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Domingo, 20 de Septiembre de 2026

Actualizada Domingo, 20 de Septiembre de 2026 a las 16:39:16 horas

Desde la acera de enfrente

Cuando cada voz cuenta, la democracia cumple

Reflexión de Gregorio Viera, exconcejal socialista

GREGORIO VIERA VEGA Domingo, 20 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Domingo, 20 de Septiembre de 2026 a las 16:20:30 horas

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La democracia tiene un problema que no siempre queremos reconocer: nos estamos acostumbrando a vivir en permanente confrontación. Discutimos más, pero nos escuchamos menos. Hablamos más, pero comprendemos menos. Tenemos a nuestra disposición más información que nunca y, paradójicamente, cada vez resulta más difícil ponernos de acuerdo incluso sobre aquello que debería ser evidente.


Este 15 de septiembre se ha celebrado el “Día Internacional de la Democracia”, Naciones Unidas pone el acento en la democracia deliberativa bajo un lema que debería hacernos reflexionar: «Cuando cada voz cuenta, la democracia cumple». No es una frase menor. Encierra una pregunta fundamental: ¿qué hacemos para que cada voz cuente realmente?, ¿estamos educando ciudadanos para vivir en democracia o simplemente personas que votan cada cierto tiempo?


La democracia no empieza en las urnas. Empieza mucho antes: cuando aprendemos a escuchar al que piensa diferente, a respetar al que no tiene nuestra misma visión del mundo y a comprender que tener razón no nos da derecho a silenciar al otro. Porque contar no significa únicamente poder votar. Tampoco significa tener un teléfono móvil, una cuenta en una red social o miles de seguidores. Que una voz cuente significa que pueda ser expresada, escuchada y considerada dentro de un espacio en el que las diferencias no sean una amenaza, sino una parte necesaria de la convivencia.


La democracia deliberativa parte precisamente de ahí: de la conversación, del intercambio de argumentos, de la capacidad de escuchar y de revisar nuestras propias posiciones. No pretende que todos pensemos igual. Pretende algo mucho más difícil: que podamos pensar diferente y seguir reconociéndonos como iguales. Y quizá ese sea uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo.


Hemos convertido demasiadas veces el desacuerdo en una guerra. Si alguien no comparte nuestra opinión política, nuestra posición sobre un asunto social o nuestra manera de entender la realidad, dejamos de verlo como alguien con quien discrepamos y empezamos a verlo como alguien contra quien debemos combatir.


Las redes sociales han contribuido, en ocasiones, a agravar esta situación. No porque sean malas en sí mismas, sino porque determinados mecanismos de comunicación favorecen la reacción inmediata, la indignación, la simplificación y el enfrentamiento. Un argumento complejo necesita tiempo. Un insulto necesita apenas unos segundos.


Y así hemos ido sustituyendo la conversación por la respuesta, el razonamiento por el eslogan y la reflexión por el impulso. El problema no es que existan opiniones diferentes. El problema comienza cuando dejamos de aceptar que puedan existir. Una democracia sana necesita discrepancia. Necesita voces incómodas. Necesita personas que cuestionen al poder, que planteen alternativas y que señalen aquello que consideran injusto. 

 

Una sociedad en la que todos dicen lo mismo no es necesariamente una sociedad cohesionada; puede ser simplemente una sociedad que ha dejado de hacerse preguntas.


Por eso debemos reivindicar el valor democrático de la duda. Necesitamos ciudadanos capaces de decir: «puedo estar equivocado». Parece una expresión sencilla, pero contiene una enorme lección de humildad democrática. Quien está convencido de poseer toda la verdad deja de escuchar. Y cuando dejamos de escuchar, dejamos también de aprender.


Educar para la democracia significa enseñar a pensar, no enseñar qué pensar. Y esa educación comienza mucho antes de llegar a las urnas. Comienza en la familia. Cuando un niño aprende que puede expresar una opinión diferente sin ser ridiculizado, está aprendiendo democracia. Cuando aprende que debe escuchar a sus hermanos, respetar a sus mayores y argumentar sus decisiones, está aprendiendo democracia. Cuando descubre que equivocarse no es una tragedia y que cambiar de opinión puede ser una muestra de inteligencia, está aprendiendo democracia.
 

Gregorio Viera Vega fue concejal del PSOE en el Ayuntamiento de Telde.

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