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Jueves, 13 de Agosto de 2026

Actualizada Jueves, 13 de Agosto de 2026 a las 20:47:38 horas

Opinión

Gran Canaria y la ruleta rusa

Reflexión de José Manuel Espiño, escritor y educador ambiental

JOSÉ MANUEL ESPIÑO JOSÉ MANUEL ESPIÑO Jueves, 13 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Jueves, 13 de Agosto de 2026 a las 20:21:09 horas

Dedicado a todas las víctimas, tanto las  que han perdido la vida como aquellas que corren el riesgo de perderla en un juego involuntario: la ruleta rusa que le imponen otros: empresarios y gobernantes, pues eso suponen los enormes depósitos de combustible ubicados en cualquier lugar del mundo cuando se sitúan en el interior o en la periferia de zonas urbanas, si en algún momento se produce un fallo capaz de provocar una deflagración, explosión, onda expansiva, incendio e indefectiblemente, una terrible tragedia.

 

La noticia es muy reciente. La copio literalmente de Telde Actualidad, miércoles día cinco de agosto:” El siniestro se produjo durante unos trabajos en un depósito de combustible” y a continuación: “ El accidente ocurrió poco después de las 12.00 horas en la zona de los tanques de combustible situada detrás del supermercado Mercadona de Salinetas”

 

Así es, tan cerca del supermercado que los depósitos están justo al lado, en la parcela industrial colindante. Dudo mucho que exista la mínima distancia de seguridad que debería observarse cuando hablamos de depósitos de combustible, sustancias químicas, explosivos o sustancias inflamables.

 

La pregunta que surge es obvia: ¿En verdad no está contemplada en la legislación vigente la incompatibilidad de situar enormes depósitos de combustible y por lo tanto con riesgo de explosión e incendio, en las inmediaciones de zonas habitadas?

 

Si tenemos en cuenta las autorizaciones que se le habrán exigido a la empresa para levantar este macrocentro de alimentación, parece ser que no. Desde afuera da la idea de que no hubo problema alguno a la hora de obtener la autorización necesaria para construir este macrosupermercado es decir, que cumple con la legislación vigente, a sabiendas de que, justo al lado mismo de los depósitos de combustible, centenares de consumidores visitan diariamente la gran superficie alimentaria en horario comercial.

 

Y es entonces cuando surge un terrible temor: ¿habrá un vacío legislativo, una falta de normativa específica que permita la desprotección de la salud de los ciudadanos y residentes en zonas urbanas? El temor se vuelve preocupante cuando tenemos en cuenta la tramitación de inconcebibles solicitudes con el fin de instalar una planta de gas en el corazón de Las Palmas de Gran Canaria (2024-2025) y con posterioridad, solicitarlo precisamente en esta zona de la costa teldense donde residen varios miles de ciudadanos.(2025-2026).

 

La conclusión a que llega la ciudadanía es ésta: O son muy inconscientes los responsables políticos que toman estas decisiones o mucha seguridad les transmite los contrastados informes exigidos a este tipo de instalaciones en zonas de alto riesgo para las personas que las habitan, asegurándoles que jamás existirán daños en tales depósitos y que las medidas de seguridad son extremas en este tipo de instalaciones.

 

Lo que siempre olvidan todos ellos, empresarios y gobernantes, es que la tan cacareada seguridad salta por los aires ante una acción imprevista, ya sea una acción terrorista, una guerra o un simple error humano.

 

Las infraestruturas energéticas son vulnerables y los depósitos de combustible también. Asistimos a ello en el día a día de Irán, Ucrania, Rusia y países implicados en tan irracionales contiendas donde vemos como acaba esa seguridad absoluta. Y sin precisar guerra alguna, la hemeroteca de las últimas décadas nos explicita incendios, explosiones y contaminación por productos químicos en diferentes lugares del mundo, donde el fallo sí ha sido humano, lo que plantea una duda razonable a la inicial aseveración.

