
Dedicado a Raquel Espiño Placeres, lectora que disfruta como nadie del placer de tantas historias compartidas.
“La mañana del 4 de octubre, Gregorio no recordaba bien si la imagen difusa de aquella época era cosa de la sequía o del paño mágico con que remienda el recuerdo los rotos del olvido”.
Un centenar de páginas leídas de “Juegos de la edad tardía” y en ellas el escritor nos acerca no una vida sino decenas de ellas, interesantes personajes tamizados por la escalofriante cordura y la cándida simplicidad de Gregorio, personaje principal que esconde una profunda -sé que es esta una rápida y atrevida definición-, complejidad larvada en su niñez de huérfano, alimentada luego con la vida transcurrida desde el kiosko de su tío y sostenida ya, para siempre, como impronta personal hasta su desenlace.
Pocas páginas había leído cuando acudieron a mi mente dos novelas ejemplares, dos fenómenos literarios sin parangón, según los limitados criterios de éste aprendiz que les escribe: El Quijote y el Lazarillo de Tormes.
¿Acaso será un guiño tuyo, admirado Luis, a tan soberbias obras? De ser así, en nada desmerece su trabajo a la trama argumental y a la descripción física y sicológica de los personajes presentes en tan grandes obras literarias.
Con su lectura, no es difícil comprender que en 1990 recibiera el Premio Nacional de Narrativa y el Premio de la Crítica de narrativa castellana.
Ya la primera línea de la novela era una invitación a despertarse con el personaje, a curiosear en su vida, una vida novelada que, por cien años más que viva, sé que jamás llegaré a escribir.
“La mañana del 4 de octubre, Gregorio Olías se levantó más temprano de los habitual.”
Confieso que mi encuentro con el escritor Luis Landero fue una mera casualidad. Lo confieso, es cierto, como lo fue mi encuentro con Álvaro Pombo en la biblioteca Pública de Lugo en la avenida Ramón Ferreiro y que lo he relatado a ustedes en el artículo: “Cien vidas viviera” de fecha 8 de diciembre de 2024, tanto en Galicia Digital como en Teldeactualidad.
Pera la vida es así, disponemos de una, y en ese período tan corto de tiempo, te sorprende con multitud de dádivas que a veces evitamos, sin saber que aquellas que se encuentra sobre el expositor con formato de libro esconden puertas mágicas, entradas abiertas a mundos donde la vida se transforma en placeres insospechados, conocimientos sorprendentes, vivencias y emociones que no se pueden expresar con palabras. Son, sin lugar a dudas, invitaciones a lugares donde la imaginación de otras personas, escritores, se manifiesta desbordándose de tal modo y con tan estudiada disciplina y creatividad que son capaces de llenarte de alegría desbordante y provocar carcajadas sin cuento o bien, encoger tu corazón, reclamar al máximo tu atención y mantenerte en vilo hasta el desenlace final, momento en que, muchas veces, ni siquiera serás capaz de abandonar el mundo novelado que acabas de dejar.
Y esto me sucedió con la primera obra que leí de este autor pacense, “El guitarrista”.
La novela, orquestada alrededor de un personaje que jamás se encuentra maduro para ser escritor aunque siempre ha creído ser escritor, acabará sucumbiendo a las ilusiones y quimeras de un primo carnal. Soñará entonces con ser guitarrista o, al menos, así se lo hacen creer los personajes que le rodean.
Hay amor velado, y hay enredo, hay pasión manifiesta y desdén continuo. Hay engaños de vidas sin saber de tales engaños, pero sobre todo hay maestría en la narrativa de Luis Landero.
Surge de pronto el momento, improvisado por supuesto, abocado al fracaso sin duda alguna, de formar parte de una troupe, de una farándula ambulante y la pluma magistral de Luis landero nos llevará sin descanso de una escena hilarante a la siguiente. La risa imprevista está a punto de llegar, todo presagia el divertido desastre que se está forjando, desastre donde cada personaje lo vivirá a su manera, como un barco a punto de hundirse donde todos son naúfragos donde cada uno de los personajes: títeres, humoristas, cantantes, músicos arrastran sus propios naufragios y entonces, venciendo las tristezas y las reflexiones a que hubiere lugar, te sorprenden las carcajadas, las risas histéricas que no te permiten parar.
Y en eso, también en eso, Luis Landero es un maestro. Pero también lo es del suspense, pero no del suspense de una novela negra barata, sin enjundia, sin más fondo ni desarrollo que la sucesión de hechos encadenados insulsos, sin contenido, vacíos, huecos. No estimado lector, su prosa es profunda y exquisita. No necesita de muertos ni tiros, ni escenas tórridas de sexo o violencia gratuita. Necesita sólo observar el interior de cada uno de sus personajes y transmitirlos del modo en que los concibe y así el lector se siente parte de la novela y se transforma en el personaje de El Niño Triste, aunque su nombre verdadero sea Emil o Emilio.
“Yo iba y venía y pensaba en aquellas vidas que se habían mezclado con la mía en los últimos tiempos y que luego habían seguido su rumbo, ajenas ya a mí, cada una en busca de su reino prometido o perdido, formando una maraña de afanes cuyo sentido yo no alcanzaba a comprender”.
