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Domingo, 23 de Agosto de 2026

Actualizada Domingo, 23 de Agosto de 2026 a las 18:24:41 horas

Desde la acera de enfrente

Asistencia humanitaria

Reflexión de Gregorio Viera, exconcejal del PSOE en Telde

GREGORIO VIERA VEGA GREGORIO VIERA VEGA Domingo, 23 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Domingo, 23 de Agosto de 2026 a las 16:25:24 horas

¿Qué sucede cuando aquellos encargados de preservar vidas se convierten también en objetivos de los conflictos armados? Existen fechas que deberían servir para silenciar el bullicio del mundo. El 19 de agosto es una de ellas. Se conmemoró el Día Mundial de la Asistencia Humanitaria, una jornada dedicada a recordar a quienes operan en escenarios donde la vida se ve quebrantada: en zonas de guerra, catástrofes naturales, epidemias, campos de refugiados, territorios azotados por la hambruna o la violencia.

 

Sin embargo, este año la conmemoración se inició con una interrogante mucho más perturbadora: ¿qué tipo de mundo estamos construyendo cuando brindar asistencia a un ser humano puede convertirse en una actividad potencialmente mortal? La asistencia humanitaria surgió de un principio fundamental y profundamente civilizador: incluso en medio del conflicto armado existen límites. Incluso cuando los estados se enfrentan, los ejércitos combaten y las fronteras se transforman en trincheras, debe existir un espacio protegido para quienes curan, alimentan, rescatan o acompañan. Este principio parece hoy más vulnerable que nunca.

 

Las Naciones Unidas han emitido una grave advertencia: ya el año 2025 se había consolidado como el más mortífero registrado para los trabajadores humanitarios, con un total de 907 fallecimientos.  En los últimos tres años, la cifra de víctimas mortales supera el millar.  Cabe destacar que una proporción significativa de estos trabajadores eran locales, comprometidos con la asistencia a sus propias comunidades.  Otros fueron víctimas de bombardeos, disparos, secuestros o agresiones. Estas cifras deberían constituir un motivo de profunda reflexión y vergüenza colectiva.  La proyección para 2026 es igualmente desalentadora, con 239 millones de personas en todo el mundo requiriendo asistencia humanitaria urgente.

 

Es fundamental recordar que detrás de cada cifra estadística se encuentra una persona: una enfermera, un conductor de ambulancia, un médico, un cooperante, un voluntario.  Individuos que, en contraposición a la reacción común de huir del peligro, optaron por acercarse a las zonas de conflicto, donde la mayoría busca refugio.  Esta decisión pone de manifiesto una de las grandes paradojas de nuestra época.  A pesar de contar con un nivel sin precedentes de conocimientos científicos, capacidad tecnológica y recursos para prevenir enfermedades, transportar medicamentos, reconstruir hospitales y distribuir alimentos en zonas remotas, millones de personas continúan sin acceso a los recursos más básicos: agua, alimentos, medicamentos, atención sanitaria y seguridad.

 

No obstante, las amenazas a la asistencia humanitaria no se limitan a los ataques armados.  La indiferencia, la polarización, la desinformación y la instrumentalización política del sufrimiento representan también peligrosos obstáculos.  Cuando una víctima deja de ser percibida como un ser humano y se reduce a una cifra utilizada para respaldar una narrativa política concreta, se produce una pérdida irreparable de nuestra humanidad.  Asimismo, cuando la provisión de ayuda se condiciona a la identidad, la nacionalidad, la religión o la afiliación política del beneficiario, el concepto de humanidad se diluye y pierde su significado esencial.

 

La asistencia humanitaria no debe cuestionar la afiliación de un individuo antes de brindarle ayuda. Su principio fundamental debería ser precisamente el opuesto: auxiliar por su condición humana, no por pertenecer a un grupo determinado.  Tenemos, y debemos, hacer un llamamiento a la acción. El mensaje de la campaña de este año ha sido inequívoco: “El tiempo de la preocupación ha concluido. El tiempo de las consecuencias es ahora”.  No basta con condenar los ataques; se requieren consecuencias tangibles para quienes vulneran el derecho internacional humanitario. 

 

Si bien la tecnología puede evolucionar, las leyes de la guerra permanecen inalterables.  Además de esta amenaza física, surge otra igualmente perniciosa: la desinformación erosiona la confianza en la labor humanitaria, provocando el bloqueo de convoyes y amenazando, deteniendo y arrestando a los cooperantes. “Las y los trabajadores humanitarios defienden a las personas necesitadas. Debemos defenderlos a ellos. Debemos actuar por la humanidad, ahora”.  Proteger a los cooperantes no constituye un acto de caridad, sino una obligación legal y moral.., desde la acera de enfrente.

 

Gregorio Viera es exconcejal del PSOE en Telde.

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