
Cada 6 de julio, el Día Mundial del Desarrollo Rural nos invita a volver la mirada hacia aquellos territorios donde el tiempo parece discurrir a otro ritmo. Allí donde la tierra conserva todavía el olor de la lluvia, donde el amanecer sigue marcando el inicio de la jornada y donde el trabajo no entiende de prisas, sino de constancia. En una época dominada por la inmediatez y la concentración urbana, el mundo rural representa mucho más que un espacio geográfico: es una forma de entender la vida, una cultura y una garantía de futuro.
Gran Canaria conoce bien esa realidad. Durante décadas contempló cómo muchas de sus tierras quedaban abandonadas, cómo el relevo generacional se debilitaba y cómo la economía insular giraba casi exclusivamente alrededor del turismo. Parecía que el campo estaba condenado a convertirse en un paisaje para ser admirado desde la distancia, despojado de su función productiva y de su protagonismo social.
Sin embargo, en los últimos años ha comenzado a escribirse una historia diferente. No una historia de milagros, sino de planificación, de perseverancia y de políticas públicas capaces de comprender que la agricultura, la ganadería y la pesca no pertenecen al pasado, sino que constituyen uno de los pilares sobre los que debe construirse una isla más resiliente, más sostenible y con mayor capacidad para alimentar a su población.
En ese proceso ha desempeñado un papel determinante la Consejería de Sector Primario, Soberanía Alimentaria y Seguridad Hídrica del Cabildo de Gran Canaria. El Plan Estratégico del Sector Primario supuso un verdadero cambio de paradigma al situar la soberanía alimentaria en el centro de la planificación insular. Producir alimentos dejó de entenderse únicamente como una actividad económica para convertirse también en una herramienta de protección del territorio, generación de empleo, recuperación de suelos agrícolas, fortalecimiento de las explotaciones familiares y garantía de relevo generacional.
Los resultados comienzan a ser visibles. La modernización de las explotaciones, el impulso a la innovación, la formación, el asesoramiento técnico y el apoyo continuado a agricultores, ganaderos y pescadores han permitido recuperar la autoestima de un sector que durante demasiado tiempo fue considerado residual.
Pero si existe un desafío que resume el presente y el futuro del desarrollo rural en Gran Canaria es el agua. En una isla sometida a una creciente escasez hídrica y a los efectos del cambio climático, garantizar agua para el riego significa garantizar la continuidad de la actividad agrícola. La ampliación de las redes de riego y el aprovechamiento de aguas regeneradas permiten recuperar tierras abandonadas, ofrecer seguridad a quienes desean incorporarse al sector y asegurar la viabilidad de cultivos que hoy necesitan apoyos hídricos para mantener su calidad y productividad.
Hablar de desarrollo rural es hablar también de paisaje. Cada bancal recuperado evita la erosión; cada finca cultivada reduce el riesgo de incendios; cada rebaño que vuelve a pastar conserva ecosistemas únicos; cada embarcación de pesca artesanal que regresa a puerto fortalece la economía de proximidad. El sector primario produce alimentos, pero también biodiversidad, identidad, cultura y cohesión territorial.
Sin embargo, todo ese esfuerzo corre el riesgo de debilitarse si desaparecen los instrumentos que permiten compensar las desventajas estructurales que soporta Canarias. Por eso, hablar de desarrollo rural obliga también a hablar del Programa de Opciones Específicas por la Lejanía y la Insularidad, el POSEI.
Defender el POSEI no significa únicamente proteger una línea de ayudas. Significa defender el derecho de Canarias a seguir produciendo alimentos, manteniendo población en el medio rural y preservando un paisaje construido durante siglos por generaciones de hombres y mujeres que hicieron posible la vida en unas islas marcadas por la lejanía, la fragmentación territorial y la escasez de recursos.
Desde una perspectiva de justicia social, el POSEI no constituye un privilegio. Responde al reconocimiento que la propia Unión Europea realiza de las singularidades de las regiones ultraperiféricas. La insularidad, la distancia respecto al continente, la limitación del suelo agrícola y los elevados costes del transporte generan desigualdades permanentes que solo pueden corregirse mediante políticas específicas.
Como enseñó Aristóteles, la justicia consiste en tratar igual a los iguales y desigual a los desiguales, en proporción a sus diferencias. Aplicar idénticas reglas a territorios con condiciones profundamente distintas no genera igualdad, sino nuevas desigualdades. Diluir el POSEI dentro de mecanismos generales de financiación significaría ignorar esa realidad y debilitar la capacidad productiva de Canarias.
La soberanía alimentaria no es un concepto ideológico; es una necesidad estratégica. Un territorio incapaz de producir una parte significativa de los alimentos que consume se vuelve más vulnerable frente a las crisis económicas, energéticas o geopolíticas. Canarias ya depende en gran medida del exterior para abastecerse. Debilitar el sector primario supondría aumentar aún más esa dependencia.
Pero existe otro patrimonio que el POSEI protege y que rara vez aparece reflejado en las estadísticas. Cada viñedo, cada explotación ganadera, cada finca cultivada y cada barco pesquero mantienen vivo un paisaje que constituye una parte esencial de nuestra identidad. No existirían muchos de los espacios que hoy admiramos si alguien no hubiera decidido permanecer en la tierra, cultivar las laderas, cuidar los bancales o salir cada madrugada a faenar.
Defender el desarrollo rural significa también ofrecer oportunidades a las nuevas generaciones. Significa que un joven pueda elegir libremente quedarse en el campo porque encuentra condiciones dignas para desarrollar su proyecto de vida. Significa que el conocimiento heredado dialogue con la innovación tecnológica. Significa demostrar que tradición y modernidad no son conceptos enfrentados, sino aliados.
Resulta esperanzador comprobar que, ante las amenazas que se ciernen sobre el sector primario, personas agricultoras, ganaderas, pescadoras, cooperativas, industria agroalimentaria y organizaciones profesionales han sabido dejar a un lado sus diferencias para defender un objetivo común. Esa unidad constituye una lección para toda la sociedad canaria.
En este Día Mundial del Desarrollo Rural conviene recordar que cuidar el campo y el mar equivale a cuidar nuestro futuro. Gran Canaria ha demostrado que cuando existe planificación estratégica, inversión pública y compromiso político, el desarrollo rural deja de ser un discurso para convertirse en una realidad tangible. Pero ese esfuerzo necesita también herramientas estables como el POSEI, porque ninguna estrategia puede consolidarse si se debilitan los mecanismos que garantizan la viabilidad económica de quienes producen nuestros alimentos.
Sembrar, regar, criar ganado o faenar en nuestras costas no son únicamente actividades económicas. Son actos cotidianos de resistencia, de dignidad y de compromiso con esta tierra. Defender el desarrollo rural es defender la soberanía alimentaria; defender la soberanía alimentaria es defender el paisaje; y defender el paisaje es, en definitiva, defender Canarias.
Porque un pueblo que abandona su campo termina perdiendo una parte de sí mismo. Y Canarias no puede permitirse renunciar ni a la tierra que la alimenta, ni al mar que la sostiene, ni a las personas que, con su trabajo diario, siguen haciendo posible que estas islas tengan futuro.
Diego Fernando Ojeda Ramos fue concejal del Ayuntamiento de Telde y actualmente es asesor en la Consejería del sector Primario, Soberanía Alimentaria y Seguridad Hídrica del Cabildo Insular de Gran Canaria.









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