
En fechas recientes hemos escuchado afirmaciones según las cuales la lucha canaria se encuentra en un nivel de profesionalización equiparable al de los deportes modernos profesionales. Una valoración que, aunque pueda responder a un deseo legítimo de progreso, merece una reflexión ajustada a la realidad.
Es cierto que la lucha canaria ha experimentado avances importantes. La mejora de la preparación física, la incorporación de nuevas tecnologías, el aumento de las retransmisiones y el esfuerzo de clubes, federaciones y aficionados han contribuido a modernizar nuestro deporte y darle mayor visibilidad. Sin embargo, modernización no significa profesionalización.
Un deporte profesional dispone de contratos laborales, cobertura social, estabilidad económica y estructuras que permiten a los deportistas dedicarse plenamente a la competición. La realidad de la lucha canaria está todavía lejos de ese escenario.
La mayoría de los luchadores continúa compaginando entrenamientos y competiciones con sus obligaciones laborales. Muchos salen de trabajar y acuden directamente al terrero. Otros realizan desplazamientos y sacrificios personales sin recibir una compensación acorde al esfuerzo que realizan. Son ellos quienes sostienen día a día este deporte por compromiso, identidad y amor a una tradición centenaria.
Por eso, presentar la lucha canaria como una actividad prácticamente profesional puede generar una percepción equivocada y ocultar problemas que siguen presentes: dificultades económicas de numerosos clubes, desigualdades entre territorios, falta de relevo generacional en algunos lugares y una dependencia excesiva del voluntarismo de quienes mantienen viva esta disciplina.
Existe, además, una cuestión que no debe ignorarse. Cuando se transmite la idea de que la lucha canaria funciona bajo parámetros similares a los del deporte profesional, algunos deportistas pueden sentirse empujados a alcanzar niveles de rendimiento para los que no existen todavía las estructuras, recursos o garantías necesarias.
La experiencia demuestra que cuando aumenta la presión competitiva sin una profesionalización real detrás, aparecen riesgos que afectan tanto a la salud de los deportistas como a la propia integridad de la competición. Nadie debería olvidar que el juego limpio constituye uno de los pilares fundamentales de la lucha canaria.
No se trata de acusar a nadie, sino de recordar que los mensajes también tienen consecuencias. Confundir aspiraciones con realidades puede generar expectativas equivocadas y trasladar una imagen que no se corresponde con la situación actual de nuestro deporte.
La grandeza de la lucha canaria nunca ha estado en parecerse al fútbol ni a otros deportes de masas. Su fortaleza reside en sus raíces, en su identidad y en los valores de respeto, nobleza y compañerismo que han pasado de generación en generación. La lucha canaria debe seguir avanzando y aspirar a mejores condiciones para todos sus protagonistas. Pero ese camino debe construirse desde la honestidad y no desde el triunfalismo.
Porque aquello que hoy puede parecer útil para alcanzar un objetivo concreto, mañana puede convertirse en un grave perjuicio. Los atajos rara vez salen gratis. Lo que aparentemente ofrece una ventaja inmediata puede terminar afectando a la salud, a la reputación personal y al prestigio de nuestro deporte. Más que perseguir una profesionalización ficticia, debemos trabajar para fortalecer las bases reales de la lucha canaria, dignificar a quienes la practican y proteger los valores que siempre la han distinguido.
Solo así podremos garantizar que el futuro de nuestra lucha siga construyéndose sobre el esfuerzo, la honestidad y el respeto que han hecho de ella una de las señas de identidad más nobles de Canarias.
José Trujillo Artiles, exluchador.




























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