En la sociedad contemporánea, la velocidad de vida ha alcanzado niveles tales que la contemplación profunda se ha convertido en un lujo. La distinción entre mirar y ver se ha vuelto crucial. Mirar implica una pausa reflexiva, una comprensión contextualizada, mientras que ver se reduce a la mera captación visual y a la emisión de juicios precipitados. Esta lógica permea todos los ámbitos de nuestra existencia.
La apariencia se ha convertido en un activo fundamental en el mercado social. La inmediatez, el atractivo y la facilidad de difusión son valores que sobresalen. Una imagen impactante supera en valor a una explicación detallada; un titular sensacionalista eclipsa a un análisis riguroso; una puesta en escena meticulosamente elaborada a menudo prevalece sobre la autenticidad.
La apariencia, es una enfermedad silenciosa, más definitoria de nuestra época que cualquier indicador económico o encuesta sociológica, es la incapacidad para detenerse. Vivimos a la velocidad del dedo que desliza una pantalla, escaneando información sin una verdadera comprensión. Escuchamos de manera superficial, esperando el momento oportuno para responder, y reaccionamos impulsivamente en lugar de pensar con detenimiento. Cuando la prisa se convierte en un modus operandi, la apariencia se erige como sustituto de la verdad.
Hemos construido una sociedad donde el envoltorio adquiere un valor desproporcionado, mientras que el contenido se devalúa progresivamente. La paradoja es evidente: nunca hemos tenido acceso a una cantidad tan vasta de información y, paradójicamente, dedicamos menos tiempo que nunca a su comprensión profunda.
En el ámbito público, tanto la presentación como el discurso adquieren una importancia capital. Un asesor de imagen puede ejercer una influencia mayor que un experto en economía. Se analizan minuciosamente detalles como las mangas remangadas, el color de la vestimenta, la escenografía de un mitin, la iluminación de una entrevista o el gesto calculado frente a las cámaras. El debate público se asemeja cada vez más a una campaña electoral permanente, donde el titular triunfa sobre el argumento y el eslogan se impone al pensamiento crítico.
En el ámbito del fútbol, particularmente durante eventos de magnitud mundial como la Copa del Mundo, el espectáculo se inicia mucho antes del pitido inicial. Se examinan meticulosamente aspectos como el peinado de los jugadores, sus tatuajes, la marca de su calzado deportivo, las ceremonias de llegada al estadio y los protocolos de celebración. Las redes sociales han elevado a numerosos futbolistas a la categoría de iconos de estilo, a menudo eclipsando su condición de deportistas.
En ocasiones, se pierde de vista que el éxito de un equipo no reside en la estética de sus uniformes, la espectacularidad de sus vídeos promocionales, ni en las jugadas individuales, sino en el trabajo silencioso, el riguroso entrenamiento y el compromiso colectivo, en definitiva, en la capacidad de jugar en equipo. Sin embargo, el envoltorio tiende a ocupar un espacio desproporcionado en comparación con el contenido.
Lo preocupante no es la existencia de la apariencia, la cual ha sido una constante a lo largo de la historia. Lo verdaderamente novedoso es la confusión entre apariencia y realidad. Un vídeo de treinta segundos parece sustituir a una trayectoria profesional; una fotografía reemplaza a un currículum vitae; una frase ingeniosa pesa más que una idea bien elaborada. La forma ya no acompaña al fondo, sino que pretende ocupar su lugar.
Quizá la explicación reside en la simplicidad. El pensamiento requiere tiempo, mientras que el juicio solo exige unos segundos. Vivimos en una era que considera esos segundos demasiado valiosos para ser desperdiciados en la reflexión. Por consiguiente, resulta cada vez más difícil distinguir entre lo importante y lo meramente llamativo.
Nos encontramos atrapados en la dictadura del instante. El reloj no solo marca nuestras horas, sino que también dicta nuestra valía. En esta carrera perpetua, la apariencia se ha convertido en el atajo predilecto para la supervivencia: si no se dispone del tiempo para ser, al menos se debe parecer. Sin embargo, esta lógica, lejos de ser trivial, se ha infiltrado en los estadios, los parlamentos y nuestros propios espejos, moldeando una sociedad donde el fondo importa cada vez menos y la forma lo es todo..
Gregorio Viera Vega fue concejal del PSOE en Telde.








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