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Jueves, 17 de Septiembre de 2026

Actualizada Jueves, 17 de Septiembre de 2026 a las 10:09:23 horas

Entrevista en La Alameda, de TELDEACTUALIDAD RADIO PÓDCAST

Fernando González: "La infancia en La Gavia fue mi mayor universidad"

El deportista y empresario teldense repasa una vida marcada por la superación, el analfabetismo, los combates en solitario, una trayectoria deportiva mantenida en secreto y la lucha contra el alcohol

TELDEACTUALIDAD/Telde Jueves, 17 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Jueves, 17 de Septiembre de 2026 a las 08:02:48 horas

La historia de Fernando González Cruz no comenzó en un gimnasio ni bajo los focos de un cuadrilátero. Sus primeras lecciones llegaron descalzo, entre animales y carencias, en el barrio teldense de La Gavia, donde nació el 18 de junio de 1969 en el seno de una familia de diez hermanos.

 

Aquel niño que alcanzó la edad adulta sin saber leer ni escribir terminaría convirtiéndose en deportista de alto rendimiento, experto en artes marciales, boxeador, empresario y protagonista de una biografía titulada Una vida al límite. Durante años viajó y compitió sin que buena parte de Telde, sus colaboradores profesionales e incluso su propia familia conocieran la dimensión de su trayectoria deportiva.

 

Fernando González Cruz repasó su intensa experiencia vital en una entrevista con Sonia Vega en La Alameda, el programa de análisis sociopolítico, entrevistas y tertulias de TELDEACTUALIDAD RADIO PÓDCAST, grabado en el local de la Asociación Vecinal Meclasa, en Melenara. El programa puede escucharse a las 7.00, 13.00 y 19.00 horas en TELDEACTUALIDAD RADIO PÓDCAST hasta el próximo domingo 20 de septiembre. A partir de ese día pasará a la programación habitual de la emisora digital.

 

La mayor universidad

González Cruz creció en un entorno rural, con recursos limitados y en una familia numerosa. Lejos de presentar aquella infancia únicamente como una etapa de privaciones, considera que fue la base sobre la que construyó su capacidad para afrontar dificultades.

 

«Yo creo que esa es la base principal, la mayor universidad que he podido conocer», afirmó. La ausencia de comodidades convirtió cada novedad en un reto y le enseñó a convivir con «los miedos, las carencias, el querer y no poder».

 

A su juicio, disponer de pocas cosas le permitió desarrollar la observación, la resistencia y la voluntad de avanzar. «A partir de ahí todo era novedad, todo era un reto, todo era “yo puedo”», explicó.

 

El puño le salía solo

Con apenas 14 años comenzó a practicar judo y jiu-jitsu en un gimnasio de Telde. Sin embargo, pronto comprobó que su inclinación natural estaba más relacionada con el golpeo que con los agarres y derribos.

 

Fue aquel primer profesor, cuyo nombre no recuerda, quien detectó sus condiciones y le recomendó probar suerte en el boxeo. «Mi instinto siempre era pegar un puñetazo. El puño me salía solo», relató.

 

Un año después llegó al gimnasio de Tres Palmas, donde conoció al entrenador Rafael ‘Feluco’ Marrero Castaño, una de las personas que más influencia ejerció en su formación deportiva y personal.

 

Fernando recuerda a Feluco Marrero como un referente que le inculcó disciplina, orden y respeto. «Yo lo veía como un ídolo, y lo sigue siendo», manifestó. Bajo su preparación disputó sus primeros combates aficionados y aprendió que subir al cuadrilátero implicaba respetar siempre al contrario, independientemente de su fortaleza o experiencia.

 

Aprender a leer durante el servicio militar

Uno de los capítulos más sorprendentes de su vida se produjo durante el servicio militar. González Cruz llegó al cuartel sin saber leer ni escribir y sin poder cumplimentar una ficha con sus datos personales.

 

«No sabía rellenar una cuartilla con mi nombre, ni pueblo, ni ciudad. No sabía poner ni las iniciales», reconoció.

 

Cuando los responsables militares preguntaron por su profesión, alguien decidió anotarlo como electricista. El azar hizo que posteriormente fuera seleccionado, entre cientos de reclutas, para realizar una prueba relacionada con esa especialidad.

