Hay una manera sencilla de saber si un territorio está vivo: mirar si todavía es capaz de producir, transformar y reconocer aquello que nace de su propia tierra. Por eso hablar del vino de Gran Canaria es hablar de mucho más que de viticultura. Es hablar de identidad, paisaje, economía, cultura y soberanía alimentaria.
Y también de una convicción que debería acompañar cualquier política pública relacionada con nuestro sector primario: que defender el campo no significa mirar al pasado, sino construir futuro. Hoy Gran Canaria puede presumir de unos vinos que han conseguido hacerse un nombre más allá de nuestras islas. Pero ese reconocimiento no ha surgido de la nada.
Detrás hay décadas de esfuerzo de viticultoras y viticultores, bodegas que han resistido, conocimiento transmitido entre generaciones y una apuesta decidida por ordenar, proteger y valorizar un patrimonio que forma parte de nuestra identidad. La creación de la Denominación de Origen de Gran Canaria fue, en ese sentido, mucho más que la creación de una marca.
Fue decirle al mundo que esta isla tenía una personalidad vitivinícola propia. Que el vino producido en nuestras medianías y cumbres no debía competir únicamente por precio, sino por aquello que no puede copiarse: su origen. Porque cuando hablamos de una denominación de origen estamos hablando de territorio. De variedades. De clima. De paisaje. De tradición. De personas.
Estamos diciendo que una botella no comienza cuando se descorcha. Comienza mucho antes. Comienza en una parcela, en una cepa, en una poda, en una vendimia. Comienza en las manos de quien trabaja una tierra difícil y, muchas veces, poco agradecida. Comienza en el conocimiento de quien sabe cuándo esperar y cuándo actuar.
Y ahí aparece una palabra que resulta imprescindible: valorizar. Durante demasiado tiempo hemos cometido el error de medir el campo exclusivamente por toneladas, hectáreas o euros. Pero el sector primario produce mucho más que alimentos. Produce paisaje. Produce cultura. Produce identidad. Produce arraigo. Produce territorio. Y, cuando se abandona, no desaparece solamente una actividad económica. Desaparece una parte de la isla.
La Política también se hace entre viñas Por eso las políticas impulsadas desde la Consejería de Sector Primario, Soberanía Alimentaria y Seguridad Hídrica del Cabildo de Gran Canaria tienen una importancia que trasciende la propia actividad agrícola. Porque apostar por el sector primario es apostar por una Gran Canaria menos dependiente, más sostenible y más orgullosa de lo que produce.
Es defender el producto local frente a la lógica de que todo puede traerse de fuera. Es favorecer el Km 0. Es acercar al consumidor a quien produce. Es hacer posible que el valor generado por nuestra tierra permanezca, en la medida de lo posible, en nuestro territorio.
Y es comprender que la soberanía alimentaria no significa producir absolutamente todo lo que consumimos —algo imposible en una isla—, sino tener mayor capacidad para producir, decidir y proteger aquello que podemos producir. El vino es un magnífico ejemplo. Porque detrás de una botella de vino de Gran Canaria hay una cadena de valor que empieza en el campo y puede terminar en nuestros restaurantes, comercios, hoteles y hogares.
Cada botella que se vende es también una oportunidad para mantener una parcela cultivada. Y una parcela cultivada es una forma de conservar paisaje. Y conservar paisaje es también cuidar la isla. Quizá uno de los símbolos más hermosos de esta apuesta sea la recuperación de la Bodega Insular de San Mateo.
Porque recuperar una infraestructura no consiste únicamente en abrir sus puertas. Consiste en devolverle una función. Y la función más importante que puede tener un espacio vinculado al campo es servir para que el conocimiento no se pierda. La Bodega Insular es hoy también un espacio de formación, experimentación, encuentro y divulgación.
El ciclo que allí se desarrolla representa una idea fundamental: no habrá relevo generacional si no hay conocimiento que transmitir ni oportunidades para aplicarlo. Una política agraria moderna necesita ayudas, infraestructuras y promoción. Pero necesita también formación. Porque el futuro del campo no se construye únicamente con subvenciones. Se construye formando a quienes mañana tendrán que tomar el relevo.
Y después está la Ruta del Vino de Gran Canaria. Una iniciativa que nos recuerda que el vino no termina en la botella. El vino tiene que volver al lugar donde nació. Tiene que llevarnos a las medianías, a las bodegas, a las viñas, a los municipios rurales. Tiene que permitirnos conocer a quienes están detrás de cada cosecha.
