
La voz de Gabriel Rufián se ha ido apagando. Es decir, su llamamiento agitador para concitar la unión de las izquierdas estatalistas y nacionalistas periféricas ha decaído y es claro síntoma de que, al menos por el momento, no triunfa su idea. Y esto ocurre a un año mal contado de las elecciones generales, que serán antes o después de las locales y autonómicas en función de lo que decida Pedro Sánchez que, a su v
ez, está atado por el calendario judicial a su esposa y hermano (ya sentenciado) que supone un incentivo perverso al referido adelanto. Esto es, cuanto más apriete la vía judicial a su familia, menos querrá poner en juego sus mimbres presidenciales.
Rufián tiene razón al asumir que las encuestas son las que son y, por tanto, se atisba en lontananza un triunfo de las derechas. A saber, un pacto entre el PP y Vox que solo podrá ser frenado por una abstención del PSOE en su momento que, ‘sanchismo’ mediante, no se producirá. Por tanto, la alerta antifascista del catalán está sustentada, mas ha sido esquinada en el olvido veraniego.
El panorama es el que es: el PSOE hipotecado a la corrupción del ‘sanchismo’, Sumar sin Yolanda Díaz no es nada (y, encima, no tiene implementación territorial; solo la poca que resta de IU) y Unidas Podemos va a lo suyo, haciendo de anarquistas posmodernos como otrora dividían al bando republicano cuando la Guerra Civil. Y con esta ensalada de falta de entendimiento y egos al alza por asegurarse un escaño que estaría perdido de acordar alianzas nuevas dentro de las izquierdas, sobreviene el otoño político en breve.
Por su lado, ERC, EH Bildu y BNG no quieren añadirse a la vía Rufián. Sus aspiraciones son territoriales y el antifascismo (por aquello de Vox) lo supeditan a las pretensiones soberanistas en marcha. Vamos, que el sudoku no se resuelve. Especialmente, porque estas siglas no se ven concernidas al no sentirse presionadas por una izquierda estatal articulada realmente.
A estas alturas, no hay un PCE ni una IU con fuerza parlamentaria por sí sola que sirva como catalizadora de la clase trabajadora. El espacio Sumar no es nada. Y, por consiguiente, este vacío es un aliciente para que los nacionalismos periféricos de izquierda sigan por su carril propio, sin miramientos ni melindres hacia el Rufián de turno. El catalán se queda en ERC, donde seguramente nunca quiso moverse. Lo que haga a partir de septiembre está por ver, si es que todavía puede hacer algo tras estos meses de alocuciones a la izquierda sociológica caídos en saco roto.










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