
En España siempre hemos tenido una admiración subyacente hacia todo lo que es alemán. Una querencia recrudecida por el régimen franquista: Adolf Hitler ayudó decisivamente a Francisco Franco a ganar la guerra, el dictador devolvió la ayuda enviando a los voluntarios de la División Azul a luchar contra Rusia y mucha de la emigración mesetaria y rural se fue a Alemania a ganarse los cuartos; fenóme
no fielmente reflejado en películas como ‘¡Vente a Alemania, Pepe!’ (1971), dirigida por Pedro Lazaga y protagonizada por Alfredo Landa y José Sacristán.
El franquismo sociológico bebía de esa pasión germana manifestada en la asunción de que eran mejores que los españoles y, desde luego, más avanzados desde que el ‘milagro económico’ reconstruyera el país tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial en 1945.
Esa Alemania, y Europa, de las grandes corrientes políticas de naturaleza centrípeta (democratacristianos y socialdemócratas) se desvanece mientras la extrema derecha crece como la espuma, especialmente en la extinta Alemania comunista. En septiembre hay comicios regionales y serán determinantes para sopesar hasta qué punto la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD) puede llegar a ser realmente la ‘alternativa’ a las dos grandes formaciones políticas de centroderecha y centroizquierda.
Desde luego, Vox mirará a AfD y querrá importar su éxito sin más; aunque dentro de las siglas de la familia de la ultraderecha concurren sus matices y diferencias. Eso sí, la crisis de Ceuta y el fenómeno de la inmigración irregular servirá a ambos como detonante electoral. El control de las fronteras, que en el caso de España con Marruecos se une la debilidad del Gobierno de Pedro Sánchez que huele de lejos Mohamed VI, es tema aquí y allá. Por eso Italia ha tirado de las orejas a La Moncloa a son de la invasión de Ceuta.
Esa admiración, por tanto, que España siempre ha practicado hacia Berlín tiene mucho de sociológico y fue promovido por el régimen franquista. Comprar durante el desarrollismo económico un electrodoméstico o un coche hecho en Alemania, era el no va más. Ser tecnología alemana era ‘per se’ garantía absoluta. Tanto es así, que, en la Canarias del régimen especial y los puertos francos, más de un isleño se dedicó a ir allá periódicamente a traerse vehículos alemanes para venderlos a los canarios como el último grito con el que ir a lucirse al sur de Gran Canaria y Tenerife que, a su vez, estaban repletos por chonis germanos. Ahora bien, era una época de esplendor económico y moderación política tanto en el archipiélago como en España y Alemania. Nada que ver con la Europa de hoy donde afloran los radicalismos y populismos de diversa ralea.









Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.169