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Sábado, 01 de Agosto de 2026

Actualizada Sábado, 01 de Agosto de 2026 a las 21:29:41 horas

Colaboración

Rex, caesar, imperator, dictator…

Reflexión de Nicolás Guerra, catedrático y escritor

NICOLÁS GUERRA AGUIAR Sábado, 01 de Agosto de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Sábado, 01 de Agosto de 2026 a las 20:46:24 horas

Ya desde noviembre (2025), estimado lector, el presidente de los Estados Unidos de América (que no “América”, como imperialmente llama el señor Trump a su país) había adelantado el inminente indulto a un delincuente convicto, un enjuiciado cuyos delitos fueron probados legalmente (“Felicidades a Juan Orlando Hernández por su próximo indulto"). Este personaje había ejercido durante ocho años como presidente de Honduras (su segundo mandato fue considerado ilegal: lo prohibía la Constitución del país).


Tras el abandono de la presidencia en 2022, EE.UU. reclamó su extradición (gobierno demócrata), pero no el secuestro con comandos armados norteamericanos y cuarenta asesinatos, tal sucedió con el rapto de Nicolás Maduro (gobierno Trump). Allí fue condenado por un juzgado de Nueva York a cuarenta y cinco años de prisión acusado de “delitos de conspiración para traficar narcóticos, uso de armas de fuego y conspiración para traficar armas de fuego”: Honduras se había convertido en un narcoestado. La pasada semana el expresidente regresó a su país con el indulto trumpista en la mano, retorno imposible para el dictador venezolano: a las empresas yanquis y  amigotes sólo les interesaban los pozos petrolíferos. [Img #1068515]


Y aunque también Nicolás Maduro se enfrentará a parecidas acusaciones (narcoterrorismo, tráfico de cocaína, delitos vinculados a armas), cumplirá la sentencia condenatoria... también impuesta por un tribunal de EE.UU.  Mientras, su brazo armado y represor de ayer -políticos de sangre afín, policía, militares...- sigue gobernando Venezuela… sin la libertad prometida y tan añorada por la ciudadanía venezolana, víctima de la miseria.


Se trata, en fin, del mismo perdón que el presidente Trump concedió a los mil quinientos norteamericanos que, a la manera de una bisonteana estampida,  asaltaron el Capitolio en un intento de golpe de Estado para reponerlo tras la perdida presidencia dos meses atrás. (Otro simbólico edificio de la democracia occidental salvajemente violado hasta sus entrañas por enloquecidos usurpadores.)


Pues bien, estimado lector. Como viene avalado por el Instituto Cervantes, conservo desde hace tiempo el siguiente párrafo encontrado en una de las  incursiones que suelo hacer por fuentes de información cargadas de rigor, ciencia y sabiduría. No recuerdo el porqué de tal encuentro, pero sí  su impacto: “El silencio actúa como un lenguaje propio. En obras literarias sustituye a las palabras como método de comunicación, siendo interpretado a menudo como una ‘sustancia silenciosa’ que expresa lo inefable”.


(¿Y cómo debemos entender el silencio mayoritario del pueblo norteamericano ante asesinatos, masacres, bombardeos, genocidio, destrucciones masivas a manos del gobierno israelí en Líbano, Cisjordania, Gaza…? ¿Indiferencia? ¿Desinformación? ¿Plena identificación justificada porque el pueblo de Israel es sideralmente superior: “Jesús habría de venir de alguna nación o pueblo, y Dios eligió a Israel” según dice gotquestions.org?)


Lo cual, traducido al román paladino (“en cual suele el pueblo fablar con so vezino”, Arcipteste de Hita), viene a significar algo así como que, en momentos concretos, el silencio puede comunicar la intencionalidad de un autor para expresar lo maravilloso, la descripción de una situación, el carácter de alguien... o acaso la duda. Así, contestando a una hipotética pregunta que usted, estimado lector, quizás acaba de hacerme sobre si el ser humano (algo por encima de los ocho mil millones de personas) sabe de qué hablamos cuando hablamos de libertad, debo decirle que no. Y podría añadir, para confirmar tal rotunda negativa, varios razonamientos argumentados sobre incultura, miseria, despotismo, esclavitud… aún en el siglo XXI.


Ahora bien: debo guardar silencio si restringimos la población al llamado mundo civilizado, el ilusoriamente etiquetado como “primer mundo” (alto desarrollo social, económico, intelectual...) frente al “Tercer Estado” del siglo XIX francés, es decir, el pueblo ajeno a la nobleza y al clero, también identificado como obrero, asalariado o proletario. Incluyo en el primero al hasta ayer denominado “bloque capitalista”: Europa (reparos para algunos países), Canadá y Estados Unidos de América. Y acaso al imperio chino... aunque con imprescindibles matizaciones.


Pero, ¿las poblaciones europeas y ambas norteamericanas son realmente libres tal como define la libertad el Diccionario  de la RAE, primera acepción? ¿Ejercemos la “facultad natural de obrar de una manera o de otra... o de no obrar”? Lo apunto porque los gobiernos de los países arriba citados, autodefinidos como regímenes democráticos, proclaman día y noche, cuatrienio (o quinquenio) tras cuatrienio, que su único objetivo es el bienestar social generalizado, la placidez y el sosiego ciudadano, el camino hacia la felicidad plena.


Por tanto, la economía se convierte en la fundamental preocupación, a fin de cuentas sin dinero no hay desarrollo. ¿Y qué ocurre si en algunos casos los derechos individuales son violados por privilegiadas minorías cuya única finalidad, única y exclusiva, es la multiplicación de beneficios económicos? Pues, como dicen sabiamente por ahí, “A joderse toca”. (Mis disculpas por tal “malsonante” construcción, sustituible por “Hay que aguantarse o fastidiarse”.) 


Mire a su alrededor, lector. Sitúese, por ejemplo, en el barrio de Guanarteme (LPGC), anteayer frontera con el usurpado municipio republicano de San Lorenzo y hasta ayer extrarradio de la urbe.


Pero hoy es emporio de empresas nacionales y extranjeras. Estas, carentes de pudor, recato, respeto,  son capaces de expulsar de sus viviendas a gentes que durante decenios pagaron alquileres y desde un tiempo acá son víctimas (legales) de desahucios, expulsiones y desalojos para echar abajo el añejo edificio y emprender construcciones de buhardillas, apartamentos, pisos… y elevar hasta las nubes la adquisición o arrendamiento de un techo, meta casi imposible para la inmensa mayoría de los canarios. ¿Gozan de libertad protegida y amparada por los gobernantes canarios y españoles quienes sufren tales atropellos… legalmente?


No, me parece que no. Ni tan siquiera el fútbol, aquel deporte considerado por los argentinos como “una forma de decir quiénes somos” (TyCSports.com), goza de la libertad que se reclama. El presidente Trump, ante quien los europeos (todos) se humillan como lo hizo la España del XVII frente al oro robado a América (“Nace en Las Indias honrado, / donde el mundo le acompaña [...]”), puede privatizar los campeonatos mundiales cuatrianuales. Trump ya lo adelantó: “Gracias a la FIFA por hacer lo correcto y revertir una gran injusticia”. ¿Cuál? Pues eso: que le retiraran la tarjeta roja al norteamericano Balogun… ganada a pulso en un partido del Mundial. Y como se trata del rex, caesar, imperator, dictator (¡palabras europeas!), la destartalada Europa calla, ¿teme enfurecer al dios? ¿Renuncia a su libertad? Tal parece. ¡Incluso la Francia de la “liberté”…!

 

Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.

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