
Hay políticos que parecen vivir pendientes de la próxima oportunidad para levantar la voz. Da igual la dimensión del asunto, su importancia real o que haya quedado resuelto. Todo sirve para emitir un comunicado, exigir responsabilidades, anunciar consecuencias gravísimas y presentar cualquier episodio como la prueba definitiva del hundimiento de la ciudad.
La política municipal corre así el riesgo de convertirse en una competición por ver quién protesta primero, quién utiliza el adjetivo más grueso y quién consigue colocar la fotografía más desfavorable. El problema es que, cuando todo se presenta como un escándalo, los verdaderos escándalos terminan perdiéndose entre tanto ruido.
Las redes sociales, con todas sus limitaciones, están lanzando una advertencia bastante clara. Muchos ciudadanos no rechazan la crítica ni pretenden que los gobiernos actúen sin vigilancia. Lo que cuestionan es la ausencia de proporción, el oportunismo y esa costumbre de convertir cualquier circunstancia en munición partidista.
Fiscalizar es necesario. Pedir explicaciones también. Pero una oposición útil debe saber distinguir entre lo importante y lo accesorio, entre una deficiencia que exige una investigación y una situación que reclama simplemente una solución. La credibilidad también depende de elegir bien las batallas.
El hartazgo aparece cuando los representantes públicos parecen más interesados en señalar el error que en contribuir a resolverlo. Cuando esperan el tropiezo, preparan el titular y corren hacia la cámara, mientras otros permanecen trabajando fuera del encuadre.
Los ciudadanos tienen suficientes preocupaciones reales: el estado de las calles, la limpieza, la vivienda, la seguridad, los servicios sociales, el transporte o las oportunidades laborales. Esperan respuestas sobre esos asuntos, no una sucesión interminable de tormentas políticas fabricadas para ocupar unas horas en las redes sociales.
Además, quienes viven enganchados al ruido deberían recordar una regla elemental: si se grita todos los días, nadie prestará atención cuando haya algo verdaderamente grave que denunciar. La exageración puede proporcionar visibilidad inmediata, pero termina debilitando la palabra de quien abusa de ella.
Las reacciones ciudadanas no son una encuesta ni representan por sí solas a toda la población. Sin embargo, reflejan un cansancio que la política local debería escuchar. La gente no está pidiendo silencio ni ausencia de control. Está reclamando mesura, responsabilidad y algo tan sencillo como que cada asunto sea tratado conforme a su verdadera importancia.
Porque hacer política no consiste en vivir pendiente del siguiente fallo. Consiste en aportar, construir y ofrecer soluciones. El ruido puede proporcionar titulares y algunos minutos de protagonismo. Pero los ciudadanos, cada vez más cansados, empiezan a buscar dónde está el botón para bajar el volumen.








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