Hace unos días observé una escena habitual, pero no por ello menos extraña. A estas alturas, aún me asombra mi capacidad de sorprenderme por las reacciones y gestos humanos. Metida como estoy en mi caparazón, cuando salgo al mundo, este me parece cada vez más extraño y ajeno.
Me encontraba en la consulta de un dentista. Había llegado con media hora de antelación y la sala estaba vacía. Así que aproveché, como hago siempre, para sacar el libro de turno y comenzar a leer. Poco a poco fueron llegando nuevos pacientes: un hombre, dos mujeres, un anciano, una chica joven. Cada uno de ellos, nada más sentarse, extraía su móvil del bolso o del bolsillo; alguno lo traía ya en la mano, a modo de pulsera, para luego sumergirse en la pantalla. Pronto, una cacofonía de voces, gritos, risas y música, gente hablando de todo y de nada, comenzó a inundar la habitación.
Levanté la cabeza del libro y observé el panorama. Abducidos frente a la pantalla del móvil, nadie parecía preguntarse si molestaba al otro. Absortos en los TikTok, los Instagram, los tonos del teclado sin silenciar, la música de Quevedo..., todo formaba una cacofonía de voces y ruidos de la que nadie parecía percatarse.
Intenté decir algo, pero desistí. Miré por encima del hombro la pantalla de mi vecina de asiento. Pasaba el dedo con agilidad por la pantalla, scrolleando —¿se dice así?— con una rapidez asombrosa, sin detenerse más de medio segundo en aquellas imágenes frenéticas y chillonas, mientras tecleaba a la vez a velocidad de vértigo.
Intenté analizar la situación. ¿Es que nadie se daba cuenta de lo molesto que era el ruido? Estaba claro que a quien único molestaba era a mí. ¿Qué podía decir? Estaba en franca minoría. Pensé que no sería mal argumento alegar que yo había llegado primero, pero entonces me vería obligada a aceptar las tesis de Vox de «los nuestros, primero». Ni pensarlo.
Desistí del intento. No valía la pena. Cerré el libro, incapaz de concentrarme, y contemplé el panorama desolador que tenía frente a mí. Cada uno a lo suyo, incapaz de ver al otro, de pensar en el otro, de respetar el silencio del otro. El ruido se había impuesto como una ideología autoritaria y dominante, al estilo de Trump y sus tesis imperialistas sobre el mundo.
La rara era yo. La ley del todo vale se había impuesto. La tiranía de imponer a los demás lo que tú ves, cómo lo ves, lo que oyes, lo que sientes y hasta tus miserias se había convertido en una costumbre imperante, una mala costumbre, colofón del mal gusto que se ha extendido como una plaga por el planeta.
Ya no eran solo los jóvenes con su impertinencia; eran todos: hombres y mujeres, ancianos y niños, sometidos al influjo de las imágenes, a los cantos de sirena de un individualismo galopante. Teníamos en nuestras manos un arma, dispuestos a esgrimirla como una espada o una pistola frente al otro, impunemente, a la primera de cambio.
Está claro que cada vez soportamos menos el silencio. Tal vez porque estar en silencio, sin mirar a través del visillo de la casa de la vecina —llámese pantalla o redes—, supondría mirarnos hacia dentro y descubrir el terrible y profundo vacío al que no estamos dispuestos a asomarnos, no sea que nos devuelva una imagen deformada de aquello en lo que nos hemos convertido.
Tal vez todo sea más simple: cada quien tiene su manera de escapar de un mundo que se ha convertido en una ficción distópica y lo hace, simplemente, a través de las pantallas. Escapar y tener la falsa sensación de que estamos, precisamente, atentos al mundo, conectados, cuando en realidad ya hemos desconectado de la única realidad posible: la de carne y hueso, la del vecino o la persona que tienes a tu lado. Huir del miedo al silencio, a la soledad, esa que solo puede traernos la calma del pensamiento, ese Pepito Grillo al que hemos olvidado entre las redes y las ondas de un mar de basura y ruido.
Nieves Rodríguez Rivera es profesora de Lengua y Literatura y escritora.



























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.140