es ahí, en la vida de cada día, donde una democracia demuestra cuánto vale.
¿Qué libertad tiene una familia que teme perder su casa? ¿Qué capacidad de elegir conserva quien trabaja todo el día y aun así no llega a fin de mes? ¿De qué sirve proclamar la igualdad si una mujer debe calcular el camino de vuelta por miedo a la violencia? Los derechos escritos son conquistas imprescindibles, pero necesitan instituciones dispuestas a protegerlos y una sociedad que se niegue a dejarlos retroceder.
Desde Canarias conocemos bien la distancia que puede existir entre una decisión y sus consecuencias. A veces se decide lejos de los barrios que sufren la falta de vivienda, de los campos que se resisten a dejar de producir o de las costas donde las familias llevan generaciones viviendo del mar. La democracia real exige que esas voces cuenten antes de tomar las decisiones. Exige escuchar a quien cultiva, a quien pesca, a quien trabaja en los hoteles, a quien cuida de una persona dependiente y a quien busca sin éxito un alquiler que pueda pagar.
Defender nuestra capacidad de decidir sobre la tierra, el agua, la energía y los alimentos es, por tanto, una exigencia democrática. Una isla que pierde suelo fértil, que depende cada vez más de lo que llega de fuera y que expulsa a su gente de los lugares donde creció ve reducido su futuro. La soberanía empieza cuando podemos elegir juntos cómo queremos vivir y tenemos los medios para sostener esa elección.
Esa defensa de Canarias debe alcanzar a todas las personas que la habitan. Nuestra historia está hecha también de maletas, de partidas y de llegadas. Quien necesita un techo, un salario digno o protección frente a la violencia tiene la misma dignidad, haya nacido donde haya nacido. Levantar muros entre quienes comparten las mismas dificultades solo deja más solos a los barrios y más libres a quienes se benefician de sus carencias.
La democracia real necesita servicios públicos fuertes, vivienda asequible y salarios que permitan vivir. Necesita que las niñas crezcan sabiendo que su libertad merece protección y que nadie sea castigado por ser quien es o por amar a quien ama. Necesita, además, tiempo y espacios para participar: asociaciones vivas, sindicatos, plazas, escuelas y comunidades donde sea posible discutir, discrepar y construir acuerdos sin miedo.
Nada de eso queda garantizado para siempre. Los derechos que hoy parecen evidentes fueron conquistados y defendidos por personas que se organizaron cuando lo fácil era resignarse. Por eso salir a la calle, reunirse y alzar la voz forman parte de la vida democrática. Son maneras de recordar a quienes gobiernan que deben responder ante la ciudadanía también entre una elección y la siguiente.
Por esa convicción participamos activamente en la manifestación celebrada en Las Palmas de Gran Canaria. Estuvimos allí para reclamar una democracia real y para decir que no queremos dar ni un paso atrás en los derechos conquistados. Lo hicimos por nuestros principios, porque creemos que la dignidad, la libertad y la justicia social se defienden también caminando junto a quienes se niegan a resignarse.
Sueño con una Canarias donde una joven pueda quedarse porque encuentra trabajo y casa; donde envejecer no signifique afrontar la soledad sin ayuda; donde el campo y el mar permitan vivir con dignidad; donde ninguna mujer tenga miedo y ningún niño herede la pobreza como si fuera su destino. Esa isla no aparecerá por pronunciar una palabra hermosa. Habrá que defenderla, decidirla y levantarla entre todas y todos.
Entonces podremos hablar de democracia real sin bajar la mirada: cuando la libertad se note al abrir la puerta de casa, al recibir la nómina, al caminar por la calle y al sentarnos a la mesa. Cuando decidir sobre el futuro de Canarias sea un derecho compartido y posible, y no una promesa que se escucha de lejos.
Diego Fernando Ojeda Ramos fue concejal del Ayuntamiento de Telde y actualmente es asesor en la Consejería del sector Primario, Soberanía Alimentaria y Seguridad Hídrica del Cabildo Insular de Gran Canaria.

























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