
Me parece que este mundo se está acostumbrando a vivir con miedo. No es una impresión, es un diagnóstico. Hemos convertido la ansiedad en combustible diario y la inquietud en paisaje emocional. Pero cuidado: no hablo del miedo primario, ese que nos hacía correr ante la soledad en la noche y sus sombras difusas o saltar ante un peligro inminente. Ese miedo era útil; duraba segundos y nos salvaba la vida. Hablo del miedo crónico, el que se ha instalado en el sofá de nuestras casas y se cuela con cada notificación del móvil.
Hemos domesticado el terror. Antes, el miedo era un evento extraordinario: una guerra, una plaga, una crisis. Ahora es el telón de fondo perpetuo. Lo miramos a los ojos al desayunar, lo leemos en los titulares, lo discutimos en las cenas y lo llevamos a la cama. Y lo peor de todo es que ya no nos produce parálisis; nos produce rutina. Nos hemos acostumbrado a mirar el futuro con el ceño fruncido, asumiendo que lo peor está por venir. Hemos normalizado la desconfianza hacia el vecino, hacia el desconocido, hacia el que piensa distinto, hacia nuestros gobernantes, hacia el futuro laboral de nuestros hijos.
Vivimos en una jaula de cristal cuyas barreras son el algoritmo y el telediario. Las consecuencias de esta costumbre son devastadoras para el alma colectiva. El miedo crónico erosiona la empatía: cuando tengo miedo por mi supervivencia, el dolor del otro me importa menos. Fragmenta la sociedad en bandos irreconciliables, porque el miedo exige un "ellos" a quien culpar. Sobre todo, nos roba el futuro.
El ser humano siempre ha avanzado gracias a la audacia de imaginar un mundo mejor; pero el miedo nos ancla al presente, nos encoge, nos vuelve conservadores en el sentido más primario: queremos conservar lo poco que tenemos, aunque sea miserable, por temor a perderlo en el intento de mejorar. Acostumbrarse al miedo no es lo mismo que ser consciente de los peligros. Los riesgos existen: el cambio climático, las guerras, las desigualdades. Pero el miedo paralizante nos impide abordarlos; la valentía, en cambio, nos impulsa a transformarlos.
Vivir con miedo nos convierte en espectadores de nuestra propia tragedia; vivir con precaución y esperanza nos convierte en protagonistas. Hay que recuperar lo tangible. Apagando el ruido global de vez en cuando para escuchar la realidad cercana. Entendiendo que la mayoría de los titulares catastróficos no suceden en nuestra calle. Recuperando el valor del pensamiento crítico, que es la herramienta que desmonta los relatos de terror. Y, sobre todo, recuperando el coraje de la incertidumbre: aceptar que no tenemos el control absoluto, pero que tenemos la capacidad de elegir nuestra respuesta.
El mundo no va a dejar de ser peligroso. Pero podemos dejar de ser rehenes de ese peligro. La vida digna no es la que evita todas las caídas, sino la que, sabiendo que puede caer, decide levantarse y caminar. Desacostumbrarnos del miedo es el desafío ético más urgente de nuestra época. Porque cuando el miedo se vuelve hábito, dejamos de vivir; solo sobrevivimos. Y sobrevivir no es suficiente para quienes estamos hechos de sueños, no solo de instintos.
El miedo, además, no es solamente una emoción. Es una herramienta. Lo saben los gobiernos, los partidos políticos, los medios de comunicación, las grandes empresas y quienes manejan las redes sociales. La ciudadanía que tiene miedo busca protección. Y quien promete protección adquiere poder. El problema comienza cuando el miedo deja de ser una reacción ante un peligro concreto y se convierte en una forma permanente de interpretar la realidad. Entonces dejamos de preguntarnos qué está ocurriendo y comenzamos a preguntarnos únicamente de quién debemos protegernos. Y ahí comienza la división. Una sociedad dividida es una sociedad más vulnerable.
Gregorio Viera Vega, exconcejal del PSOE en Telde.











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