
Telde volvió a teñirse de rojo este domingo para celebrar una noche histórica. Miles de aficionados, unos 7.000 según fuentes de la Policía Local, se congregaron en el Auditorio del Parque Urbano de San Juan para seguir en directo la final del Mundial de 2026 y acabaron festejando el segundo título mundial de la selección española, en una velada repleta de emoción, cánticos y banderas. TELDEACTUALIDAD avanza galería de imágenes.
Desde dos horas antes del inicio del encuentro, el recinto comenzó a llenarse de familias, grupos de amigos y aficionados que quisieron compartir el partido en el espacio habilitado por el Ayuntamiento de Telde, que instaló la mayor pantalla gigante utilizada durante todo el campeonato.
La tensión se mantuvo durante los noventa minutos, seguidos con absoluta intensidad por un público que vivió cada ocasión de gol, cada parada y cada jugada decisiva como si estuviera en el propio estadio.
Con el pitido final, la explosión de júbilo fue inmediata. Aplausos, abrazos, gritos de "¡España, España!" y banderas al viento protagonizaron una celebración espontánea que convirtió el Auditorio de San Juan en una auténtica fiesta del fútbol.
La jornada estuvo amenizada desde primera hora por DJ Nacho González, que contribuyó a crear un ambiente festivo antes y después del encuentro, mientras cientos de asistentes ocuparon la grada, la zona de butacas y el foso situado frente al escenario.
El Ayuntamiento volvió a repetir el éxito de las retransmisiones organizadas durante los cuartos de final y las semifinales, aunque en esta ocasión la asistencia fue aún mayor gracias al atractivo de una final histórica.
Con este triunfo, Telde puso el broche a varias semanas de convivencia y pasión futbolística compartida, confirmando que las pantallas gigantes organizadas por el Consistorio se han consolidado como uno de los grandes puntos de encuentro para seguir los éxitos de la selección española.
Crónica del partido (Juan Antonio Hernández)
España volvió a ganar el Mundial. Otra vez por 1-0, otra vez en la prórroga y otra vez con un futbolista que había empezado la final sentado en el banquillo. Andrés Iniesta necesitó 116 minutos en Johannesburgo y Ferran Torres empleó 106 en Nueva Jersey. La historia conserva sus costumbres y solo cambia los nombres.
Argentina también conservó las suyas. Llegó dispuesta a defender, interrumpir, protestar, perder tiempo y comprobar hasta dónde alcanzaba la paciencia del árbitro. España quería jugar la final. Argentina quería que la final dejara de jugarse. Durante mucho tiempo estuvo a punto de salirse con la suya. España era muy superior y por eso Argentina se dedicó a dar patadas.
La frase resume buena parte de lo sucedido. España terminó con veinte remates, doce de ellos entre los tres palos. Argentina produjo dos disparos en 125 minutos y estrenó la estadística en el 117, cuando Messi lanzó un balonazo contra la cara de Merino. Durante los noventa minutos reglamentarios había acumulado 0,00 goles esperados. Ni siquiera la calculadora encontró peligro argentino.
Luis de la Fuente repitió el equipo que había derrotado a Francia. Scaloni cambió tres piezas e introdujo a Montiel, De Paul y Nico González. Argentina reunió experiencia, músculo y varias piernas preparadas para intervenir cuando el balón pasara cerca.
España tardó cinco minutos en crear la primera ocasión. Lamine combinó con Dani Olmo, entró en el área y se quedó delante del Dibu Martínez. El portero argentino detuvo el disparo. La jugada continuó y Lamine volvió a buscar el último pase. Argentina acababa de recibir el aviso de que el adolescente situado enfrente venía a jugar una final del Mundial y no a pedirle una fotografía a Messi.
Argentina respondió mediante una carrera de su capitán. Unai Simón salió lejos del área, cortó el avance y dejó el balón suelto. Julián Álvarez tuvo una oportunidad magnífica para disparar con la portería desguarnecida, aunque perdió el tiempo suficiente para permitir el regreso español. Fue la aproximación argentina más prometedora durante mucho rato, circunstancia que la estadística se negó después a reconocer como remate.
Superado el sobresalto, España tomó el partido. Rodri y Fabián gobernaban el centro del campo. Dani Olmo encontraba espacios entre líneas. Lamine obligaba a Tagliafico y a Nico González a permanecer pendientes de su costado. Oyarzabal ofrecía apoyos y Baena recorría metros sin encontrar siempre la última intervención. Argentina quedó reducida a Messi esperando algún balón y a los otros nueve formando una aduana.
La pelota circulaba y el partido ni avanzaba. De Paul se encargaba de poner conversación donde faltaba fútbol. Romero utilizaba los brazos con esa soltura que poseen ciertos centrales cuando descubren que el árbitro considera el forcejeo parte del folclore. Enzo Fernández perseguía el balón con un segundo de retraso y llegaba a la pierna con puntualidad.
