
Nací en el 71. Pertenezco a una generación que creció testigo de una España que intentaba salir de una larga noche. La democracia empezaba a abrir ventanas, pero la sombra de la dictadura seguía proyectándose alargada sobre nuestras cabezas. Poco a poco fue entrando la luz y el nuevo aire, en forma de libertades y de ilusión por construir un país en el que, por fin, cupiéramos todos y todas. Sin embargo, hubo puertas que tardaron bastante más en abrirse y, entre ellas, las que nos permitirían descubrir quiénes éramos realmente.
Siempre digo, no sin cierta sorna, que crecí sin saber que era gay. Y, aunque pueda parecer una contradicción, aquello tuvo ventajas e inconvenientes. Probablemente me libró del acoso que sufrieron algunas personas de mi generación en el colegio. Hoy es bullying lo que entonces simplemente era señalar a quien parecía diferente. Escapé de aquello porque ni siquiera reconocía en mí esa diferencia.
Pero esa misma ignorancia tuvo un precio. Mientras otras personas descubrían el amor, la atracción, las primeras mariposas en el estómago o los inevitables desengaños de la adolescencia, yo vivía todo aquello desde una especie de distancia que entonces no sabía explicar. No era que no sintiera, sino más bien que no entendía lo que sentía. Me perdí, de alguna manera, la oportunidad de descubrirme a mí mismo a través de los afectos y del deseo.
Nunca sentí una educación especialmente represiva en casa, tuve unos padres extraordinariamente abiertos para aquellos años. Sin embargo, todos éramos hijos e hijas de aquel tiempo. Incluso las familias más liberales respirábamos el mismo aire viciado de estereotipos y estigmatizaciones que el resto. Tampoco ayudaba que no existiesen referentes. Las pocas personas homosexuales visibles solían vivir entre la discreción y la burla.
Quienes daban un paso al frente quedaban reducidas muchas veces a caricaturas que la sociedad toleraba porque las consideraba anecdóticas o extravagantes, pero rara vez eran vistas con la misma normalidad o admiración. Sin espejos donde mirarte es muy difícil reconocerte.
Por eso fui construyendo argumentos que me ayudasen a convencerme a mí mismo. Era demasiado exigente, demasiado romántico o demasiado perfeccionista para enamorarme fácilmente. Me refugié en una especie de celibato autoimpuesto que justificaba la ausencia de relaciones. Con el tiempo entendí que aquello no era más que una forma de ordenar algo para lo que todavía no tenía palabras.
Quizá por eso empecé a escribir. Quizá por eso me refugié en el piano. Cuando una persona guarda durante demasiado tiempo emociones que no sabe expresar, acaba encontrando otros caminos para hacerlo. La literatura y la música se convirtieron durante años en el lenguaje de cosas que todavía no era capaz de verbalizar.
Y entonces aparecieron personas que nos fueron mostrando otras formas de vivir y de expresarnos. Almodóvar, Madonna, Bowie o Freddie Mercury abrieron senderos por los que transitar otras posibilidades, pero seguíamos observándolas desde fuera, admirándolas como espectadores. Nos costara reconocernos plenamente en ellos. Poco después el SIDA quiso recordarnos que ser libre podía costar caro y cierta ola de puritanismo volvió a teñirlo todo.
Hace algún tiempo descubrí una historia que me emocionó especialmente. Howard Ashman, el letrista de "La sirenita", víctima de esa terrible enfermedad, explicaba cómo cuando escribió junto a Alan Menken la canción "Part of Your World", en realidad estaba hablando también de sí mismo. De ese deseo de vivir libremente una vida que sentía propia y de la frustración de haberse enamorado perdidamente y en silencio de un amigo heterosexual. Desde el primer instante en que la oí en la gran pantalla, me atrapó esa canción, tal vez porque habla de una frustración, de un anhelo, del inexplicable deseo negado de formar parte de algo. Con los años entendí que aquello conectaba profundamente con mi propia existencia.
Y es que todo cambió cuando me enamoré de un amigo. Tenía 24 años y de pronto se removieron muchas de las certezas sobre las que había construido mi vida. Tal vez haberme mantenido en ese "voluntario" letargo fue lo que me hizo sentir de pronto ese amor al que cantan los poetas, el que pareciera hacerte perder el control y la capacidad de discernir. Al sismo emocional se sumaba el descubrimiento de que la imagen que había proyectado de mí mismo durante años, las expectativas que había dado por hechas y la forma en que imaginaba mi futuro eran todo un fraude. Todo dentro de mí, sin permitirme apenas fisuras por las que aligerar la carga, en silencio y en soledad hasta que un día vomité en forma de carta lo que tanto me torturaba y así se lo dije. Luego llegaría la frustración por no ser correspondido. Pero también la verdadera convicción de que ya nada sería como antes. Decidí lo que cualquiera de aquellos fatídicos personajes de Jane Eyre o las hermanas Brontë habrían hecho, alejarme de mi amigo para poder sobrevivir.
