La derrota derrocha un aura de dignidad. Es el romanticismo tardío que desprende el que fue doblegado. Con frecuencia, va acompasado de la nobleza de las causas justas que decayeron en el camino por la protervidad de terceros. La España de los años cuarenta, la de la posguerra, la del primer franquismo, la que vivió azorada por la intervención o no junto a la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial, está
repleta de miserias, pobreza y resentimiento viperino como herencia de la Guerra Civil. Un conflicto bélico que, sin Adolf Hitler y Benito Mussolini, estaría por ver que Francisco Franco hubiera ganado contra la Segunda República.
Esa atmósfera es la que retrata Paco Roca en ‘Regreso al Edén’ (Astiberri, 2020). Una familia en Valencia, en 1946, que el autor disecciona a través de una fotografía. Ahí empieza la historia que nos sumerge en una España gris y machista, de espíritu cuartelero, en la que apenas cabe espacio para la ilusión.
Esta obra de Roca se encuadra en su línea clásica: recuperar la memoria histórica, dar voz a los vencidos del 39 y rescatar las desigualdades e injusticias que asolaron a España tras el golpe de Estado del 36 contra la democracia. Lo que ocurre en ‘Regreso al Edén’, es que esta vez el viñetista se adentra aún más en la narración apegada a una familia (que es la que posa en la playa de Nazaret, que ya no existe en la capital valenciana, para la fotografía) y vehiculada en los anhelos y sufrimientos que padecen las mujeres; incluso aquellos que son rebote sin más de los que previamente les acontece a los hombres. La mujer torna como un faro atrayente de todas las desgracias, individuales y colectivas, que flotan sobre una sociedad machista y patriarcal.
Frente a las generaciones más jóvenes que hoy crecen a lomos de la sociedad de consumo, la democracia dada como algo natural y el dispendio generalizado para goce instantáneo del capricho del ego, aquellas otras generaciones tuvieron que lidiar con el sinsabor de la derrota, la reconstrucción de un país en ruinas y la ausencia de esperanza en lontananza. Vivir en una dictadura es horrible; mas por cierto que sea no supone inmediatamente que en el presente los que no lo experimentaron, sepan qué significa esa desdicha de antaño. Las generaciones se suceden unas a otras y, con todo, las fotografías permanecen. Instantáneas que, en su aparente quietud, remueven las conciencias y azuzan pertinentes interrogantes que debemos despejar.









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