
Excmo. y Rvdmo. Mons. Luis Argüello, la ética de la coherencia: antes de señalar fuera, mirar dentro.
Las recientes palabras del presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, afirmando que «cuando un Estado olvida la ética se convierte en una banda de ladrones», una conocida cita de san Agustín, han provocado un intenso debate público. Más allá de la polémica política y de las aclaraciones posteriores sobre el destinatario de sus palabras, la reflexión plantea una pregunta mucho más profunda: ¿quién puede hablar de ética sin comenzar por examinar su propia conciencia?
Como cristiano o simplemente como ciudadano que cree en la dignidad humana, comparto la convicción de que la política necesita una profunda regeneración ética. La corrupción, la mentira, el enfrentamiento permanente y la utilización del poder para intereses particulares son incompatibles con el bien común. En eso, el Evangelio es claro y la Iglesia tiene todo el derecho a alzar la voz.
Pero ese mismo Evangelio recuerda que la autoridad moral nunca nace de señalar únicamente los errores ajenos.
Jesús fue especialmente duro con quienes utilizaban la religión para juzgar a los demás mientras olvidaban sus propias responsabilidades. « ¿Por qué miras la mota que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en el tuyo?» (Mateo 7, 3-5). No era una invitación al silencio, sino a la coherencia.
La Iglesia ha pedido perdón por los abusos sexuales cometidos por miembros del clero. Ese paso era necesario, pero el dolor de miles de víctimas exige algo más que palabras: verdad, justicia, reparación y una colaboración plena con las autoridades. La credibilidad no se recupera con discursos sino con hechos.
Resulta inevitable recordar otra frase de Jesús: «Dejad que los niños vengan a mí» (Marcos 10,14). Y aún más contundente: «Al que escandalice a uno de estos pequeños, más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar» (Marcos 9,42). Son probablemente las palabras más duras pronunciadas por Cristo y muestran dónde situó siempre la prioridad: en la protección de los más vulnerables.
También sorprenden algunas afirmaciones realizadas durante esa misma intervención sobre las leyes relacionadas con la diversidad afectivo-sexual y de género. Las personas LGTBI no son una amenaza para la sociedad. Son ciudadanos con la misma dignidad, los mismos derechos y el mismo deseo de vivir con libertad y respeto.
El Evangelio nunca preguntó a nadie por su orientación sexual antes de ofrecer misericordia. Jesús se acercó a quienes eran rechazados por la sociedad. Comió con los pecadores, habló con los marginados, tocó a los leprosos y defendió a quienes otros condenaban.
«Amaos unos a otros como yo os he amado» (Juan 13,34) sigue siendo el centro del cristianismo.
Hace apenas unas semanas, durante su visita a España, el papa León XIV dejó un mensaje que muchos creyentes recibieron como una llamada a recuperar lo esencial: una Iglesia cercana, humilde, capaz de escuchar antes que condenar, de tender puentes antes que levantar muros y de poner siempre en el centro a las personas, especialmente a los más vulnerables. Su presencia recordó que la misión de la Iglesia no consiste en alimentar la confrontación política, sino en ser signo de esperanza, encuentro y reconciliación.
Quizá ese sea también el mejor camino para la Iglesia española.
Cuando se habla de ética pública, la exigencia debe alcanzar a todos: a los gobiernos, a los partidos, a los medios de comunicación, a las empresas y también a la propia Iglesia. Nadie puede pedir ejemplaridad sin estar dispuesto a practicarla.
San Pablo escribió: «Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre... todos sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3,28). Es una invitación a reconocer la dignidad de toda persona sin excepción.
La sociedad necesita referentes morales. Pero esos referentes no se construyen desde la superioridad, sino desde la humildad. No desde la condena, sino desde el servicio. No desde la confrontación, sino desde la verdad.
Porque la ética cristiana comienza siempre por una pregunta dirigida a uno mismo antes que a los demás.
Y quizá esa sea la lección más actual del Evangelio: quien quiera iluminar la conciencia del mundo debe empezar dejando que esa luz entre primero en su propia casa.
Pedro Lorenzo Rodríguez Reyes es integrador social, técnico en Gerontología Social por la Universidad de León y director del CAMP El Tablero.





























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