
La reciente eliminación de ejemplares vegetales en distintos espacios públicos de Telde ha reabierto el debate sobre la gestión del arbolado urbano y la conservación del patrimonio natural del municipio. El impacto visual provocado por las talas realizadas en la rotonda de El Roque y en el paseo marítimo de Melenara ha generado numerosas reacciones vecinales, sociales y políticas. Sobre esta cuestión reflexiona Antonio Santana Rivero en el siguiente artículo de opinión, en el que reivindica el valor ambiental, histórico y humano de los árboles y aprovecha para compartir una singular historia familiar vinculada a las propiedades curativas del cardón.
Un arboricidio en Telde
Antonio Santana Rivero,vecino de San Francisco y pregonero de última edición de las fiestas de este barrio histórico
Estos días los medios de comunicación, escrita y visual, vecinos, partidos políticos y población en general, se hacen eco de la tala masiva de árboles y plantas en los jardines inclinados de la Playa de Melenara y en la Rotonda de El Roque, al final de la Avenida del Cabildo.
La verdad es que, en uno y otro caso, el impacto visual ha sido bastante importante y unido a lo inesperado y falta de información, lo hacen aún más llamativo. Nos habíamos acostumbrado a su verde presencia arbórea que, ahora, si notamos su ausencia.
Cuando un árbol cae, por las circunstancias que sean, algo también cae en nuestra vida cotidiana, a fin de cuentas, es un ser vivo que, indefensos a nuestros deseos y necesidades, convive con nosotros y, nos dan todo de lo que son capaces, placidez visual, sombra, purificación del ambiente, refugio de innumerables especies y por último su propia estructura para diferentes usos y necesidades.
No creo que, por los Sres. responsables de Parques y Jardines o por la Empresa responsable de su cuidado y mantenimiento, su erradicación, haya sido fruto de un capricho o de hartazgo de su presencia. Puede que, la causas de tal decisión se deban a causas técnicas y necesarias, quizás lo que ha faltado es una información, primigenia, a la opinión pública.
El porte esbelto de los Cactus de la Rotonda de El Roque, merecían, cuando menos, una pequeña información de su estado y posibles afecciones, dado su volumen arbóreo, al tráfico o a las personas que por allí pasan. No obstante el silencio y su tala, han sido la callada respuesta de quienes deberían de haber previsto, cuando se plantaron, si era el lugar adecuado, dada las dimensiones del lugar elegido. No ha sido así, se ha dado paso la impermanencia.
Los Cactus talados, no son oriundos de estas ínsulas. El Cactus Canario conocido como el Cardón, (Euphorbia canariensis), familia Cactaceae, tampoco es oriundo de estas Islas y procede de las áridas tierras mejicanas, aunque aclimatado a estas volcánicas. Es de menos porte, de unos 2/4 mts. de altura y se amplía lateralmente con múltiples brotes junto a su tronco.
Es una planta milenaria que, ya usaban los antiguos “Canari,” su sabia, como adormecedor, en sus jornadas de pesca. En la medicina e industria moderna se ha usado, su látex, como analgésico, antiséptico, antiparasitario, insecticida, etc.
De sus beneficios y virtudes, puedo dar fe, por el testimonio verbal de un familiar muy directo, natural de Las Vegas de Valsequillo, allá a finales del Siglo XIX que, si me lo permiten, paso a relatar a continuación.
….. los años de sequias prolongadas y el aislamiento que se vivía en el interior de la Isla, motivaron que las jóvenes, cuando cumplieron los veinte y un años, se trasladaran a Telde, en busca de futuro y poder ayudar a la maltrecha economía familiar.
Encontraron, una habitación con derecho a cocina y, como se decía en aquel entonces, escusado, (WC), en la zona de El Cascajo, muy cerca del Barranco Real.
Al poco, le dieron trabajo, en la recogida de “La Cochinilla,” lo que les permitió vivir y ayudar a sus Padres en Valsequillo.
Varios años después, una de ellas, María de La Encarnación, empezó a tener fuertes dolores de cabeza que, a veces, le impedían acudir al trabajo. Visito en innumerables ocasiones a los médicos del pueblo y hasta curanderos de la época. Los remedios eran de lo más variado, lavarse la cabeza con agua de mar, ponerse paños de manzanilla en la zona dolorida, (la calmaban momentáneamente), abrigarse la cabeza para no coger sol, ungüentos, rezos, etc.
Una mañana, después de una noche sin dormir por el dolor, comprobó con asombro que, tenía manchada la almohada de un líquido entre sangre y un color amarillo verdoso. Le había reventado “la bichoca,” (lo que hoy conocemos por un divieso), que le había salido en la zona donde el dolor era más intenso.
Un médico, o eso decía ser, le diagnostico que, como trabajaba entre tuneras y a pesar de la protección del pañuelo y sombrero, una púa, se le había clavado en la raíz de un cabello. Le recomienda que, se cortara el cabello y afeitara la zona para podérsela extraer y así sanaría.
Fue a un barbero que, le corto el cabello y le afeito la zona y con un anteojo, (debió de ser una lupa), le dijo que, le había sacado la púa, aconsejándole que siguiese poniéndose paños de agua de manzanilla hasta el cierre total de la herida.
El remedio no dio resultado y, aunque volvió por si tenía más púas clavadas, la herida seguía agrandándose y el dolor, por momentos, se hacía insoportable. Había días que no podía levantarse de la cama.
