
Quisiera enamorarme de ti en la hora previa a la que sale el sol. Cuando el amanecer aún es tibio, con un ligero celeste que apunta el horizonte a través de la ventana que cruza la habitación. Quisiera enamorarme de ti en esos compases antepuestos a los que el día se desperece y reine la luz, porque nue
stro amor, el que te profeso, cunde tiempo atrás y no precisa del imperio del sol para que el sentimiento, tan natural, tan incrustado, florezca por sí solo.
Y que entonces en esa alcoba que compartimos, en la que todavía la sombra de la noche asoma y solo retrocede poco a poco, sin que el bullicio de la calle tamborilee su presencia, darte un beso limpio, escueto y retirarme a unos centímetros para saborearlo con la sobriedad de la mirada compartida en ese instante, que mece entre el cariño y el respeto a algo que nos una por tanto tiempo que a la vez nos asombre por la dicha que contiene la vida.
Quisiera darte un beso en la frente, propinarte una caricia y entrelazar la mano en la cama en la que solo nos diste menos de medio metro, para comprender que la vida es poca cosa si se vive sin ti, sin amor, sin significado a la pequeño que resultamos.
Quisiera contemplarte con la sencillez de la desnuda luz que deja como herencia la retirada de la madrugada. Quisiera observarte, despierta o dormida, sabiendo que no hay despertador que clame presencia ni hábitos ni deberes pendientes que desgarren el sentir que me provocas. Quisiera escrutarte con la calma que irradia la placidez de las largas mañanas de agosto que sabes que saborearás en las próximas horas y que preconizan que en días tan prolongados todo será posible.
Me hubiera gustado coincidir. Que no operase ese capricho del destino que nos entrevió a ambos a mirarnos, mas con la pena de que hay sentimientos que el azar tapona y evitan su expansión hacia la vida. Hacia la rutina de los lunes, hacia el buzón a comprobar de regreso del trabajo y hacia la sabrosa desidia de las mañanas de los sábados en los que regrese a casa con un inesperado ramo de flores. Y no soy capaz de entender por qué tuve la fortuna de vislumbrarte en el itinerario de la cotidianeidad y, sin embargo, no acercarnos más en la coincidencia de los ritmos vitales para que el amor sea (aún) más amor, y la vida se consagre (del todo) al sentido de la vida.










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