En días como estos que estamos “sufriendo” de calor intenso, me vienen a la cabeza recuerdos que no necesitan fotografías para evocarlos porque permanecen intactos en mi memoria. Uno de ellos son aquellas tardes y noches de verano en las que las casas se abrían a la calle y las sillas salían a las aceras de los barrios.
Cuando el calor empezaba a aflojar y el sol se escondía detrás de las azoteas, alguien sacaba una silla. Después otra. Y otra. No hacía falta llamar a nadie. La calle era el punto de encuentro. Se buscaba el fresco, sí, pero también la conversación, la compañía y esa agradable sensación de saber que uno no estaba solo.
Allí se hablaba de todo. De los hijos, del trabajo, de los vecinos, de quien había enfermado, de quien se había marchado y de quien acababa de llegar. Los niños corrían alrededor mientras los mayores hacían tertulias, muchas de ellas podrían servir para llenar programas de televisión de los de ahora, pero con contenido. A veces ni siquiera había un tema concreto. Simplemente se estaba allí, esperando que pasara alguien o que viniera un vecino y se sentara en el bordillo de la acera. Y eso bastaba.
La radio ocupaba un lugar especial en aquellas noches. Recuerdo que algunos ponían la radio en la ventana y se ponían a escuchar “La Ronda”, aquel programa de dedicatorias musicales en el que una canción podía convertirse en un mensaje de amor, de amistad, de nostalgia o de recuerdo. La radio tomaba vida y alrededor de ella se iban formando pequeños corrillos. Se escuchaba la dedicatoria, se reconocía la canción y siempre había alguien que tenía algo que contar. Qué curioso resulta pensar que aquella radio, que hoy casi ni se usa, tenía la capacidad de reunir a las personas. No las separaba.
Hoy hemos construido un mundo completamente diferente. Podemos comunicarnos con alguien que está al otro lado del planeta en cuestión de segundos. Tenemos cientos de contactos, grupos, redes sociales y conversaciones que nunca terminan. Podemos saber qué está haciendo alguien a miles de kilómetros, incluso alguien a quien probablemente jamás conoceremos.
Y, sin embargo, muchas veces no sabemos qué está haciendo el vecino de al lado. Quizá esa sea una de las grandes paradojas de nuestro tiempo. Estamos permanentemente conectados y, al mismo tiempo, cada vez más solos.
Hemos sustituido la silla del portal por el sofá. La conversación, por la pantalla. La radio compartida, por los auriculares. Aquellos corrillos en los que todos podían participar han sido reemplazados, en demasiadas ocasiones, por conversaciones digitales con personas que no conocemos y con las que probablemente nunca compartiremos una tarde, un café o una historia.
No pretendo idealizar aquellos años, no me entiendan mal, porque todo no era bueno y también tenían sus dificultades y sus carencias. Tampoco se trata de renunciar a la tecnología, que tantas cosas buenas nos ha proporcionado. Se trata, simplemente, de preguntarnos si en medio de tanta conexión no hemos olvidado algo tan importante como compartir con los que tenemos al lado, con los más cercanos.
Es que una conversación cara a cara tiene algo que ninguna pantalla puede sustituir. Una mirada, una carcajada, un silencio, alguien que pregunta cómo estás y espera realmente la respuesta.
Quizá este verano deberíamos hacer un pequeño ejercicio de rebeldía. Sacar una silla a la puerta. Sentarnos al fresco y hablar con quien pase. Y dejar, aunque sea por un rato, que el mundo pase delante de nosotros sin necesidad de deslizar el dedo sobre una pantalla. Porque hubo un tiempo en que para sentirnos acompañados no necesitábamos conectarnos a ninguna red. Solo necesitábamos una silla en el portal.
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Esteban Gabriel Santana Cabrera es maestro de Primaria .









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