 

Ante una mesa con alicates, destornilladores y un circuito eléctrico que veía por primera vez, consiguió completar el ejercicio y ponerlo en funcionamiento. Su capacidad de observación y su instinto de supervivencia volvieron a abrirle una puerta.

 

Fue también durante aquella etapa cuando comenzó a alfabetizarse mediante Radio ECCA, con la ayuda de un compañero. Ese aprendizaje le permitió empezar a desenvolverse en una sociedad en la que hasta entonces había tenido que recurrir a la memoria, la intuición y la observación.

 

Una anemia frenó su primera oportunidad

Después de sus primeros combates surgió la posibilidad de dar el salto a la Península. González Cruz pesaba entonces alrededor de 72 kilos y trató de adelgazar siguiendo consejos inadecuados, prácticamente dejando de comer y alimentándose con berros y levadura de cerveza.

 

El resultado fue una anemia severa que se manifestó durante el pesaje y frustró aquella oportunidad. El deportista sufrió mareos y tuvo que detener su progresión en el boxeo.

 

Pese a ese revés, continuó posteriormente compitiendo en distintas modalidades. Pasó por La Palma y viajó a lugares como San Sebastián, Málaga o Granada, ampliando poco a poco su horizonte deportivo. Años más tarde regresó también al boxeo, ya en una etapa más madura de su vida.

 

El miedo como compañero

Fernando González Cruz no construye un relato heroico basado en la ausencia de temor. Al contrario, reivindica el miedo como una emoción presente en todos sus combates y decisiones.

 

«Yo soy una persona miedosa y no me da vergüenza decirlo. Sentí miedo en todos los momentos», confesó.

 

Para el deportista, el tramo más difícil no era necesariamente el combate, sino las horas y los días anteriores. La responsabilidad por ofrecer un buen rendimiento provocaba tensión, nerviosismo y un considerable desgaste mental.

 

La mayor parte de sus desplazamientos los afrontó sin una estructura que lo respaldara. No contaba con un equipo estable, una federación que organizara cada detalle ni una persona que pudiera orientarlo en los momentos de duda.

 

«No tenía una esquina que me apoyara ni un compañero. Tenía que improvisarlo todo», explicó. En las habitaciones, antes de competir, se preguntaba si estaba tomando la decisión correcta y qué ocurriría al día siguiente. «Me lo comía, me lo bebía y me lo masticaba solo», resumió.

 

Aquella soledad afectaba tanto al derrotado como al vencedor. Después de ganar tampoco tenía cerca a alguien con quien compartir la alegría del resultado.

 

Una vida deportiva mantenida en secreto

Durante buena parte de su trayectoria, Fernando González Cruz compatibilizó las competiciones con una intensa actividad empresarial. Pasaba de reuniones y gestiones profesionales a los entrenamientos, los viajes y los combates.

 

«Esos son los combates más duros que he tenido», aseguró al recordar la dificultad de desconectar de los problemas económicos y empresariales para concentrarse en una prueba deportiva.

 

Ese contraste lo llevó a ocultar su faceta de luchador. Temía que el boxeo perjudicara su imagen como empresario en una época en la que las disciplinas de contacto estaban acompañadas por numerosos prejuicios.

 

Presentarse a una reunión con la ceja abierta, la nariz dañada o el rostro hinchado exigía explicaciones. Para evitar revelar el verdadero origen de las lesiones, decía que se había caído o inventaba otras excusas.

 

La situación resultaba especialmente dolorosa ante sus padres. «Ellos me veían con la nariz rota, los ojos morados, las cejas o la mandíbula dañadas», recordó. Aunque intentaba ocultarlo, siempre sospechó que sus progenitores intuían una parte de la verdad.

 

Con el paso del tiempo y una mayor aceptación social de estos deportes comenzó a hablar de su trayectoria. Ese proceso se completó con la publicación de Una vida al límite, biografía autorizada escrita por Luz Marina Delgado Hernández.

 

Una biografía que le obligó a abrirse

La autora llegó hasta Fernando González Cruz a través del cronista oficial de Telde, Antonio González Padrón. Sin embargo, transformar sus experiencias en un libro no fue sencillo.

 

El protagonista admite que se mostró receloso y que en numerosas ocasiones se negó a contar determinados episodios. El proceso se prolongó durante más de un año debido a sus resistencias.

 

«Luz Marina hizo conmigo una obra de arte, porque yo no quería abrirme para nada», señaló. La paciencia de la escritora consiguió que terminara compartiendo vivencias que había mantenido guardadas durante décadas.