Argentina no presionaba a España: la esperaba. Scaloni había colocado a sus jugadores cerca del área y confiaba en que Messi encontrase algún accidente favorable. Era un plan de muy pobre ambición y aspiración para una campeona del mundo, aunque bastante reconocible. El Dibu cerraba la portería y los diez restantes administraban el reloj, las faltas y la paciencia del contrario.
España produjo menos peligro del que merecía su dominio. La selección encontraba el borde del área y allí aparecían otra camiseta, otra pierna y, cuando hacía falta, otro golpe. Argentina defendía bien los espacios y ensuciaba todo lo demás. La primera mitad perdió todavía más continuidad cuando Lisandro Martínez sufrió una lesión y dejó su puesto a Otamendi. El veterano entró para añadir experiencia a la defensa argentina, aunque el término «experiencia» adquiere significados muy amplios cuando se aplica a Nicolás Otamendi.
Cucurella tuvo la ocasión más clara antes del descanso. Llegó desde la izquierda y cruzó demasiado el disparo, que pasó junto al poste del Dibu. España se marchó al vestuario habiendo sido mejor, con el marcador intacto y la sensación de que Argentina estaba alcanzando exactamente el partido que deseaba: largo, áspero y desagradable.
El descanso duró 27 minutos y 20 segundos. Madonna, Justin Bieber y Ted Lasso participaron en el primer gran espectáculo intermedio de una final mundialista. El reglamento contempla quince minutos, aunque la FIFA había encontrado una norma superior: todavía quedaba gente famosa por sacar al césped. Argentina agradeció la ampliación. Su plan consistía en detener el partido y la organización había decidido colaborar.
España regresó mejor. Fabián combinó con Oyarzabal y el delantero se quedó a pocos centímetros de alcanzar el pase. Argentina retrocedió todavía más. Messi aparecía lejos de la acción, Julián Álvarez corría sin destino y el resto defendía alrededor del área del Dibu. Paredes entró y recibió una amarilla en el minuto 52. Después siguió cometiendo faltas sin despeinarse porque el árbitro no se iba a atrever a mostrarle la segunda tan temprano.
De la Fuente movió el banquillo. Pedri y Ferran Torres aportaron frescura; después entraron Nico Williams y Mikel Merino. España ensanchó el campo y aceleró la circulación. Argentina respondió acumulando más hombres cerca de Martínez. El encuentro tenía cada vez menos aspecto de final y más de asedio municipal. Ferran cabeceó centrado un servicio de Lamine en el minuto 67. Pedri probó desde fuera del área. Cubarsí también. Laporte se animó. El Dibu detenía todo lo que llegaba con dirección suficiente y después consumía algunos segundos en incorporarse, colocar el balón y asegurarse de que la humanidad entera hubiese contemplado la parada.
España tenía el juego, el campo y las ocasiones. Argentina poseía el empate y lo abrazaba con las cuatro extremidades. Messi seguía ausente. Cubarsí y Laporte lo vigilaban sin necesidad de perseguirlo por todo el campo. Cuando el capitán argentino recibía, encontraba varias camisetas españolas a su alrededor y pocas opciones delante. Su posible última final mundialista transcurría lejos de Unai Simón.
Los minutos se consumieron entre ataques españoles, despejes argentinos y faltas. España necesitaba precisión. Argentina necesitaba que sucediera cualquier cosa salvo fútbol. Nico Williams dispuso de una ocasión enorme durante la prolongación. Recogió un balón en la frontal y soltó un derechazo que el Dibu Martínez rechazó con una gran intervención. La jugada regresó hacia el centro del campo y Enzo Fernández llegó tarde sobre Cubarsí. Golpeó al central español con la rodilla y recibió la segunda amarilla.
La entrada admitía poca discusión. Enzo sí encontró bastante. Permaneció un minuto protestando antes de abandonar el terreno de juego, posiblemente a la espera de que el árbitro olvidara la expulsión. Argentina afrontaría la prórroga con diez futbolistas, aunque varios habían pasado la noche dedicados a actividades poco relacionadas con el balón.
Paredes, ya amonestado, derribó a Ferran cerca del área en el minuto 96. Empezó a tener sudores en la car hasta que le llegó una buena noticia: Vincic volvió a guardarse la tarjeta. Lamine ejecutó la falta y el Dibu voló para enviar el balón a córner. Argentina había terminado los noventa minutos sin un remate y conservaba intactas sus posibilidades de ganar el Mundial en los penaltis. El fútbol también atraviesa temporadas de humor negro.
La prórroga comenzó con un gol español que duró pocos segundos. Pedri envió el balón al área, Martínez intervino y Nico Williams recogió el rechace para marcar. Vincic había señalado antes una supuesta falta de Merino sobre Otamendi. El contacto consistió en un pisotón leve durante la disputa del balón. Iturralde González resumió la acción con claridad: "No hay nada". El árbitro había pitado antes de que Nico rematara y el VAR quedó fuera de juego. España perdió un gol porque Vincic tuvo más prisa para señalar una falta inexistente que Argentina para cruzar el centro del campo.
