
El sábado se rindió en Santa Brígida un homenaje a María del Pino Díaz-Reixa, fallecida el marzo pasado. Socialista, republicana, feminista y brava. Un merecido reconocimiento que también sirvió como reparación pública. La satatueña, concejala el anterior mandato, fue víctima una noche de un incidente durante la campaña electoral de 2019 que nunca tenía que haber ocurrido. El único testigo de aquello, el presidente local del partido, Juanma, igualmente fallecido al poco del episodio, la acompañó hasta el puesto de mando de la Guardia Civil en
San Mateo a interponer una denuncia. Pero Díaz-Reixa en el último momento, con el coche ya en las inmediaciones, retrocedió y no quiso formalizarla. Quedaban 48 horas mal contadas para la cita con las urnas y no quería que se armara la de Dios es Cristo en los medios de comunicación y hacerle daño a las siglas que tanto abrigó como propias y que justo con su monedero, junto a otras mujeres, solo mujeres, sufragó (mes a mes, religiosamente) la sede socialista satauteña durante muchísimo tiempo.
Juanma, fiel escudero, estuvo a nada poco después de liarse a trompadas con el sujeto tunante en la misma calle Tenderete. Por fortuna, no llegó a mayores. Pero Juanma, a su manera, también lo sintió. En realidad, siempre pensé que lo de Juanma hacia ella superaba la amistad. Pronto detecté que le tenía devoción y la quería. Uno de esos amores que, por esas cosas que tiene la vida, nunca se consumó. Un sentimiento pleno y puro de los que solo las miradas de ambos lo descifran mutuamente al amparo de la discreción pertinente.
Díaz-Reixa optó por callar como lo han hecho otras tantas mujeres de nuestras familias una generación tras otra. Y el dolor se le quedó dentro, anidando en el enquistamiento. Una quiebra que fue a más cuando enseguida notó el vacío de los que consideraba sus compañeros. Llegó a tal punto el dislate padecido que un día pilló con las manos en la masa en la agrupación (la que ella contribuía a pagar) a un grupo de personas (tres hombres para ser exactos) reunidos para abrirle un expediente disciplinario que la expulsara. Aquello fue la gota que colmó el vaso que, una mañana, hizo que me llamara y vino a decirme: “Rafa, por favor, redáctame el escrito para darme de baja del PSOE”.
Díaz-Reixa tuvo a bien tenerme como confidente. Percibí de lejos la sobrecarga emocional con la que injustamente apechugaba y que tantos sinsabores le causó hasta que la enfermedad irrumpió en su rutina. En más de una ocasión se desahogó conmigo en una terraza donde veíamos caer la tarde y pensar lo perra que puede llegar a ser la vida. Allá donde esté, habrá sentido el calor de los reunidos a los que les pesa su ausencia. Una socialista que nunca mereció ese final.









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