 

El precio de llegar lejos

La carrera deportiva y empresarial le permitió acumular experiencias y conocimientos, pero tuvo un precio personal elevado. González Cruz asegura que dejó por el camino negocios, salud y la posibilidad de construir su propio hogar.

 

«Mujer, hijos, un hogar, saber lo que es llegar por la noche a tu casa y levantarte por la mañana; todo eso lo dejé por el camino», expresó.

 

Mientras otras personas reservaban tiempo para celebraciones familiares, reuniones con amigos o fines de semana de descanso, él permanecía volcado en sus proyectos. «Mis 57 años han estado en la calle y empecé mucho antes que cualquier niño precoz», afirmó.

 

No se arrepiente de las decisiones adoptadas y, preguntado por ello, sostiene incluso que habría intentado llegar más lejos. No obstante, es consciente de que cada logro implicó renunciar a otras experiencias y que el desgaste terminó afectando a su salud.

 

La muerte de su hermano y el alcohol

Uno de los momentos más duros llegó con el fallecimiento de uno de sus hermanos. La pérdida se sumó a las heridas emocionales acumuladas por los golpes de la vida, los problemas empresariales, las carencias de la infancia y la presión deportiva.

 

Fernando González Cruz entró entonces en una etapa marcada por la depresión, la ansiedad y el consumo de alcohol. Su amplia vida social, las numerosas amistades y las invitaciones constantes contribuyeron a profundizar en esa situación.

 

«Todo repercutía y me llevó al canal de la bebida», explicó. Con el tiempo llegó a reconocerse como una persona alcohólica y a asumir las pérdidas materiales y personales que le ocasionó aquella adicción.

 

Según relató, decidió abandonar el alcohol de manera tajante: «Un día dije: “Aquí y ahora acabo con esto”. Y así lo hice».

 

Superar esa etapa le permitió contemplar con distancia uno de los periodos más oscuros de su vida y recuperar valores que habían quedado desplazados.

 

El deporte le enseñó humildad

Pese a la dureza de su trayectoria, González Cruz considera que el deporte le aportó, por encima de todo, humildad y sencillez. Son valores que también aplicó a los negocios, tanto en los proyectos que funcionaron como en aquellos que terminaron mal.

 

Su definición del éxito se aleja de los títulos o del dinero. Para él consiste en «lograr lo que realmente deseas, sea grande o pequeño, y que contribuya al bien común».

 

También defiende la humildad como una herramienta capaz de facilitar cualquier relación: «La humildad y la sencillez abren muchas puertas, hasta las de los bancos».

El reconocimiento de Telde

En 2024, el Ayuntamiento le concedió la Medalla al Mérito Deportivo de Telde, un reconocimiento que recibió con una mezcla de satisfacción e incredulidad.

 

Durante los meses anteriores dudó sobre si debía aceptarlo porque consideraba que todavía no había hecho lo suficiente para merecerlo. Esa sensación se ha repetido ante otras distinciones recibidas dentro y fuera del municipio.

 

Los homenajes, explica, le han ayudado a comprender la dimensión de su propia trayectoria. «Es como decirle a aquel niño analfabeto: “Hoy tienes tu reconocimiento”», manifestó.

 

Durante años no fue plenamente consciente del valor de lo realizado. Ahora, al ver que instituciones y entidades distinguen su carrera, comienza a mirar su pasado desde otra perspectiva.

 

Una vida más tranquila y dedicada a los demás

Preguntado por sus objetivos actuales, Fernando González Cruz responde con una sola palabra: «Vivir».

 

Su rutina se ha vuelto más tranquila. Continúa entrenando, pero dedica una parte importante de su tiempo a compartir experiencias y prestar ayuda a otras personas. Ofrece orientación sobre deporte, actividad empresarial, superación y las dificultades que pueden aparecer a lo largo de la vida.

 

Siente una vinculación especial con niños, mayores y personas vulnerables. «Las personas sencillas y humildes son mi tipo», señaló.

 

Su libro Una vida al límite puede adquirirse, según explicó durante la entrevista, en las librerías Tabaibá y Azahar, en Telde. Una obra que recoge el recorrido de un hombre que aprendió a combatir en los gimnasios, pero que libró sus enfrentamientos más difíciles fuera del cuadrilátero.

 

 

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