 

Empieza a ser habitual que a estos artículos y a sus articulistas se nos tilde de alarmistas, pretendiendo tranquilizar a una población que ya está quemada de observar tragedias, con muertos o sin ellos, donde la respuesta dada es ineficaz y tardía, cuando no inexistente: sirva de ejemplo la Dana Valencia, las residencias de mayores con el COVID, la dudosa sino pésima gestión del territorio antes de los incendios forestales, las inundaciones en la costa de Telde y el desbordamiento de barrancos sin que hasta la fecha se haya hecho nada para paliar los fallos observados en la red de barrancos, la falta de responsables y el consecuente pago de indemnizaciones a los ciudadanos y negocios afectados por el cierre de varias playas teldenses durante varios meses del pasado año, por una contaminación piscícola que si hay algo cierto en todo el embrollo creado es que los usuarios de las playas y la ciudadanía no la provocaron.

 

Lo cierto es que el peligro con combustibles y materiales explosivos es real, existe y así lo hicieron público los estudios hechos para conocer el alcance del riesgo existente en las plantas que se querían instalar y fueron rechazadas de gas tanto en Telde como en Las Palmas, en caso de suceder una tragedia.

 

De nada sirve saberlo cuando no se toman las medidas oportunas con anterioridad. Se trata de evitar la tragedia antes de asistir y hacerle frente a sus devastadores efectos.

 

La primera pregunta que nos hacemos es la siguiente: ¿Existe un estudio y plan detallado donde se encuentran registradas las zonas de esta isla y de las restantes donde empresas energéticas, basándose en las correspondientes cartografías, puedan realizar sus solicitudes y ubicar instalaciones peligrosas como lo son las que tienen que ver con enormes depósitos de combustibles líquidos o gaseosos? ¿Existe una legislación y normativa precisa que dé respuesta al control y seguimiento de las mismas? ¿Existe un Plan de emergencia inmediato que permita actuar con las exigencias necesarias de seguridad y servicios para dar respuesta a los graves daños que en el caso de un accidente, se producirán? 

 

Lo que es incongruente y preocupante es que un año sí y al siguiente también, tenga que ser la ciudadanía quien ponga el grito en el cielo porque presentan solicitudes empresas privadas para la instalación de una planta gasística y/o depósitos para el almacenamiento de combustibles en el corazón de zonas urbanas altamente pobladas, y las instituciones públicas admitan a trámite dichas solicitudes.

 

No es una elucubracion inexistente, la planta de gas licuado que iba a ubicarse en el puerto de las Palmas de Gran Canaria tuvo que ser rechazado por la presión, rechazo y fuerza de la ciudadanía y de todas las asociaciones y fuerzas sociales vivas de Gran Canaria. Solo entonces se unieron al rechazo el ayuntamiento de Las Palmas y el Cabildo insular. La realidad es que jamás debería haber existido la más mínima consideración para este tipo de  solicitudes si existiera un Plan explícito y pormenorizado con una cartografía clara y precisa de qué instalaciones y negocios industriales pueden situarse y llevarse a cabo en cada metro cuadrado de la isla.

 

Similar recorrido llevó la solicitud de una planta de gas propano en la zona industrial de Salinetas, justo en el área dondo sucedió el mortal y triste episodio en estos días. Una vez más tuvo que ser la ciudadanía quien pusiera el grito en el cielo y exigiera en la calle y en los medios que el ayuntamiento y El Cabildo se opusieran y rechazan la locura de poner una bomba de relojería, en forma de peligro permanente, junto a zonas urbanas consolidadas.

 

Y ahí nos surge otro interrogante: ¿Cómo es posible que tras cuarenta y cuatro años de autonomía -diez de agosto de 1982-, aun no se haya realizado una cartografía de la isla donde estén registradas las industrias que no tienen cabida en los alrededores de zonas pobladas?

 

Hablando con tres vecinos de los barrios de San José de Las Longueras y del Valle de los Nueve hace un par de semanas en el barranco Real, a la altura de los lavaderos, salió a colación el tema de las aguas residuales y de los meses que llevaban corriendo por el cauce del barranco. Uno de ellos hizo referencia a los cientos de miles  de euros anuales abonados en nóminas a un atajo de inútiles, decía, incapaces de mantener su puesto más de dos días si se encontraran trabajando para una empresa privada, sueldo que sin embargo cobraban mes tras mes, demostrando, día tras día, su incapacidad para gobernar, para gestionar un municipio, una isla, una autonomía. Dijo no hacer referencia a un municipio concreto ni a una isla -¡ninguna se salva!- afirmaba, refiriéndose a la mayoría de ellos y ellas.

