
La expresión «Juventud, divino tesoro», extraída del célebre poema «Canción de otoño en primavera» de Rubén Darío, invita a una reflexión que trascienda la mera nostalgia por una etapa vital inevitablemente perdida. En la actualidad, la cuestión se plantea de manera distinta: ¿sigue siendo la juventud un tesoro cuando, en numerosos casos, se ha convertido en una carrera de obstáculos?
Ayer día 12 de agosto se conmemoró el Día Internacional de la Juventud, fecha oficialmente proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) en 1999. Su principal objetivo radica en reconocer el potencial de los jóvenes, fomentar su participación en la sociedad y visibilizar los desafíos y barreras a los que se enfrentan a nivel global. Para el año 2026, la ONU ha establecido un lema oficial centrado en la universalidad de los derechos de las nuevas generaciones frente a las desigualdades geográficas y sociales: «Contextos diversos, aspiraciones comunes».
Continuamos hablando de la juventud como si constituyera un privilegio. Como si el simple hecho de ser joven implicara automáticamente la disponibilidad de energía, oportunidades, libertad y un futuro prometedor. Esta afirmación se repite sistemáticamente en el ámbito político, con la solemnidad de quien enuncia una verdad universal: los jóvenes son nuestro futuro. Sin embargo, aquí reside el problema. Los jóvenes no son nuestro futuro; son nuestro presente. Resulta imperativo que dejemos de utilizar el futuro como pretexto para no abordar las necesidades de su presente.
En la actualidad, una generación se encuentra en una situación paradójica: altamente preparada y, simultáneamente, enfrentando obstáculos significativos para establecer una vida independiente. A pesar de la acumulación de títulos académicos, información, capacidades de comunicación y herramientas tecnológicas, la adquisición de una vivienda se ha convertido en un desafío considerable. Las estadísticas corroboran esta afirmación.
En España, únicamente el 14,5% de los jóvenes de entre 16 y 29 años se encuentran emancipados, representando el nivel más bajo registrado desde que se dispone de datos comparables. La edad media para la emancipación ha superado los 30 años. Para un joven que pretenda financiar un alquiler en solitario, el coste de la vivienda podría consumir prácticamente la totalidad de su salario. Por consiguiente, cuestionar a los jóvenes sobre su falta de independencia resulta inapropiado.
La convivencia con los padres no debe interpretarse como una elección deliberada. El retorno mensual al domicilio familiar con el salario intacto no constituye un capricho. La habitación de la infancia no representa una decisión de estilo de vida, sino, con frecuencia, la consecuencia de una ecuación económica insostenible. La célebre frase de Rubén Darío persiste en el imaginario colectivo, a menudo evocada con nostalgia por quienes añoran esa etapa de vitalidad, aspiraciones y decisiones trascendentales.
Sin embargo, esta visión idealizada coexiste con una crítica igualmente arraigada que, desde Sócrates, imputa a los jóvenes una deficiente educación, falta de respeto y rebeldía. Este desencuentro intergeneracional parece cíclico: los adultos tienden a idealizar su juventud y a juzgar con severidad la de las generaciones posteriores.
En contraste con la melancolía expresada por Darío o la queja socrática, la juventud contemporánea se enfrenta a desafíos estructurales que comprometen su bienestar y su futuro. La complejidad del acceso al mercado laboral, y, en consecuencia, a la emancipación, ha prolongado la transición a la vida adulta en numerosos países, extendiendo una etapa juvenil que se caracteriza por la incertidumbre. A esta problemática se añaden factores como la influencia negativa de ciertos entornos y medios de comunicación, que pueden derivar en la desintegración familiar, la violencia o la migración forzada en busca de mejores oportunidades.
La juventud continúa siendo un “divino tesoro”, no por su belleza ingenua, sino por su potencial transformador y su capacidad para afrontar el futuro. Sin embargo, su valor no es intrínseco ni permanente. Para que los jóvenes de hoy puedan reflexionar en el futuro y percibir su juventud como un verdadero tesoro, la sociedad en su conjunto – gobiernos, familias y comunidades – debe proporcionarles oportunidades concretas de formación, empleo y participación. Solo mediante la implementación de estas medidas se podrá romper el ciclo de desconfianza y construir un futuro donde el tesoro de la juventud no sea un lamento por lo que se perdió, sino el legado de lo que se construyó.
Gregorio Viera Vega fue concejal del PSOE en el Ayuntamiento de Telde.










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