Porque cuando una persona visita una bodega, recorre una viña y escucha la historia de quien la trabaja, cambia su manera de mirar el vino. Y probablemente cambia también su manera de mirar el campo. Ya no ve simplemente una botella. Ve una historia. Ve una familia. Ve un paisaje. Ve horas de trabajo. Ve una forma de vida. Eso también es política de sector primario.
Y entonces llegan las noticias que nos permiten comprobar que el camino merece la pena. Gran Canaria vuelve a brillar en el Mondial des Vins Extrêmes 2026. La DOP Gran Canaria ha conseguido una Gran Medalla de Oro y cinco Medallas de Oro en uno de los certámenes internacionales de referencia para los vinos de territorios de viticultura extrema.
Seis reconocimientos. Pero conviene detenerse un momento antes de celebrar. Porque una medalla es solamente el resultado final de una historia que comenzó mucho antes. Comenzó en la tierra. Y continuó en las manos. Bodegas Las Tirajanas, Bodega Bentayga y Bodega Ventura han llevado el nombre de Gran Canaria al palmarés internacional.
Pero detrás de sus nombres están nuestras viticultoras y nuestros viticultores. Personas que trabajan parcelas donde cultivar nunca ha sido fácil. Personas que conocen el valor de una cosecha porque saben lo que cuesta conseguirla. Personas que han decidido que la viña no desaparezca. Por eso estas medallas deberían servirnos para algo más que para sentir orgullo durante unos días.
Deberían servir para reafirmar una política. La política de creer en nuestro sector primario. La política de defender nuestros productos. La política de pagar justamente por el trabajo de quienes producen. La política de consumir local. La política de formar. La política de promocionar. La política de conservar nuestro paisaje.
A veces hablamos de soberanía alimentaria como si fuera un concepto abstracto. No lo es. La soberanía alimentaria también cabe en una copa. Está en elegir un vino producido en Gran Canaria. En conocer quién lo ha elaborado. En saber de dónde procede. En entender que consumir producto local ayuda a mantener actividad económica y territorio.
Está en comprender que cada decisión de consumo tiene consecuencias. Y que cuando elegimos productos de nuestra tierra estamos diciendo algo más profundo: Queremos que nuestra tierra siga produciendo. No se trata de encerrarnos en nosotros mismos. Al contrario. El objetivo debe ser que Gran Canaria produzca con calidad y que esa calidad viaje.
Que nuestros vinos estén en otras mesas. Que nuestras bodegas sean reconocidas. Que nuestra agricultura encuentre mercados. Que el nombre de Gran Canaria salga al exterior no solamente asociado al sol y al turismo, sino también a la excelencia de aquello que somos capaces de producir. Eso es internacionalización con identidad. Eso es competir desde la singularidad.
Quizá lo más hermoso de estos reconocimientos internacionales sea precisamente el lugar del que proceden. Gran Canaria no dispone de grandes extensiones de cultivo. Nuestra viticultura está condicionada por una orografía compleja, por la fragmentación de las parcelas y por unas condiciones que convierten cada cosecha en un desafío.
Pero ahí está nuestra fuerza. En la dificultad. En la capacidad de convertir una limitación en una característica. En hacer de la viticultura extrema una viticultura extraordinaria. Y quizá esa sea una buena metáfora para Canarias. Somos islas. Estamos lejos. Tenemos dificultades. Dependemos del exterior en muchas cosas. Pero también tenemos algo que nadie puede importar ni fabricar: Nuestro territorio y nuestra manera de habitarlo.
Por eso debemos seguir apostando por aquello que nace aquí. Por nuestras papas. Por nuestros quesos. Por nuestras frutas. Por nuestros vinos. Por nuestras mieles. Por nuestros pescados. Por nuestras medianías. Por nuestras personas agricultoras, ganaderas y pescadoras. Porque defender el sector primario es defender una parte de nosotros mismos.
Y cuando levantemos una copa de vino de Gran Canaria, quizá deberíamos hacerlo pensando en todo lo que contiene. No solamente vino. También tierra. También agua. También paisaje. También memoria. También trabajo. También conocimiento. También futuro. Las seis medallas del Mondial des Vins Extrêmes 2026 son un motivo legítimo de celebración.
Pero son, sobre todo, una invitación a seguir caminando. A seguir cultivando. A seguir formando. A seguir promocionando. A seguir creyendo. Porque una isla que conserva sus viñas conserva mucho más que sus vinos. Conserva la memoria de su tierra y la posibilidad de escribir, con sus propias manos, el futuro que quiere.
Y quizá por eso, cuando el vino de Gran Canaria llega a una copa y el mundo reconoce su calidad, no solamente estamos brindando por una botella. Estamos brindando por una isla que se niega a dejar de producir, de recordar y de creer en sí misma.
























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