Ayer he devuelto la novela “El guitarrista”, de donde he tomado prestado este párrafo que define la búsqueda permanente, el afán pretendido por todos sus personajes, a la Biblioteca Provincial de las Palmas de Gran Canaria. Hoy estoy inmerso en la lectura de “Juegos de la edad tardía”. Confieso que soy asiduo a la librería que la Obra Social de Cáritas tiene en el barrio fundacional de Vegueta y he adquirido otra novela de Luis Landero “Caballeros de fortuna”.
La destreza narrativa de Luis Landero para que sus personajes sean reales y pasen a formar parte, durante la lectura, de nuestro espacio emocional es extraordinaria. Luciano es mucho más que un hijo fruto de la santidad y Amalia es mucho más que una simple maestra de escuela. Belmiro, don Julio, Esteban son personajes que amalgaman una historia compleja en un principio pero con una coherencia tan brutal que conduce al destino previsto por Landero. Traca final que supuso para mí un guiño a la “Crónica de una muerte anunciada” del laureado Nobel, García Márquez.
“Se acordó entonces de la oruga, de la brizna de hierba, de la falda estampada, del viento, de los libros: los evocó con una nostalgia inconsolable de paraíso perdido…”
La última obra que tengo en mis manos la adquirí hace pocas unas semanas, en la Feria del Libro de Lugo, Feria que coincide con la celebración del Día das Letras galegas. Su título: Coloquio de invierno, la obra más reciente del magistral Luis Landero.
Tras su lectura recordé las palabras del librero lucense cuando me vió llegar, tardío y afanado, en busca de la obra del escritor. Recuerdo que estaban ya recogiendo toda la obra literaria expuesta. Terminada la Feria, las furgonas y transportes de mudanzas se daban prisa en vaciar los expositores y recoger las cajas.
Dolorosas vicisitudes familiares no me permitieron acudir con tiempo, como deseaba, sino acercarme al término a sabiendas de que era posible que todo hubiera sido desmantelado ya. La Plaza Mayor de Lugo precisa de esta eficiencia en el montaje y desmontaje de eventos, una vez que es el corazón de la ciudad y los actos se suceden a lo largo del año.
Y allí permanecía el último librero, empaquetando con parsimonia y estudiada eficiencia todo el material expuesto.
Y en el expositor aún sin recoger se encontraba el libro de Luis Landero. Lo cogí, lo olfateé como me gusta hacer con la obra nueva de cualquier autor y de la mía propia. Es un placer al que me rindo una y otra vez. En este acto se encierra la pasión de tantos artífices de la obra. No sólo está el escritor sino el editor, el enmaquetador, el ilustrador, la materia prima, las tintas, el cosido o el pegado… ¡tantas entrañables referencias con una simple aspiración de olores!
⁃ Por favor, ¿me cobra?
⁃ La última venta de la Feria -manifestó sonriendo.
⁃ La última obra de Luis Landero -repliqué yo-. Un escritor extraordinario.
⁃ Le diré una cosa -me confesó-. La obra de Luis Landero o gusta o no gusta. No hay medias tintas. Hay defensores acérrimos de ella, como usted y personas que no le encuentran el placer que usted siente.
Sonreí. Yo era uno de los que leer a Luis Landero me producía un placer inmenso y con ello me sentía satisfecho.
⁃ Gracias -me despedí-. ¿Qué tal la feria?
⁃ Mucho trabajo, pero la mayoría de los libreros marchamos satisfechos.
Al llegar a casa y abrirlo, la solapa me presentó a alguien familiar, el rostro en blanco y negro de Luis Landero. Familiar porque su literatura forma ya parte de mi espacio emocional más íntimo, más personal.
Y una vez más su narrativa me transportó a estados emocionales diversos que me permitieron soñar, reir a carcajadas, sobrecogerme ante los límites o no límites de la realidad humana, embarcarme, ¡cómo no!, en las historias de diversos personajes que se manifiestan locuaces y sinceros en un encierro accidental y obligado.
¿Un guiño a la obra “el Decamerón” de Giovanni Bocaccio? Yo, como lector así lo creo. Y si el resultado final es una obra tan admirable, aventajado es Luis Landero, pues de alumno se ha convertido en un verdadero maestro.
Reconozco que soy fiel a este escritor. Los verdaderos maestros que llegan a mi corazón no son tantos. Hay mucha paja en el mundo literario y, a pesar del placer que me provoca seguir escribiendo, soy consciente de mis limitaciones.
Sé que tras la lectura del este artículo muchos de ustedes convertirán a Luis Landero en un escritor de obligada lectura. En las puertas de un verano que se presenta tórrido, disfruten con su lectura. Sólo puedo prometerles una excelente narrativa y, como nota personal que me atrapa a la hora de ejercitar una lectura pausada, les sugiero el placer sensorial que provoca en la vista, el olfato y el paladar la degustación sosegada y consciente de un buen vino. No obstante, si para ustedes una buena limonada o una jarra de agua fresca les produce sensaciones tan placenteras como aquélla, sírvanse. ¡Feliz verano!
José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y la vida. Escritor y educador ambiental.































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