
Hubo un tiempo en que la llegada de una red a la orilla podía poner en movimiento a toda una playa. No había teléfonos que avisaran. No hacían falta. ![[Img #1070223]](https://teldeactualidad.b-cdn.net/upload/images/08_2026/8358_yaiza-del-rosario.jpg)
Bastaba divisar la barquilla, observar los movimientos de los pescadores y saber que el chinchorro estaba llegando.
Entonces Melenara dejaba por unos instantes de ser solamente playa.
Melenara tiraba de la misma cuerda.
El chinchorro fue durante generaciones mucho más que un arte de pesca. Formó parte de la economía de numerosas familias, de la alimentación, del comercio y, sobre todo, de una manera de entender la vida junto al mar.
Su funcionamiento parecía sencillo, aunque requería experiencia, coordinación y un enorme esfuerzo físico.
Desde una pequeña embarcación se iba largando la red al mar formando un cerco. Sus largos cabos quedaban comunicados con tierra y, llegado el momento, comenzaba una de las imágenes más características de aquella Melenara marinera: hombres desde la orilla tirando lentamente del chinchorro.
No siempre eran únicamente los pescadores.
Cuando hacía falta, otras manos se sumaban.
Vecinos, muchachos y personas que se encontraban en la playa ayudaban a tirar mientras la red se aproximaba poco a poco a la arena.
Era un trabajo colectivo.
Tirar.
Recoger.
Volver a tirar.
Hasta descubrir qué había querido entregar el mar aquel día.
Una playa que vivía mirando al mar
Para entender la importancia del chinchorro hay que imaginar una Melenara muy distinta a la actual.Durante buena parte del siglo XX, la playa carecía de muchas de las comodidades que hoy consideramos normales. Las antiguas crónicas recuerdan una costa sin agua corriente durante muchos años, casas abastecidas mediante aljibes y noches iluminadas con carburo, quinqués o velas.
La llegada y consolidación de familias vinculadas al mar terminó dando al lugar buena parte de su carácter. Eran pescadores y barqueros.Hombres acostumbrados a interpretar el viento, las corrientes y el estado de la mar.
La documentación etnográfica conservada por la FEDAC recuerda que los marineros teldenses utilizaron antiguamente técnicas como el chinchorro y el trasmallo, antes de que otras artes, como las nasas, adquirieran mayor protagonismo.
Pero alrededor de aquellos hombres existía otra parte de la historia que durante demasiado tiempo ha quedado en segundo plano.
Ellas también vivían del chinchorro
Cuando el pescado llegaba a tierra comenzaba otro trabajo.El de las mujeres.Las vendedoras recogían el producto de la pesca y lo trasladaban para venderlo.Con sus cestas, sus balanzas y el pescado recién salido del mar, recorrían diferentes lugares ofreciendo la captura de aquel día.
Detrás de cada pescado vendido había, por tanto, una pequeña cadena humana.
El hombre que salía a la mar.
Las manos que ayudaban a sacar el chinchorro.
Las mujeres que posteriormente vendían la captura.
Y las familias que esperaban que aquella jornada hubiera sido buena.
La pesca no era entonces una imagen pintoresca para una fotografía.
Era el sustento
Y el mar podía ser generoso un día y prácticamente vacío al siguiente. “Vamos a tirar del chinchorro” Quienes vivieron aquellos años todavía conservan imágenes que difícilmente aparecen en los libros de historia.
Muchachos acercándose para ayudar. Pies hundiéndose en la arena mientras tiraban. Manos agarradas con fuerza al cabo. Pescadores dando indicaciones.Curiosos esperando para descubrir qué traería la red.Y finalmente el pescado brillando sobre la arena de Melenara.
Caballas, sardinas y otras especies formaban parte de aquellas capturas.Para muchos niños, además, colaborar tenía recompensa. En la memoria oral del barrio permanece el recuerdo de quienes ayudaban a tirar del chinchorro y recibían después algún pescado.
Puede parecer un detalle pequeño.
Pero son precisamente esos pequeños recuerdos los que nos permiten entender cómo era realmente la vida de nuestros antepasados.
Cuando el chinchorro dejó de ser cotidiano
El tiempo cambió la pesca. Llegaron nuevas embarcaciones, nuevos materiales y otras artes pesqueras. También cambió la legislación y aumentó la preocupación por la conservación de los recursos marinos.
El chinchorro terminó desapareciendo como actividad pesquera habitual. La normativa fue restringiendo estas artes por su escasa selectividad hasta su eliminación del ámbito pesquero insular.
Parecía que con las redes también desaparecería una parte de la memoria de Melenara.
Pero ocurrió algo hermoso.
Los vecinos decidieron recordarla.
Una red que ahora pesca recuerdos
Cada verano, coincidiendo con las fiestas de Melenara, la playa vuelve durante unas horas a mirar hacia su pasado. El chinchorro regresa a la arena de manera simbólica.Los pescadores preparan las redes.
La barquilla entra en el agua.Desde tierra vuelven a tirar de los cabos.
Y alrededor se reúnen vecinos, visitantes y nuevas generaciones que quizá nunca conocieron aquella Melenara en la que pescar era una forma de supervivencia.
También regresan simbólicamente las antiguas vendedoras, recreando a aquellas mujeres que recorrían los caminos ofreciendo el pescado que acababa de salir del mar.
Ya no se trata de obtener una gran captura.
Se trata de algo quizá más importante.
No perder la memoria.
Porque cuando contemplamos hoy el chinchorro desde la orilla no estamos viendo únicamente una antigua técnica de pesca.
Estamos viendo las manos de aquellos marineros.
A las mujeres cargando sus cestas.
A los niños corriendo por la arena.
A familias enteras pendientes de lo que aquel día quisiera entregarles el Atlántico.
Estamos viendo una Melenara que ya no existe físicamente, pero que continúa formando parte de la identidad de quienes viven allí.Por eso quizás la imagen más hermosa del chinchorro no sea la red llena de pescado.Es la de muchas personas agarradas al mismo cabo.
Unas delante.Otras detrás.Todas tirando hacia la orilla.Como hicieron durante generaciones nuestros antepasados.Hoy el chinchorro ya no pesca como entonces.
Hoy pesca recuerdos.
Y cada vez que Melenara vuelve a tirar de sus cabos consigue sacar del mar algo que también merece ser conservado:un pedazo de la historia de Telde.
Yaiza del Rosario es presidenta de la Asociación Cultural Teldenamora.









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