Mientras el fuego devora la meseta, con unas dimensiones inusitadas, se constata la necesidad de colaboración permanente y creciente entre las diferentes Administraciones públicas. Y todo ello con independencia del color político que gobierne cada una. Es hora de recuperar la normalidad de que los diferentes dirigentes políticos se ponga codo a codo a trabajar y dejen de lanzarse los trastos. Máxime, ante un
a emergencia de semejante calibre. Lo que más cansa a la ciudadanía es ver a unos u otros instalados en una trifulca permanente.
Así las cosas, la gestión cotidiana en la calle (no digamos ya ante un incendio) no puede ser la extrapolación de la bronca que anida en el Parlamento. Esa polarización inyectada que deteriora la convivencia y las relaciones en el día a día, es cruenta. Es más, tanta es la polarización alcanzada, que hay relaciones personales que se rompen… Y ocurre en una democracia, lo que supone un dislate. Ojalá volvamos a esa normalidad de las décadas anteriores previas a la furia de las redes sociales, para que retorne el diálogo, el sano debate y la discrepancia. Sea de la ideología que sean los responsables, que funcionen las instituciones y se otorgue respuestas a las problemáticas que nos atañen.
Esto que se erige aquí en un deseo, tendría que convertirse en lo más normal. Esté el PSOE o el PP, o la formación nacionalista que se tercie, que hagan en intensidad y frecuencia la gestión coral de las urgencias. Al igual que los reyes se acercan a interesarse y dar el ánimo al pueblo, los políticos tienen que estar al servicio de los demás y no pendientes de cuitas cibernéticas o internas de los partidos para ver cómo quedan mejor frente a la opinión pública. Quizá, es mucho pedir cuando el máximo poder internacional a efectos prácticos, entiéndase Donald Trump, está a lo suyo: al capricho personal de mandar como le venga en gana y en desprecio al Derecho Internacional.
Es decir, si ante un genocidio, como el padecido por el pueblo palestino, medio mundo se desentiende (sobre todo, la Administración Trump) frente un incendio qué pensarán los políticos de andar por casa sobre qué hacer y cómo responder. Esta era del narcisismo imperante, de la ausencia de respeto a las formas y los contenidos, hace que cabalgue a sus anchas los egos de personajes que, en muchas ocasiones, no están a la altura de la ciudadanía ni de los retos que sobrevienen. Mal asunto.







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