
Existen imágenes que deberían perpetuar la vergüenza a lo largo de generaciones, no por evidenciar el fracaso de una frontera, sino por ilustrar el fracaso de nuestra humanidad. Cuerpos flotando en el mar, jóvenes exhaustos que intentan alcanzar una playa que perciben como una oportunidad, familias rotas antes incluso de iniciar una nueva vida. Mientras tanto, la política se reduce a un mero concurso de eslóganes.
Las imágenes de Ceuta deberían haber suscitado un silencio respetuoso, una reflexión colectiva y una exigencia compartida de responsabilidades. En lugar de ello, hemos presenciado la habitual competición: unos hablan de invasión, otros reducen la cuestión a un problema de acogida, unos reclaman mano dura y otros se refugian en proclamas humanitarias. Todos parecen más preocupados por obtener el siguiente titular que por responder a la pregunta esencial: ¿cómo hemos llegado a aceptar que la muerte de seres humanos forme parte de la normalidad informativa?
Existe una obscenidad particularmente inquietante en la reacción de parte de la clase política. Cada tragedia migratoria activa un mecanismo perfectamente engrasado: comparecencias solemnes, acusaciones cruzadas, exigencias de dimisiones y una sucesión de mensajes diseñados para las redes sociales. Apenas se recuperan los cuerpos del agua cuando ya se está librando la batalla por el relato. Los muertos aún no tienen nombre y ya tienen utilidad política.
Ese es el verdadero deterioro democrático: no la discrepancia, que es saludable, sino la incapacidad de reconocer un mínimo espacio ético común. Pues se puede discrepar sobre cuántos inmigrantes puede asumir un país, sobre los mecanismos de devolución, sobre la cooperación con Marruecos o sobre la política europea de asilo. Lo que no debería ser objeto de discusión es que ninguna muerte puede convertirse en un daño colateral aceptable ni en un simple argumento parlamentario.
La defensa del control fronterizo constituye un derecho legítimo de cualquier Estado democrático, representando una de sus funciones esenciales. Sin embargo, la protección de las fronteras no debe implicar la pérdida de compasión. La seguridad y los derechos humanos son conceptos compatibles; de hecho, solo las democracias maduras son capaces de mantener ambos principios simultáneamente.
El aspecto verdaderamente preocupante no reside en las discrepancias políticas, sino en la observación de cómo ciertos discursos prescinden de la denominación de las personas que llegan. Inicialmente, se les refiere como “avalanchas”, posteriormente como “efecto llamada” y, finalmente, como meras cifras. Cuando un individuo pierde su nombre y rostro, resulta considerablemente más sencillo utilizarlo como instrumento electoral.
En Ceuta, no solo se han registrado decenas de fallecimientos, sino que también ha sufrido un deterioro una parte de nuestra conciencia colectiva. Cada vez que una tragedia migratoria afecta a Europa, se repite un ritual similar. Algunos hablan de “invasión”, mientras que otros acusan de racismo a sus oponentes. Algunos exigen un cierre fronterizo más estricto, mientras que otros reclaman solidaridad sin ofrecer una explicación sobre cómo gestionar un fenómeno migratorio cada vez más complejo.
La historia europea está repleta de ejemplos en los que la deshumanización constituyó el primer paso para justificar cualquier acción. Esta no comienza con la violencia, sino con el lenguaje. Detrás de cada cuerpo recuperado del mar se ocultaba una historia que jamás conoceremos. Había una madre aguardando noticias, un padre que había reunido todos sus ahorros y un joven convencido de que la otra orilla representaba un futuro. Ninguno de ellos soñaba con convertirse en un argumento de una tertulia política. Mientras unos contabilizan las entradas irregulares, otros contabilizan los réditos electorales. Muy pocos cuentan las vidas perdidas.
El fracaso más significativo de esta crisis no reside únicamente en la cifra de fallecidos. Quizás resida en el descubrimiento de que, mientras el mar restituía cuerpos sin vida, un número excesivo de responsables políticos persistían en comunicarse como si se limitaran a debatir porcentajes, competencias o encuestas. Cuando la política deja de reconocer la humanidad de las personas, la frontera más peligrosa deja de ser la marítima para convertirse en la de nuestra conciencia..., desde la acera de enfrente.










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