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Jueves, 04 de Junio de 2026

Actualizada Jueves, 04 de Junio de 2026 a las 09:10:15 horas

Colaboración

Las Remudas en 1979: El futuro urbano que ya habitamos (y perdimos)

Reflexión de Domingo Rigüela, ciudadano de Telde y estudiante de Ciencias Ambientales

TELDEACTUALIDAD/Telde Jueves, 04 de Junio de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Jueves, 04 de Junio de 2026 a las 07:25:16 horas

A finales de los años setenta, el urbanismo a menudo se reducía a trazar líneas rectas para los coches y levantar bloques de hormigón con prisa. Sin embargo, cuando me mudé al barrio de Las Remudas en 1979, siendo apenas un niño, me encontré con una realidad completamente distinta. Viví mi infancia en un entorno que hoy, casi medio siglo después, la vanguardia del diseño urbano intenta replicar como el Santo Grial de la sostenibilidad. Es una paradoja fascinante: los criterios que hoy se venden como revolucionarios ya estaban inventados y funcionando en la periferia de Telde hace décadas. Y lo más relevante de todo: estábamos hablando de un barrio de promoción de vivienda pública.

 

El corazón de nuestra vida diaria era una gran rambla ajardinada, un parque que articulaba todo el entramado social. En ese espacio no mandaba el vehículo privado; mandaba el peatón. Sin saberlo, aquellos pisos sociales nos ofrecían lo que hoy las agendas europeas llaman caminabilidad: la capacidad de conectar vecindarios, comercios locales, centros de salud y locales sociales a pie, de forma segura, accesible y cohesionada. Todo ocurría en ese eje verde. Incluso la cultura tenía su espacio en un anfiteatro al aire libre que desafiaba la rigidez de los salones cerrados.

 

Pero si algo marcó mi memoria —y mi posterior sensibilidad hacia el entorno— fue la vegetación. En los días en que el calor apretaba, mis amigos y yo no buscábamos el refugio de un centro comercial ni el aire acondicionado; nuestro refugio eran los densos bosques de Thespesia populnea y los majestuosos palmerales de datileras que salpicaban el barrio. Bajo sus copas, la temperatura caía de golpe. Jugábamos protegidos por una densa masa arbórea que hoy los urbanistas modernos etiquetarían como refugios climáticos o minibosques urbanos.

 

De hecho, si analizamos el diseño original de Las Remudas con los ojos de la ciencia actual, descubrimos que la promoción pública de la época ya cumplía de forma estructura y natural con la famosa regla del 3-30-300. Esta norma, que hoy las grandes capitales ven casi imposible de alcanzar, dicta que todo ciudadano debería ver al menos 3 árboles desde su ventana, vivir en un barrio con un 30% de cobertura vegetal y tener un parque público a menos de 300 metros de su casa. En Las Remudas no solo teníamos el gran parque central a unos pasos; es que cada bloque de viviendas públicas estaba rodeado y abrazado por su propio jardín comunitario. La naturaleza no era un lujo privado ni un adorno lejano, era el derecho social e inmediato de cada familia que habitaba el barrio.

 

Es inevitable mirar atrás con una mezcla de orgullo y nostalgia, pero sobre todo con espíritu crítico. Si hace cerca de cincuenta años la administración pública fue capaz de diseñar viviendas sociales con una infraestructura verde tan potente, con espacios públicos capaces de mitigar el rigor térmico y tejer comunidad, ¿en qué momento perdimos el rumbo? ¿Por qué dejamos que el asfalto, la masificación y el coche ganaran la partida en las décadas posteriores?

 

La lección que nos deja el diseño original de Las Remudas es clara: el futuro del urbanismo no consiste en inventar la rueda, sino en recordar lo que hacíamos bien. Demuestra que la vivienda pública puede y debe ser el motor de las ciudades habitables. Renaturalizar el entorno, priorizar al peatón y mantener bosques densos en entornos urbanos no son modas pasajeras de laboratorios privados; son soluciones eficaces, humanas y de proximidad que la propia administración pública ya sabía ejecutar con éxito en 1979. Solo hace falta recuperar aquella voluntad política y esa sensibilidad territorial para volver a poner la dignidad del espacio común en el centro.

 

Domingo Rigüela Padrón es ciudadano de Telde y estudiante de Ciencias Ambientales.

 

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