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Domingo, 06 de Septiembre de 2026

Actualizada Domingo, 06 de Septiembre de 2026 a las 12:38:23 horas

Opinión

Cuidado con lo que piensas

Reflexión de Nieves Rodríguez, profesora y escritora

NIEVES RODRÍGUEZ RIVERA Domingo, 06 de Septiembre de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Domingo, 06 de Septiembre de 2026 a las 11:35:28 horas

¿Qué es un país?, me pregunto. Una delimitación geográfica, un territorio rodeado de fronteras donde viven seres humanos que comparten una organización política y un gobierno. Fronteras que condicionan nuestra forma de vida. Fronteras creadas por los hombres de manera artificial y que, al mismo tiempo que delimitan un espacio, excluyen a quienes quedan fuera.


Me pregunto qué nos lleva, más allá del puro azar, de lo arbitrario, a nacer en un país o en otro, a un lado u otro de una frontera, y a disfrutar de unas condiciones de vida determinadas. ¿Qué debería ser prioritario: los organismos, las estructuras, las construcciones políticas, o la vida del ser humano que sufre, que desespera, que pasa hambre y que es capaz de arriesgar su vida para tener un futuro mejor?


Estos días, las voces exaltadas de un falso orgullo patrio han vociferado en defensa de las fronteras y han alentado al Gobierno a sacar el ejército a las calles, o incluso a levantar fronteras en el mar. Seguramente son las mismas personas que, ante la llegada del Papa, acudían al muelle de la vergüenza de Arguineguín y rezaban por esos pobres migrantes que pierden cada día la vida en el mar.


Los mismos hombres y mujeres que esgrimen vocablos bélicos y contemplan la desesperación humana como una invasión, incapaces de percibir la silenciosa manipulación que se esconde detrás de esta mentalidad excluyente y fascistoide.


Hace unos días, Rafael Yuste, director del Centro de Neurotecnología de Columbia, hablaba en Radio Nacional de algo que resulta tan fascinante como inquietante: la necesidad de proteger los derechos del cerebro y la privacidad mental ante los avances de la neurotecnología. La posibilidad de que algún día podamos descifrar determinados procesos mentales sin consentimiento y, eventualmente, intervenir sobre ellos, plantea un desafío o para nuestra libertad. Terrorífico y distópico.


Pero quizá no sea necesario esperar a que una máquina consiga leer nuestros pensamientos. Quizá lo verdaderamente inquietante sea que ya existen mecanismos capaces de decirnos qué debemos pensar: Los medios, las redes sociales, la desinformación, el desconocimiento y la frustración hacen su trabajo. Exaltan las pasiones irracionales y buscan un objetivo, un enemigo al que atribuir todos nuestros males: el inmigrante. 


Ya no son seres humanos. Son soldados invasores. Jóvenes, adolescentes, niños y niñas son vistos como asaltantes, ocupantes de un espacio que creemos exclusivamente nuestro. Degradamos al ser humano cuando lo convertimos en enemigo, en usurpador de un territorio que hemos decidido que no le pertenece. Y, sin embargo, somos incapaces de reconocer en él a una persona que, como cualquiera de nosotros, tiene derecho a desear una vida mejor.


Nos enorgullecemos de nuestra unión como país y de nuestros cánticos de guerra: Bendito yo, que he nacido en esta parte del mundo.Bendito yo, que soy capaz de cerrar los ojos ante la miseria. Bendito yo, español, español, español.


No seré yo quien juzgue a quienes arriesgan su vida para obtener aquello que todos nosotros desearíamos si hubiéramos nacido en sus circunstancias: protección, derechos mínimos, una vida digna.


Hace unos días llegó a Canarias una patera después de veintiséis días de navegación desde Gambia. Habían salido 128 personas. Ochenta y tres murieron durante la travesía. Solo 45 consiguieron sobrevivir. Hombres, mujeres y niños y niñas como las que llegaron a Ceuta y se dieron de bruces con el racismo y la aporofobia. Personas a las que primero convertimos en cifras, después en amenaza y finalmente en enemigo.Y ahí está el eligro. Porque cuando dejamos de ver al otro como un ser humano, todo se vuelve posible.


Rafael Yuste nos recuerda la importancia de conocer el pasado para comprender el presente. Y quizá deberíamos hacerlo con mayor frecuencia. Porque el comportamiento de quienes impiden la entrada de víveres en los campamentos, de quienes destruyen las casetas, de quienes marginan y excluyen por el lugar de origen o por el color de la piel, no es nuevo.Ya lo vivimos. La historia conoce muy bien el nombre de quienes empiezan señalando al diferente, continúan deshumanizándolo y terminan convenciéndonos de que su sufrimiento es necesario.


Todos sabemos cuál es ese nombre.Por eso quizá el verdadero peligro no sea que algún día puedan leer nuestros pensamientos, lo peor de todo será que no consigamos si quiera saber diferenciar cuáles son los  nuestros.

 

Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura y escritora.

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