Con el tiempo he sabido que el "sacrificio" no estaba solamente en eso, sino en no compartir mi dolor abiertamente. En decidir que no debía contárselo a nadie porque eso supondría explicar primero quién era, algo que ni yo mismo aún asumía. Eso sí daba miedo. Probablemente fue uno de los momentos más difíciles que me ha tocado vivir, pero también uno de los más liberadores. Poco a poco fui encontrando la manera y las personas en las que refugiarme. Cada conversación, cada abrazo hacía que el peso fuera un poco menor. Sin embargo, también se abría un abismo bajo mis pies al darme cuenta de que necesitaba tejer un entorno que me permitiera vivir lo que hasta ese momento me había impedido. No eran tiempos de redes sociales y las posibilidades de encontrar personas con experiencias similares de manera fortuita eran poco probables.
Un día, ojeando el periódico, di con aquella página de contactos de La Provincia, donde muchos se escondían tras un número de buzón telefónico con la esperanza de encontrar algo tan sencillo como compañía, comprensión o afecto. "Chicos contacto chicos" y poco a poco fueron llegando las amistades, el dejar de estar solo y los espacios compartidos. Recuerdo especialmente aquellas interminables y empinadas escaleras del Miau, en Secretario Artiles. Subirlas por primera vez fue como atravesar una frontera invisible. Arriba no había nada extraordinario. Lo extraordinario era poder estar allí y no tener que fingir. Aprovecho para recordar desde aquí al mítico Paco quien nos dejó tristemente hace apenas unas semanas y mostrar mi gratitud porque sin saberlo ayudó a muchos a encontrar su sitio.
Hoy muchas personas jóvenes probablemente no entenderán esa sensación y me alegro de que sea así. Significa que algo ha cambiado para mejor. Precisamente por eso me preocupa escuchar determinados discursos que pretenden hacernos creer que todo está conseguido y que ya no hace falta reivindicar o festejar un Orgullo. Resulta llamativo escuchar ese mensaje precisamente de quienes nunca estuvieron al lado de las personas que lucharon para que hoy podamos vivir con mayor libertad. También de quienes siguen evitando posicionarse con claridad frente a las terribles terapias de conversión o frente a cualquier retroceso en materia de igualdad. Nos quieren convencer de que todo esto pertenece al pasado y de que los derechos conquistados son irreversibles.
Sin embargo, la historia demuestra justamente lo contrario. Los avances sociales nunca están garantizados para siempre. Lo vemos cuando se cuestionan las políticas de igualdad entre mujeres y hombres, cuando se intenta relativizar la importancia de la memoria democrática o cuando se minimizan otras formas de discriminación que siguen existiendo. Por eso sigue siendo necesario celebrar el 28J. No para afirmar que somos diferentes, sino para recordar que todas las personas tenemos derecho a vivir nuestras vidas en igualdad de condiciones. Lo celebramos para que nadie vuelva a crecer sin referentes, para que cualquier adolescente pueda enamorarse sin sentir que hay algo incorrecto en ello y para que ninguna persona tenga que esperar hasta los veinticuatro años para entender algo tan importante sobre sí misma. La libertad no consiste únicamente en poder amar a quien uno quiera. También consiste en poder descubrirlo a tiempo y vivirlo sin miedo. A esos que se suben a los púlpitos de oradores a hablar del "orgullo de ser maricón" mientras pactan políticas con la ultraderecha o se abstienen de votar por la defensa de nuestros derechos, les diría que menos folclore y más dignidad.
Resulta curioso que en el cuento de Andersen, Ariel pague con su voz el precio por poder formar parte de ese mundo que desea. No cuesta imaginar que el propio Ashman viese en la historia de la sirenita la analogía perfecta con la que expresar su mayor secreto. De alguna forma, como tantos otros y otras, él también debió esconder sus sentimientos. Ojalá que cuando volvamos a ver esa famosa escena de la película, la interpretemos como lo que es, el grito ahogado de otro más que quiere vivir libre y plenamente. Este domingo volvamos a blandir la bandera por él y por las muchas personas que siguen necesitando pedir perdón por ser quienes son. Tenemos la responsabilidad de seguir defendiendo lo conseguido y no permitir que nadie nos lo arrebate con eufemismos.
PD: Años después tuve la oportunidad de volver a encontrarme con aquel chico. Nunca agradeceré lo suficiente que fuera alguien tan buena gente como él quien me rompiera el corazón. Hoy seguimos siendo amigos.
Juan Marcos Pérez Ramírez es ingeniero técnico de Telecomunicaciones y dirigente vecinal de la playa de Ojos de Garza.










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