 

¿Cómo puede uno levantarse cada día a sabiendas de que no tiene un plan de trabajo, un proyecto a desarrollar, un modelo de gestión, una visión de futuro y que todo su empeño se centre en agradar, agradecer y defender los criterios de los poderes económicos ya sean éstos isleños o foráneos, ya se llamen fondos de inversión, fondos buitre o fondos propiciados por subvenciones europeas a las cuales, curiosamente, no tenemos acceso los ciudadanos corrientes para ayudar a nuestros hijos, por ejemplo, a que dispongan de una vivienda digna? -reflexionaba en voz alta Antonio, el yerbero.

 

Y yo me pregunto: ¿Son necesarias tantos asesores? Si un concejal, un consejero o un presidente no sirve para aquello que debe gestionar ¿porqué se presentan a los cargos públicos? -continuaba Juan, el carpintero, mientras se entretenía con un tallo de yerbahuerto en la boca-. Yo sé de carpintería, pero de saneamiento, medicina o educación nada. ¿Qué pinto yo en la política? ¿Sabe usted cuántas personas comerían o tendrían vivienda con todo lo que cobran quienes no sirven más que para aplaudir con las orejas?

 

Guardé silencio. Me sorprendía aquel arranque de sinceridad ante un caminante de paso.  ¿Cómo se permiten industrias peligrosas al lado de núcleos residenciales? ¿Cómo se dan permisos para la instalación de gasolineras en el interior de barrios populosos? Hace tiempo que peino canas, pero en mis tiempos, y no hace tantos años, no se permitían. Las estaciones de combustible estaban ubicadas en las carreteras y en las afueras de las zonas habitadas -intervino Colacho, un jubilado que paseaba cada día por el corredor verde, barranco arriba, antes de que lo destrozara el temporal.

 

Asentí con la cabeza y le dejé continuar:  Cuando al lado de depósitos de combustible se permiten áreas de alimentación donde se sabe que cada día centenares de personas realizarán sus compras de comestibles, uno deja de confiar en la política y le invade el desánimo. 

 

Seguí callado, pero asumía su insatisfacción y compartía su desánimo. Me pregunté entonces cómo se habían permitido instalaciones acuícolas, entiéndase granjas marinas, al lado de núcleos poblacionales consolidados que llevaban décadas existiendo antes de las granjas marinas, cómo se habían permitido justo en la salida de emisarios de aguas residuales, ya sean industriales o de cualquier otro tipo, o en la proximidad de áreas aeroportuarias de extrema sensibilidad ante la presencia de aves, o en la bocaina de puertos industriales con entrada y salida continua de barcos dedicados al transporte de combustible y por consiguiente, con la peligrosidad inherente a la nevegación y la potencial existencia del riesgo de fuga.

 

¿Cómo pudieron autorizarse dichas instalaciones y sin embargo se hizo? ¿Cómo pudieron producirse daños colaterales con el cierre de playas por un gravísimo episodio de contaminación marina y que las víctimas sean siempre las mismas: los propietarios de las viviendas situadas en dicho sector costero, los usuarios de esas playas, la población residente, los negocios turísticos, de ocio y restauración?

 

Justo aquellas personas que jamás tuvieron relación alguna con la contaminación provocada ni con los vectores que provocaron dicha contaminación.  Cuando el pasado día cinco de agosto sucedió el luctuoso episodio que se saldó con una persona fallecida y varios heridos de diversa consideración, el núcleo residencial urbano de Salinetas-Clavellinas-Melenara y Taliarte estaba al cien por cien de ocupación en pleno mes veraniego y bajo una ola de calor.

 

Tal vez la hipótesis que planteo sea sólo eso, una hipótesis imposible de ir más allá, una hipótesis sólo verbalizable desde la ignorancia más absoluta y mis escasos conocimientos técnicos, pero ¿Alguien puede aventurar el alcance de una explosión de un depósito de combustible del tamaño de los existentes en dicha zona industrial, en caso de que sucediera? Y hay otra pregunta que le sucede a ésta: ¿La explosión en un depósito de combustible no afecta en cadena a los restantes depósitos?

