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Lunes, 14 de Septiembre de 2026

Actualizada Lunes, 14 de Septiembre de 2026 a las 20:24:32 horas

Desde la acera del frente

El silencio incómodo: el suicidio

Reflexión de Gregorio Viera, exconcejal del PSOE en Telde

GREGORIO VIERA GREGORIO VIERA Lunes, 14 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Lunes, 14 de Septiembre de 2026 a las 18:24:04 horas

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Hay batallas que nadie ve. Y a veces, cuando queremos darnos cuenta, ya es demasiado tarde. Hay personas que se están rompiendo por dentro mientras nosotros les preguntamos, casi por rutina: "¿Qué tal estás?" Y ellas responden: "Bien". Quizá una de las palabras más peligrosas de nuestro tiempo sea precisamente esa: bien. Porque detrás de un "bien" puede esconderse una tristeza que lleva meses creciendo, una soledad que nadie ha sabido detectar, una angustia que se ha hecho insoportable o una desesperanza que ya no encuentra palabras.

 

El pasado día 10 de septiembre volvimos a hablar de prevención del suicidio. La Organización Mundial de la Salud recuerda que el suicidio es un importante problema de salud pública y que, aunque se trata de un fenómeno complejo en el que intervienen factores sociales, culturales, psicológicos, biológicos y ambientales, puede prevenirse. 

 

Hay campañas, mensajes institucionales, estadísticas, declaraciones y llamamientos a la concienciación. Todo necesario. Pero cuando llegue mañana, ¿qué habremos aprendido? Esa es la verdadera pregunta. Porque el suicidio no necesita únicamente campañas. Necesita una sociedad capaz de mirar a los ojos.

 

Necesita menos miedo a hablar y más valentía para escuchar. Necesita que dejemos de pensar que quien sufre siempre sabe pedir ayuda. Y, sobre todo, necesita que comprendamos algo que debería resultar elemental: prevenir el suicidio es cuidar la vida antes de que la desesperanza consiga ocupar todo el espacio. Porque prevenir no significa esperar a que aparezca una crisis para actuar. Prevenir significa aprender a reconocer el sufrimiento antes de que se convierta en desesperación.

 

Hablar del suicidio de una manera responsable, cuidadosa y respetuosa permite abrir espacios para que quienes están sufriendo puedan expresarse y recibir ayuda. El objetivo del Día Mundial para la Prevención del Suicidio es precisamente reducir el estigma y cambiar la manera en que abordamos esta realidad.

 

La actual campaña internacional propone “Cambiar la narrativa”.  Y cambiar la narrativa significa dejar de mirar el suicidio como un tema incómodo del que es mejor no hablar. Significa entender que detrás de cada caso existe una persona. Y detrás de esa persona hay una historia, una familia, unos amigos, unas relaciones, unas circunstancias y, muchas veces, un dolor que no supimos detectar a tiempo.

 

Si algo han sacado claro los profesionales y quienes han atravesado el duelo, es que el mito más extendido es también el más peligroso: la falsa creencia de que preguntar directamente si alguien piensa en quitarse la vida puede "sembrar" la idea en su mente. Nada más lejos de la realidad. La evidencia científica es tajante: nombrar el dolor no lo agranda, lo desactiva. Preguntar es abrir una ventana en una habitación cerrada. El silencio, en cambio, es el cómplice perfecto del aislamiento.

 

Prevenir no requiere un máster, sino atención y valentía. Hay que aprender a leer el lenguaje del sufrimiento, que no siempre grita. A veces susurra frases como "soy una carga" o "todos estarían mejor sin mí"; otras, se disfraza de conductas extrañas. Porque reducir el suicidio a un acto individual es un error de enfoque. 

 

Es, ante todo, un síntoma social. La soledad no deseada, la precariedad emocional y la falta de redes de apoyo son caldos de cultivo. Por eso, la prevención profunda exige un cambio de chip colectivo: normalizar la terapia como un acto de autocuidado, derribar el estigma en las oficinas y en las aulas, y entender que la salud mental no es un lujo, sino un pilar básico del bienestar.

 

En definitiva, la prevención no consiste en tener todas las respuestas, sino en ofrecer una presencia firme y preguntar, sin miedo: "¿Qué necesitas ahora? Estoy aquí, no te juzgo y no te voy a dejar". Esa pregunta, dicha a tiempo, tiene el poder de cambiar el final de la historia. ¿Nos atrevemos a hacerla?

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