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Martes, 29 de Septiembre de 2026

Actualizada Martes, 29 de Septiembre de 2026 a las 20:28:02 horas

Colaboración

La democracia se mide en la vida

Reflexión de Diego F. Ojeda Ramos, exconcejal del Ayuntamiento de Telde

DIEGO F. OJEDA RAMOS Martes, 29 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Martes, 29 de Septiembre de 2026 a las 19:19:19 horas

Hay palabras que se desgastan de tanto pronunciarlas desde un estrado. Democracia es una de ellas. Se invoca en los discursos, se imprime en los programas y se celebra cada vez que se abren las urnas. Pero, al salir del colegio electoral, la vida continúa. Y es ahí, en la vida de cada día, donde una democracia demuestra cuánto vale.

 

¿Qué libertad tiene una familia que teme perder su casa? ¿Qué capacidad de elegir conserva quien trabaja todo el día y aun así no llega a fin de mes? ¿De qué sirve proclamar la igualdad si una mujer debe calcular el camino de vuelta por miedo a la violencia? Los derechos escritos son conquistas imprescindibles, pero necesitan instituciones dispuestas a protegerlos y una sociedad que se niegue a dejarlos retroceder.

 

Desde Canarias conocemos bien la distancia que puede existir entre una decisión y sus consecuencias. A veces se decide lejos de los barrios que sufren la falta de vivienda, de los campos que se resisten a dejar de producir o de las costas donde las familias llevan generaciones viviendo del mar. La democracia real exige que esas voces cuenten antes de tomar las decisiones. Exige escuchar a quien cultiva, a quien pesca, a quien trabaja en los hoteles, a quien cuida de una persona dependiente y a quien busca sin éxito un alquiler que pueda pagar.

 

Defender nuestra capacidad de decidir sobre la tierra, el agua, la energía y los alimentos es, por tanto, una exigencia democrática. Una isla que pierde suelo fértil, que depende cada vez más de lo que llega de fuera y que expulsa a su gente de los lugares donde creció ve reducido su futuro. La soberanía empieza cuando podemos elegir juntos cómo queremos vivir y tenemos los medios para sostener esa elección.

 

Esa defensa de Canarias debe alcanzar a todas las personas que la habitan. Nuestra historia está hecha también de maletas, de partidas y de llegadas. Quien necesita un techo, un salario digno o protección frente a la violencia tiene la misma dignidad, haya nacido donde haya nacido. Levantar muros entre quienes comparten las mismas dificultades solo deja más solos a los barrios y más libres a quienes se benefician de sus carencias.

 

La democracia real necesita servicios públicos fuertes, vivienda asequible y salarios que permitan vivir. Necesita que las niñas crezcan sabiendo que su libertad merece protección y que nadie sea castigado por ser quien es o por amar a quien ama. Necesita, además, tiempo y espacios para participar: asociaciones vivas, sindicatos, plazas, escuelas y comunidades donde sea posible discutir, discrepar y construir acuerdos sin miedo.

 

Nada de eso queda garantizado para siempre. Los derechos que hoy parecen evidentes fueron conquistados y defendidos por personas que se organizaron cuando lo fácil era resignarse. Por eso salir a la calle, reunirse y alzar la voz forman parte de la vida democrática. Son maneras de recordar a quienes gobiernan que deben responder ante la ciudadanía también entre una elección y la siguiente.

 

Por esa convicción participamos activamente en la manifestación celebrada en Las Palmas de Gran Canaria. Estuvimos allí para reclamar una democracia real y para decir que no queremos dar ni un paso atrás en los derechos conquistados. Lo hicimos por nuestros principios, porque creemos que la dignidad, la libertad y la justicia social se defienden también caminando junto a quienes se niegan a resignarse.

 

Sueño con una Canarias donde una joven pueda quedarse porque encuentra trabajo y casa; donde envejecer no signifique afrontar la soledad sin ayuda; donde el campo y el mar permitan vivir con dignidad; donde ninguna mujer tenga miedo y ningún niño herede la pobreza como si fuera su destino. Esa isla no aparecerá por pronunciar una palabra hermosa. Habrá que defenderla, decidirla y levantarla entre todas y todos.

 

Entonces podremos hablar de democracia real sin bajar la mirada: cuando la libertad se note al abrir la puerta de casa, al recibir la nómina, al caminar por la calle y al sentarnos a la mesa. Cuando decidir sobre el futuro de Canarias sea un derecho compartido y posible, y no una promesa que se escucha de lejos.


Diego Fernando Ojeda Ramos fue concejal del Ayuntamiento de Telde y actualmente es asesor en la Consejería del sector Primario, Soberanía Alimentaria y Seguridad Hídrica del Cabildo Insular de Gran Canaria.

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