Una persona que, también trabajaba en la cochinilla, le comento que había oído decir que, “la leche del Cardón” era muy buena para cerrar heridas, para ello tenía que, “descarnarse” la herida, (limpiarla a fondo), hasta que reventarse la sangre y luego aplicársela, con mucho cuidado, con los ojos y la boca pues era muy venenosa.
Nada tenía que perder con el nuevo remedio y si algo de esperanza. Aquella noche no pudo dormir nada por el intenso y continuo dolor, Según su hermana, paso la noche en un grito continuo.
Al amanecer, junto a su hermana, se dirigió al cercano Barranco de Los Ríos y, cuando esta le limpiaba la herida lo mejor que podía, percibía el mal olor que desde la misma emanaba.
Cortó un brazo, de un cercano Cardón y le aplico la sabia lechosa que de él goteaba, rellenándole totalmente, la profunda y amplia herida. El contacto con la herida, fue brutal, el dolor fue tan intenso que motivo la perdida de la razón, quedando inerte sobre los limpios cantos rodados del solitario lugar.
Su hermana, sola, sin saber qué hacer, con mil pensamientos de culpabilidad y remordimientos por la imprudencia. Creyéndola hasta muerta, solo acertó a quitarse el pañuelo de su cabeza y hundiéndolo en un charco cercano, refrescar a aquella desencajada y pálida cara, fruto del impacto brutal que produjo el contacto de la savia de él Cardón con la herida.
Nunca, supo el tiempo que estuvo en aquel estado de inconciencia, para su hermana una eternidad, con el estigma de la culpabilidad, como autora de aquella desgracia que pudo haber sido la solución. Esta, rezo é imploró, cuanto supo y pudo, mientras, en la soledad del lugar, seguía humedeciendo, el pálido rostro desfigurado por el dolor.
La naturaleza y la pureza de la sangre, obraron a su favor y despertó. Fue un despertar brusco, repentino, no dijo nada, solo un grito que fue ininteligible, ronco. Se irguió y corrió y corrió, en dirección a su humilde casa. Atrás dejo todo, pertenencias y a una asustada hermana que, en vano, la llamaba.
Cuando ésta la alcanzó, ya estaba acostada, adormilada, emitiendo un pequeño ronquido, no atendiendo a las preguntas que le hacía. Estaba en un estado de semiinconsciencia.
Pasaron las horas y pidió agua, aunque su estado seguía siendo casi inconsciente. En horas de la tarde, pidió algo de alimento líquido y volvió a entrar, ahora, en un profundo y reparador sueño que duro toda la noche.
A la mañana siguiente, el color de su semblante era más humano. Hablaba coherentemente y aunque decía que, el dolor seguía, éste, era más llevadero. Sin embargo decía que, en la herida algo se movía, era como si, “me están escarbando.”
Su hermana no le tocó la herida y observo que pudo dormir casi todo el día y, al final del mismo, pidió comer algo sólido, no obstante, la luz le molestaba y pidió estar en la más absoluta oscuridad.
Al segundo día, se levantó. Decía que, el dolor era más llevadero, aunque el hormigueo, en la herida seguía, algo continuaba moviéndose bajo el rudimentario apósito.
Desde el amanecer del tercer día, le comento a su hermana que, quería volver a aplicarse lo que, en principio parecía, un milagroso remedio.
En horas del mediodía, volvieron junto a aquel milagroso Cardón. El retirarle, su hermana, el apósito, la herida ya, casi, no supuraba y no daba el olor del primer día, lo que si notó, no sin asombro, que ésta era más gran y profunda. No le dijo nada, la limpió todo lo mejor que pudo con agua de manzanilla y la volvió a rellenar, la putrefacta herida, con la sabia sanadora. Esta vez, también, hubo una reacción dolorosa pero, ni la sombra de la del primer día.
Aquel día y siguientes, el hormigueo disminuía y, había momentos que, ni sentía el dolor. Se alimentaba y dormía, casi, con normalidad.
Pasaron unos cinco o seis días y, decidió, hacerse una última aplicación. Volvieron junto al Cardón milagroso y al descubrir la zona afectada, la recuperación era palpable, tenía aspecto de regeneración saludable. Era mucho más grande y profunda que, antes de aplicar el “natural tratamiento.” Cuando se le aplicó, por última vez, la “milagrosa sabia,” apenas noto dolor y el hormigueo había desaparecido. No hubo más aplicaciones, estaba totalmente curada.
Años después, recuperada física y mentalmente, contrajo matrimonio y creo a su propia familia.
Pasando los años volvió junto al milagroso arbusto y de sus esbeltas y rígidas ramas, tomó un pequeño retoño que, planto en la azotea de su casa familiar y cuido de por vida.
Muchos años más tarde, señalándome el vástago de la milagrosa planta, me decía que, “nunca he vuelto a tener molestias en la zona, ni tan siquiera tonturas,, (mareos y dolor de cabeza),” Por dos veces, que recuerde, quiso enseñarme la huella de la herida, que nunca cerró y decía que el hueso del cráneo lo tenía al descubierto, sin piel. Nunca quise comprobarlo pero tampoco lo puse en duda.
Un amanecer del mes de marzo de 1.964, después de haber cumplido los 100 años de vida, nueve partos, (dos dobles) y siete hijos vivos, iniciaba su Camino, hacia las Estrellas, atendiendo a, esa llamada ineludible que, reciben todos los seres vivos…..
Estimado Lector, por este caso real y, otros muchos que en el anonimato han quedado y quedan, protejamos y defendamos el “reino vegetal” que tantas Virtudes tiene y tantos Beneficios nos aportan.










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