Hay quienes entienden la política como una sucesión permanente de trincheras, donde cualquier gesto de humanidad debe supeditarse al cálculo estratégico y donde una amistad parece perder automáticamente su valor en el momento en que un compañero decide emprender otro camino. Es una visión respetable, pero profundamente empobrecedora.
Los recientes comentarios sobre las declaraciones de Carmen Hernández tras la marcha de Minerva Alonso de Nueva Canarias parte precisamente de esa premisa: que la estrategia debe imponerse siempre sobre las personas. Y ahí es donde conviene discrepar.
Porque una cosa es la disciplina orgánica de un partido y otra muy distinta renunciar a décadas de afecto, trabajo compartido y respeto mutuo simplemente porque alguien decide abandonar unas siglas.
Carmen Hernández hizo exactamente lo contrario. No insultó. No descalificó. No recurrió al resentimiento ni a la deslealtad personal. Simplemente reconoció públicamente la valía política y humana de una compañera con la que ha compartido buena parte de su trayectoria.
¿Es eso un error estratégico? Tal vez algunos estrategas lo crean.
¿Es un error humano? Difícilmente.
Vivimos tiempos en los que demasiados dirigentes convierten cualquier discrepancia política en un ajuste de cuentas personal. Parece que quien abandona un partido pasa automáticamente de ser un excelente compañero a convertirse en un enemigo al que hay que desacreditar. Esa práctica, desgraciadamente frecuente en la política española, ha deteriorado la confianza de los ciudadanos hacia sus representantes.
Por eso resulta refrescante comprobar que todavía existen dirigentes capaces de separar una amistad de una decisión política.
Porque Carmen Hernández no defendió la salida de Minerva Alonso de Nueva Canarias. No pidió a nadie que la siguiera. No cuestionó el proyecto político que representa. Lo único que hizo fue reconocer públicamente la trayectoria de una persona con la que ha compartido años de gobierno, campañas electorales, victorias, derrotas y responsabilidades institucionales.Eso no es hacer campaña a nadie.Eso es actuar con honestidad.
Se dice que "un partido político no es una pandilla". Evidentemente que no lo es. Pero tampoco debería ser una organización donde las relaciones personales desaparecen en cuanto alguien entrega —o no entrega— un carné.Los partidos están formados por personas. Personas que trabajan juntas durante años, que generan vínculos de confianza y amistad y que, afortunadamente, no deberían verse obligadas a romperlos por imposición de una estrategia de comunicación.
Si la política exige negar públicamente el afecto hacia quien ayer era un compañero, quizá el problema no sea de quienes mantienen esa amistad, sino de una forma de entender la política excesivamente fría y utilitarista.La discrepancia no obliga al desprecio.La diferencia política no exige borrar el pasado.Ni la amistad puede quedar subordinada a un argumentario.
También sorprende que se interprete como un error reconocer el trabajo realizado por Minerva Alonso. Se puede discrepar de su decisión de abandonar Nueva Canarias y, al mismo tiempo, admitir que ha desempeñado responsabilidades públicas con solvencia. Ambas cosas no son incompatibles.
De hecho, esa capacidad para reconocer méritos incluso cuando existen diferencias es precisamente uno de los síntomas de una democracia madura.Lo contrario conduce a una política de bloques donde solo existen buenos mientras permanecen en casa y malos en cuanto cruzan la puerta.No parece el mejor ejemplo.
La historia política de Canarias demuestra que los partidos cambian, evolucionan, se transforman y sus dirigentes toman caminos distintos.
Lo verdaderamente importante es cómo se produce esa separación. Desde el respeto o desde el ajuste de cuentas. Desde el reconocimiento o desde el insulto.Desde la elegancia o desde el reproche permanente.
Carmen Hernández eligió la primera opción.Y quizá ese gesto diga más de su forma de entender la política que cualquier estrategia electoral.Porque las elecciones duran unas semanas.Las amistades, cuando son auténticas, duran toda una vida.
Y eso, lejos de ser una debilidad política, sigue siendo una fortaleza humana.
Carmelo J. Ojeda Rodríguez es director de TELDEACTUALIDAD y VALSEQUILLOHOY, LA ACTUALIDAD DEL MUNICIPIO y editor del programa La Alameda, de TELDEACTUALID PÓDCAST Es catedrático de Geografía e Historia, fue redactor de Canarias7 y posee un Máster en Comunicación y Periodismo Digital.








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