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Martes, 18 de Agosto de 2026

Actualizada Martes, 18 de Agosto de 2026 a las 07:55:27 horas

Primera Plana

Actores secundarios

Columna de Rafael Álvarez Gil

RAFAEL ÁLVAREZ GIL RAFAEL ÁLVAREZ GIL Martes, 18 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Martes, 18 de Agosto de 2026 a las 07:05:49 horas

No hay una buena película si no dispone de espléndidos actores secundarios. Lo que hace una obra redonda es precisamente contar con esos detalles y papeles de presunta segunda línea que hace que todo vaya sobre ruedas. El problema es que este tipo de roles suele caer en el olvido pasado un tiempo. es el caso de los escoltas en el País Vasco (y en Madrid) que durante años y décadas se dedicaron a proporcionar la mayor seguridad posible a políticos de diferente ralea. Especialmente, a los pertenecientes a partid[Img #1069281]os constitucionalistas: UCD, PP y PSOE. Fueron trabajadores, con plus indudable de peligrosidad, que en 2026 apenas concitan recuerdo. Incluso, algunos de ellos murieron en atentados junto a los que protegían. La suerte de uno era la del otro.

 

De la noche a la mañana, esta legión de escoltas (amén de la finalización de ETA) se vieron sin puesto de trabajo y sin nada. Tuvieron que reinventarse. Padecieron su particular reconversión industrial. En este cosmos (aún con ETA, aunque sin nombrarla expresamente) se adentra José Luis Sastre en su novela ‘Plomo’ (Plaza & Janés), penetrando en los diversos ángulos (materiales y emocionales) que atoran la vida de un escolta y su familia con respecto al dilema que supone tratar de prevalecer la vida de otro (un político) para que, a su vez, pueda defender sus ideas y a la ciudadanía que le votó.

 

Dado cómo está hoy la política, su banalización, el ‘carrerismo’ imperante, cuesta interiorizar (sobre todo, para las generaciones más jóvenes) que no hace mucho hubo un sindiós de terrorismo al que tuvieron que hacerle frente personas valientes y comprometidas que dieron un paso para resguardar la democracia. Y lo hicieron desde distintas siglas, a izquierda y derecha, sin que hubiera espacio para los populismos de toda laya que en el presente asoman y carcomen la convivencia y el orden del 78.

 

Aquellos políticos precisaron de escolta. Y eso es una lata. Nadie, en su sano juicio, le gusta que le invadan su intimidad o limiten sus horarios y estilo de vida. Pero era lo que había. Y la multitud de escoltas que otrora desempeñaron su tarea de la mejor manera posible, tuvieron después que ganarse los garbanzos de otra forma. Nadie se acordó de ellos, de cómo quedaban, cuando se acabó ETA. No entraron en los titulares. La noticia era otra. Imperaba la paz. Pero estos actores secundarios, es una forma de mentar, quedaron relegados. Eso si antes no fueron asesinados. Acercarse a cómo asistieron al conflicto vasco permite integrar mejor todo el drama e injusticia que supuso.

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