 

No manejo más datos que los que salieron a la luz en el hipotético caso de un accidente que pudiera suceder en la planta de gas que quería ubicarse en la zona portuaria de Las Palmas. Los efectos de tal explosión y la consecuente ondas expansiva convertirían en escombros a una buena parte de de la ciudad baja y la mortandad sería elevada. Utilícese este símil para analizar los efectos de los depósitos de gas que se querían instalar en esta zona industrial de Salinetas.

 

¿Cómo pudo ni siquiera admitirse a trámite estos proyectos? Y así fue, con el beneplácito del Cabildo y del Gobierno de Canarias. Nadie inicia un proyecto de tamaña insensatez si no cuenta con un porcentaje de posibilidad, aunque sea bajo, de conseguir su aprobación.

 

Y esto sigue pasando: ¿Cómo puede ser que las poblaciones al completo de La Aldea de San Nicolás, Artenara, Mogán y Agaete, sus gobiernos municipales, el Cabildo de Gran Canaria rechacen de plano el macroproyecto de granjas marinas en la costa del Andén Verde, uno de los últimos paraísos marinos insulares y que una institución que debería gobernar para el pueblo, pero que demuestra en el día a día que no lo está haciendo, como es el Gobierno de Canarias a través de su Consejería de Pesca, siga adelante con tan escandaloso proyecto?

 

El otro día, en un encuentro playero, una de las asistentas se preguntaba el porqué de esa inquina manifiesta del Gobierno autonómico hacia la isla de Gran Canaria? ¿El porqué del insano deseo de querer destruirla? Parece como si existiera un odio cerval, un insano deseo de acabar con su biodiversidad, con sus reservas marinas, con sus paisajes. ¿Porqué hay tanto desaprensivo que busque arruinar la costa grancanaria y destrozarla para siempre?

 

También aquí guardé silencio, pero los datos que aquella mujer manejaba dejaba malparada la isla de Gran Canaria en cuanto al elevado número de autorizaciones que el PLOCAN contemplaba para la instalación de granjas marinas en la isla. La costa grancanaria era la gran sacrificada. En eso basaba ella su teoría conspiratoria. Los esbirros del capital que nos gobernaban -decía-, nunca plantean la defensa de sus ciudadanos, de los canarios, sino que parcelan el mar y la tierra para vendérsela o regalársela al mejor postor, pienso -continuaba ella-, en las playas de Corralejo y su espacio natural y en los hoteles ilegales que con sentencias judiciales firmes de demoloción, no sólo no se derriban sino que van a restaurarse.

 

De las jaulas de la Aldea -ironizó con amargura-, ni siquiera los fondos de inversión de dichos paíse árabes saben donde se encuentran nuestras islas. ¡Cómo para preocuparles el destrozo de sus aguas y fondos marinos! Me gustaban sus palabras pero sobre todo la firmeza puesta en ellas. Envidié su juventud y admiré su hermosura personal más allá de la belleza física.

 

Me encontraba en Palma de Mallorca cuando me llegó la noticia del accidente acaecido en la urbanización industrial de Salinetas. Me sobresalté. Vivo en la zona, apenas a un centenar de metros de los grandes tanques y era consciente de que mis hijas y nieta se encontraban en casa.

 

No quise pensar pero lo cierto es que podríamos estar hablando de una gran tragedia. No es algo imposible, pues nadie creía posible lo sucedido en Valencia y sucedió. Hubo cientos de muertos y no pasó nada. Nadie ha ido a la cárcel para toda su vida, nadie ha pagado con dineros propios parte de los daños ocasionados con su desinterés, desidia y abandono.

 

Si no somos capaces de echarnos a la calle, de protestar, de pedir explicaciones y garantías, de exigir informes de seguridad y controles periódicos y obligatorios, de exigir que este tipo de negocios contaminantes y peligrosos, pues eso es lo que son al fin, se ubiquen alejados de núcleos habitados, volverán a suceder episodios similares y tal vez entonces, las lamentaciones y daños sean mucho mayores, aunque para la familia del operario fallecido, el daño acaecido es incommesurable y su dolor no se aliviará nunca. Desde estas sentidas líneas mi más profunda consideración y respeto a sus familiares y amigos.

       

José Manuel Espiño Meilán es senderista, escritor y educador ambiental.

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