Hace unos días, la Junta de Gobierno Local del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, un órgano nacido de la representación democrática de la ciudadanía, acordó por unanimidad conceder la Medalla de Plata al Mérito Policial al subinspector de la Policía Local de Telde José Luis Ramos González.
No es una distinción cualquiera. Una medalla concedida por una institución pública representa el reconocimiento de una ciudad y de quienes, legitimados por sus vecinos y vecinas, tienen la responsabilidad de representarla. Por eso tiene valor. Mucho valor. Y por eso Telde debe sentirse orgullosa de que uno de sus policías reciba el reconocimiento de otra gran ciudad de Canarias. Pero quienes conocemos a José Luis sabemos que esta medalla viene a sumarse a las miles de medallas que ya tiene. Sí, miles.
Son medallas que no cuelgan de un uniforme. No tienen cinta, ni metal, ni diploma. No se entregan en un acto solemne ni aparecen publicadas en ningún boletín oficial. Son las que durante décadas le han ido imponiendo, sin saberlo, los vecinos y vecinas de Telde cada vez que le han dado las gracias.
La medalla de aquella persona a la que ayudó cuando atravesaba un mal momento. La de aquel colectivo que encontró en él una solución cuando parecía que no la había. La del patronato de fiestas que necesitaba organizar un acto y sabía que podía llamarlo. La de una familia que necesitó orientación. La de una persona mayor que todavía hoy, al verlo, recuerda algo que José Luis hizo por ella hace veinte o treinta años. La de tantos niños que se han acercado alguna vez a su uniforme con admiración y han terminado marchándose con una sonrisa y, en más de una ocasión, con un pequeño escudo, un parche o algún recuerdo que él mismo se ha desprendido para regalárselo. Esas son también medallas.
Conozco a José Luis desde que yo era un niño. Después lo conocí desde otra perspectiva cuando obtuve por primera vez el acta de concejal y pasé ocho años ejerciendo la oposición. Pero ha sido durante este mandato, desde la responsabilidad de ser alcalde de Telde y al compartir tantas situaciones difíciles, cuando he terminado de confirmar lo que tanta gente sabía mucho antes que yo: José Luis Ramos es buena gente.
Puede parecer una expresión sencilla. Para mí es uno de los mayores reconocimientos que se le pueden hacer a una persona. Porque se puede ser un magnífico profesional. Se puede conocer una normativa, dominar un dispositivo de seguridad, dirigir un equipo o acumular décadas de experiencia. Pero ser buena gente es otra cosa. Es una condición que no se estudia en ninguna academia, que no se obtiene superando una oposición y que tampoco viene incorporada con los galones. Y José Luis la tiene.
He visto a José Luis emocionarse de alegría por Telde y también he visto sus ojos humedecerse ante el dolor de esta ciudad. Lo he visto preocuparse por problemas que, estrictamente, no eran suyos. Lo he visto poner dinero de su propio bolsillo para resolver una necesidad del cuerpo o ayudar a alguien que se encontraba en dificultades. Lo he visto doblar turnos, quedarse cuando podía haberse marchado, enseñar a quienes empezaban, aconsejar, mediar, buscar soluciones y animar a sus compañeros cuando las circunstancias no eran fáciles.
Lo he visto ejercer de policía y, muchas veces, hacer mucho más de lo que exigía ser policía. Porque antes que el uniforme siempre ha estado la persona.
José Luis forma parte de esa savia veterana de la Policía Local que cualquier municipio querría conservar. Una generación de agentes que aprendió el oficio en la calle, hablando con la gente, escuchando, mediando y conociendo cada rincón de su ciudad. Profesionales capaces de entender que detrás de un conflicto casi siempre hay personas y que la autoridad no pierde fuerza cuando se acompaña de humanidad; muchas veces ocurre justamente lo contrario. Ramos conoce Telde de una forma difícil de explicar.
Conoce sus barrios, sus caminos, sus cruces y prácticamente cada una de sus calles. Si alguien pregunta por una vía, un acceso o un rincón de nuestro municipio, es difícil que José Luis no sepa dónde está. Pero creo que existe otro callejero que conoce todavía mejor: el callejero humano de Telde.
Detrás de una calle recuerda a una familia. En otra, a una persona mayor. En aquella esquina sucedió algo hace muchos años. En aquel barrio tuvo que mediar. En aquella plaza colaboró con unas fiestas. En otro punto ayudó a organizar el tráfico, a diseñar una señalización o a solucionar un problema que llevaba demasiado tiempo esperando.
José Luis conoce las calles de Telde y, después de tantos años, Telde también conoce perfectamente las calles que conducen hasta José Luis Ramos. Se llaman cercanía, entrega, solidaridad, compañerismo, servicio, sensibilidad y compromiso.
Ha participado en la creación y el impulso de unidades policiales, ha contribuido durante años a ordenar y señalizar nuestros barrios y ha sido mediador en innumerables conflictos. Su experiencia es reconocida dentro y fuera de nuestro municipio y su nombre es respetado entre profesionales de diferentes cuerpos y administraciones.
Pero, nuevamente, me quedo con algo mucho más sencillo. Me quedo con las personas mayores que se paran a saludarlo. Con quien le recuerda una historia que él quizás ya había olvidado. Con los colectivos que saben que pueden llamarlo. Con sus compañeros buscando su opinión. Con los niños mirando su uniforme. Con su capacidad para agacharse y ponerse a la altura de una persona con problemas, regalarle un emblema y convertir un encuentro de apenas unos minutos en un recuerdo para toda la vida.
Ahí está José Luis. Y ahí entiendo perfectamente por qué Las Palmas de Gran Canaria ha querido distinguirlo. El próximo día en que le impongan esa Medalla de Plata habrá un reconocimiento formal, justo y merecido. Una ciudad vecina estará diciendo públicamente gracias a un servidor público de Telde. Y nosotros debemos sentirnos profundamente orgullosos.
Pero cuando vea esa medalla sobre su uniforme, yo probablemente pensaré en todas las que no se ven. En las que le han puesto silenciosamente durante décadas tantas personas. En cada gracias. En cada abrazo. En cada “José Luis, ¿te acuerdas de mí?”. En cada problema al que intentó buscar una solución. En cada vecino al que escuchó cuando nadie miraba. En cada compañero al que tendió la mano. En cada niño al que consiguió hacer sonreír. Esas medallas no necesitan ceremonia. Y son imposibles de contar.
Por eso, querido José Luis, disfruta de la que ahora te concede Las Palmas de Gran Canaria. Lúcela con orgullo porque te la has ganado y porque también nos haces sentir orgullosos a quienes compartimos contigo esta ciudad. Pero no olvides nunca que esa será solamente una más. Porque las más importantes llevas décadas recibiéndolas de tu gente. Y de esas, amigo José Luis, ya tienes miles.
Juan Antonio Peña, alcalde de Telde.










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