Merino rozó el tanto en el minuto 103. Nico puso un centro desde la izquierda y el centrocampista apareció otra vez en el área. Estiró el cuello y envió el cabezazo junto al poste. El especialista en rescatar eliminatorias había acudido a su puesto, aunque esta vez el balón decidió concederle el honor a otro. Argentina sustituyó a Julián Álvarez por Marcos Senesi y terminó jugando con cinco defensas, tres centrocampistas y Messi. Un 5-3-Messi. Scaloni había renunciado a marcar por los procedimientos ordinarios. Su selección esperaba los penaltis.
El primer periodo de la prórroga terminó con diecinueve remates españoles, once entre los tres palos y ninguno argentino. El marcador seguía a cero. El Dibu mantenía a su equipo y el fútbol empezaba a preparar una de esas injusticias que luego reciben nombres nobles: resistencia, carácter, oficio, saber competir.
Habían transcurrido 37 segundos de la segunda mitad de la prórroga cuando Pedro Porro recibió en la derecha y puso un centro largo hacia el segundo palo. Nico Williams apareció por detrás de la defensa y devolvió la pelota de cabeza. Ferran Torres llegó desde el centro, armó la izquierda y fusiló la portería del Dibu.
Ferran salió corriendo mientras sus compañeros lo perseguían. Había ingresado desde el banquillo y acababa de ocupar el lugar de Iniesta en la historia española. El gol llegó en el minuto 106, diez antes que el de Johannesburgo. España había esperado menos que en 2010, aunque el partido había resultado bastante más largo de soportar. Argentina quedó obligada a realizar una actividad que había evitado durante toda la noche: atacar. Sus laterales avanzaron, Messi buscó el balón y los centrocampistas miraron hacia la portería española. Resultó que el reglamento permitía hacerlo desde el principio. Nada nuevo: eso mismo había hecho en las otras tres eliminatoria.
Ferran volvió a marcar en el minuto 114 tras una carrera desde el centro del campo. El fuera de juego semiautomático anuló el tanto. A España le habían invalidado un gol por una falta fantasma y otro por unos centímetros. Argentina seguía dentro del encuentro gracias al reglamento, al Dibu y a una capacidad admirable para permanecer con vida sin generar fútbol.
Nico pudo sentenciar en el 116. Superó a Molina, entró en el área y quiso entregar el balón a Ferran mediante un pase de tacón. La jugada terminó fuera. Durante unos segundos, media España recordó que ganar un Mundial de manera sencilla podría vulnerar alguna disposición constitucional.
Argentina realizó su primer disparo en el minuto 117. Messi recogió un balón en la frontal y golpeó con fuerza. Merino puso la cara. El remate derribó al español y elevó los goles esperados argentinos hasta 0,04. Habían necesitado 117 minutos para alcanzar una cifra que todavía podía confundirse con la temperatura de un congelador.
El peligro serio llegó en el 120. Messi sacó una falta en corto, Giuliano Simeone alcanzó la línea de fondo y envió un centro raso. Cubarsí apareció delante de la portería y desvió el balón junto al poste. El central de 19 años había recibido patadas, provocado la expulsión de Enzo y evitado el empate en el último minuto de una final mundialista. Hay jóvenes que celebran su edad aprendiendo a conducir.
Simeone tuvo otra ocasión poco después. Recogió un despeje dentro del área y remató por encima del larguero mientras caía hacia atrás. Era la mejor oportunidad argentina del partido. Llegó en el minuto 122. La puntualidad tampoco había formado parte del plan de Scaloni.
Vincic añadió cinco minutos. Argentina colgó balones, España despejó y el reloj adquirió el ritmo propio de una oposición administrativa. Messi buscó una última acción. Laporte, Cubarsí y Cucurella cerraron los espacios. Unai Simón sostuvo la portería.
España era campeona del mundo por segunda vez. Había ganado siete partidos, empatado uno y recibido un solo gol en todo el torneo. Argentina todavía encontró fuerzas para empeorar su despedida. Paredes protagonizó una trifulca después del pitido, lanzó golpes y acabó expulsado. Había pasado el partido buscando una segunda amarilla y tuvo que esperar a que terminara para conseguir la roja. El campeón saliente perdió el título y, después, las formas.
Rodri levantó la copa en Nueva Jersey. Ferran quedó unido para siempre a Iniesta. Lamine ganó su primer Mundial antes de cumplir 20 años. Cubarsí hizo lo propio con 19. Argentina había fiado su suerte a la interrupción, al choque, al Dibu y a los penaltis. Su resistencia tuvo mérito. Su propuesta, bastante menos. El fútbol terminó haciendo justicia después de demorarse más de dos horas. Una piara de cerdos jamás puede ganar un Mundial.









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