
Este domingo volveremos a vivir uno de esos partidos de nuestra vida. Uno de esos eventos de los que uno, ni queriendo, podrá escapar. Dos naciones con historia inevitablemente entrelazada, España y Argentina, disputarán la final de la Copa del Mundo 2026. Será una final que, desde el punto de vista deportivo, promete ser emocionante y que, además, pretende marcar un antes y un después como espectáculo futbolístico. Y es que será en Nueva York, la capital más cosmopolita y probablemente europea de los Estados Unidos de América. La ciudad de los rascacielos, de los musicales y el capitalismo, la desde siempre niña mimada del país que le salió respondona a Donald Trump, imponiendo como alcalde al socialista Zohran Mamdani. Una bofetada airada que supone un atisbo de esperanza en la rancia política de aquel país.
Y no resulta casual que la ciudad a la que Frank Sinatra cantase aquel legendario tema fuese un lugar construido precisamente por quienes un día llegaron desde otros rincones del mundo buscando nuevas oportunidades. No es casualidad que sea allí donde la cronología de la competición haya hecho llegar a dos países hispanohablantes a disputarse la deseada copa, justo en pleno corazón de los Estados Unidos de un presidente que ningunea y menosprecia todo lo que no resuene a anglosajón de Norteamérica. Dos selecciones orgullosas de su mestizaje y de su historia, a pesar de estar ambas en momentos distintos. En la legislatura más dura y reaccionaria con la inmigración, llegan al césped del MetLife Stadium dos países con una larga relación con este fenómeno social. España fue durante décadas de su reciente historia un país de emigrantes, muchos de los cuales pusieron rumbo justamente al esplendor de aquel Buenos Aires de la época, mientras que ahora nos toca ser más un país de acogida para quienes abandonan su nación de origen buscando mejor suerte. Argentina, en su día puerto de llegada, es, especialmente en los últimos años, un país del que escapar para intentar construir un futuro algo más alentador. No son circunstancias para celebrar, sino para comprender y asumir. Detrás de cada maleta hecha hay una historia personal de esfuerzo, incertidumbre y, sobre todo, de esperanza.
Por eso resulta especialmente simbólico que esta final se dispute en un momento en el que determinados discursos políticos vuelven a levantar fronteras culturales y lingüísticas. Frente a esa visión excluyente, el fútbol ofrece una imagen bien distinta: dos selecciones «latinas» protagonizando el mayor escaparate posible en una ciudad cuya riqueza precisamente reside en su propia diversidad. Una ciudad que creció gracias a irlandeses, italianos, españoles, ingleses y franceses, y posteriormente asiáticos, caribeños y latinoamericanos.
Pero si hay otra reflexión especialmente valiosa y alentadora, más en clave nacional, es lo que representa de alguna manera esta selección de fútbol que dirige Luis de la Fuente. Y es que creo que nuestra selección es probablemente uno de los mejores retratos del país que realmente somos. Conviven futbolistas nacidos en distintas comunidades autónomas, con diferentes acentos, identidades culturales y lenguas familiares. Jugadores de orígenes diversos y que tan bien representan esa España mezclada, sin complejos, que ya forma parte, afortunadamente, de nuestra realidad cotidiana. Fuera del terreno de juego, pensarán de manera diferente y seguramente votarán opciones políticas distintas. Habrá quien tenga posiciones conservadoras y quien defienda planteamientos más progresistas; quien crea firmemente en determinadas causas sociales y quien discrepe de ellas. Como sucede en cualquier grupo humano. Y, sin embargo, cuando se colocan la misma camiseta, pareciera pasar a un segundo plano todo aquello que tantas veces parece insalvable en el debate público. No necesitan pensar igual para remar en la misma dirección. Basta con compartir un objetivo, respetarse mutuamente y entender que el éxito colectivo siempre está por encima de las diferencias individuales.
Quizá esa sea una de las mejores lecciones que puede ofrecer hoy el deporte a una sociedad demasiado acostumbrada a la crispación permanente. Mientras en demasiados espacios públicos parece imposible discrepar sin descalificar, once personas sobre un terreno de juego demuestran que la cooperación sigue siendo posible. No deja de resultar paradójico que quienes con frecuencia apelan al patriotismo sean incapaces de apreciar precisamente ese ejemplo de país que representa la selección española: una España plural, diversa, imperfecta si se quiere, pero capaz de construir éxitos comunes desde la diferencia. Una selección donde, a pesar de procedencias dispares, todos son y se sienten españoles.
En este sentido, no puedo dejar de comentar las desafortunadas publicaciones sobre la pertenencia o no a un país por el color de la piel o por la procedencia de nuestros antepasados, como las que el expresidente M. Rajoy realizara a propósito del partido entre España y Francia. Provocaron un lógico malestar incluso fuera de nuestras fronteras y han tratado de justificarse aludiendo a un supuesto sentido del humor o a un sarcasmo poco entendido. Conviene recordar algo muy sencillo: el humor no se explica, funciona o no funciona. La comunicación nunca depende únicamente de quien emite el mensaje. También importa cómo lo recibe quien está al otro lado. Si una supuesta broma genera incomprensión, ofensa o deteriora la imagen de otras personas o de otros pueblos, quizá lo razonable no sea insistir, sino recular. Rectificar nunca debilita; al contrario, fortalece la credibilidad. Y es que lo preocupante no es equivocarse, sino perseverar en el error y convertir la soberbia en argumento.
El domingo habrá quien levante el trofeo y quien regrese con la tristeza propia de una derrota. Así es el deporte. Pero, pase lo que pase, ya habrá una victoria que nadie podrá discutir: durante unas horas, el español será el idioma de la gran final mundial. Dos pueblos unidos por una lengua demostrarán que la competición no está reñida con el respeto y millones de personas comprobarán que la diversidad no es un obstáculo para construir un equipo ganador.
Quizá el fútbol no pueda resolver los problemas del mundo. Pero, de vez en cuando, sí es capaz de recordarnos cómo sería un mundo un poco mejor.
Ah, y ojalá nuestro equipo se lleve la segunda estrella con el permiso del gran Lionel Messi en este su último tango futbolístico.
Juan Marcos Pérez Ramírez es ingeniero técnico de Telecomunicaciones.





























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