Estos días me he reído mucho escuchando a los fachas más radicales y centralistas defendiendo al nacionalista Fernando Clavijo solo por el hecho de atizar al Gobierno de España presidido por Pedro Sánchez por la gestión impecable, según la Organización Mundial de la Salud y la Unión Europea, de la crisis del barco del hantativirus.
He visto también a irredentos insularistas grancanarios antichicharreros amparando a los representantes de la antigua ATI en el Gobierno regional y en el Cabildo de Tenerife con tal de disparar a la línea de flotación del gobierno de Pedro Sánchez.
Los patriotas de hojalata españoles siguen buscando tres pies al gato y deseando que haya más positivos del hantavirus para restregárselos en la cara a la ministra de Sanidad. Actúan como auténticos felones y lo curioso es que ese es el apelativo que le endilgan paradójica y falsamente al presidente de España.
La consejera de Sanidad de la Comunidad de Madrid, esa que se olvidó decir en el portal de transparencia que había estado trabajando para Quirón durante diecisiete años, estaba tan rabiosa que quiso descalificar a la ministra Mónica García diciendo que se licuaba delante del director general de la OMS.
La ministra le contestó que no hacía falta derretirse ante Tedros Adhsnom porque ella ya es miembro del comité ejecutivo de la OMS desde hace dos años, la única representante de España en los últimos 20 años. La consejera Fátima Matute cree, como el ladrón, que todos son de su condición. Touché.
Ayuso y sus mariachis han pasado del Malinche de Nacho Cano al berrinche por la cabreada reacción de los mexicanos a sus provocaciones de niña mimada y pizpireta. Esta sujeta fue a México llamando narco Estado al país y ensalzando la figura del conquistador pacense Hernán Cortés (de Monroy y Pizarro), que ha sido duramente criticado por la monarquía española, desde su coetáneo Carlos I de España y quinto de Alemania hasta el actual rey Felipe VI. La nueva derecha española ha perdido el norte y se ha enfrentado abiertamente a la monarquía y a la Iglesia, dos de sus pilares aliados durante siglos.
El emérito también hizo una autocrítica en su momento y pidió perdón por los abusos y las crueldades de la conquista española de América. Juan Carlos I lamentó profundamente en México (qué casualidad) en 1990 (hace 36 años) "los abusos cometidos contra los pueblos indígenas durante la conquista española" reconociendo que "se hicieron atropellos a pesar de los intentos de protección de la corona".
Los patriotas de hojalata se han quedado mudos y consideran traidores y felones a los reyes de España. Cómo ha cambiado el cuento. A ellos se ha unido el Papa actual y el anterior, el argentino Francisco, que algo sabía de la conquista española de América.
Ayuso es la Milei española, esa arrogante ridícula y maleducada que va a países de habla hispana a provocar y a insultar como la Madre Patria (o madrastra) a su hija patria. Malditos patriotas de hojalata. Váyanse al infierno si es que existe. La presidenta de la Comunidad se permitió corregir a México hasta en su ortografía. Auso prefiere la jota de joder a la X de xilófono y xenofobia,
El berrinche de Alicia en el País de las Maravillas hizo que la pobrecita soberbia se victimizara y anulara sus actos en México ante el delirio festivo de los nativos. Sin embargo la doña remoloneó en México y dijo que ya que estaba en la Riviera Maya aprovecharía esos días para tomar el sol y el mar (no MAR) que no tiene en Madrid (vaya, vaya, aquí no hay playa) aunque la sede de la Presidencia esté precisamente en la Puerta del Sol.
Ayuso tardó más en volver de México haciéndose la remolona que el Gobierno de España en resolver el caso del barco del virus, que lo hizo con tanta diligencia y éxito que fue reconocido por la comunidad internacional desde la OMS hasta la Unión Europea pasando por cada uno de los países de los nacionales que estaban en el fatídico crucero. Hasta el Papa, que el mes que viene estará en Canarias, felicitó públicamente al Gobierno de España por la gestión de la crisis del barco en el Archipiélago.
Los patriotas de hojalata ya han perdido a Dios y al rey, además del juicio y el norte. Solo les queda la patria pero ni esa la saben gestionar bien. No es lo mismo ser patriota que patriotero. Los patriotas de hojalata se parecen a los patriotas de verdad como un huevo a una castaña. Menudo castañazo se llevó Ayuso en México. Panda de huevones.




























Luis Seco de Lucena Moreno | Domingo, 17 de Mayo de 2026 a las 13:06:36 horas
Hay opiniones que no buscan explicar la realidad, sino colonizarla. La que usted plantea como punto de partida pertenece a esa categoría tan cómoda donde el adversario siempre es caricatura y el propio bando, poco menos que infalible. Y claro, así cualquiera escribe columnas: basta con repartir etiquetas como si fueran confeti y declarar victoria moral antes de terminar el primer párrafo.
Porque aquí no se argumenta, se ridiculiza. Se habla de “fachas”, de “patriotas de hojalata”, de “mariachis” y de una colección de enemigos imaginarios que parecen sacados más de un guion de barra de bar que de un análisis serio. Lo curioso es que, en ese intento de desacreditar al contrario, se termina haciendo justo lo que se critica: simplificar, dividir y agitar. Una especie de espejo poco favorecedor.
El asunto de fondo, que debería ser la gestión de una crisis sanitaria, queda enterrado bajo una montaña de sarcasmos y trincheras ideológicas. Se da por “impecable” una actuación porque lo avalan organismos internacionales (qué van a decir ellos), como si esos mismos organismos no hubieran sido cuestionados mil veces cuando sus diagnósticos no encajaban con el relato de turno. La coherencia, ya si eso, para otro día.
Y luego está la fascinación por convertir cualquier discrepancia en traición. Si alguien critica al Gobierno, es un felón; si alguien lo defiende, es un iluminado. Ese esquema tan binario tiene la elegancia intelectual de un martillo: sirve para golpear, pero no para pensar. La realidad, por desgracia para los que escriben así, suele ser bastante más incómoda y menos obediente.
En cuanto a los nombres propios, la pieza se recrea en el viejo deporte nacional de convertir al adversario político en personaje de opereta. Da igual que se trate de una presidenta autonómica, de un consejero o de quien toque ese día. Lo importante no es analizar lo que hacen, sino cómo se les puede ridiculizar mejor. Se pierde el matiz, se gana el aplauso fácil. Una transacción bastante rentable, por cierto.
Pero lo más revelador no es lo que se dice, sino lo que se omite. No hay una sola línea que contemple la posibilidad de que la crítica al poder pueda ser legítima sin ser conspirativa. Ni una. Todo queda reducido a una guerra de buenos contra malos donde, casualmente, los buenos siempre coinciden con quien escribe. Qué práctico.
Y mientras tanto, el lector —ese ser al que se le supone criterio— queda relegado a espectador de una pelea de patio de colegio con vocabulario algo más sofisticado. Se le pide que elija bando, no que piense. Que aplauda, no que dude. Que repita consignas, no que formule preguntas.
Quizá el problema no sea que existan “patriotas de hojalata”, sino que nos hemos acostumbrado a una conversación pública donde el metal suena más que la inteligencia. Y así vamos, confundiendo el ruido con la razón y el insulto con el argumento, como si fueran la misma cosa. Spoiler: no lo son.
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