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Jueves, 14 de Mayo de 2026

Actualizada Jueves, 14 de Mayo de 2026 a las 22:12:44 horas

Caminando hacia la desmemoria (CXXVII)

Juan Santana Quintana, el sacristán mayor de la Basílica Menor

Reflexión del cronista oficial de Telde, Antonio María González Padrón, licenciado en Geografía e Historia

ANTONIO M. GONZÁLEZ PADRÓN Jueves, 14 de Mayo de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Jueves, 14 de Mayo de 2026 a las 20:15:09 horas

Comenzábamos a andar los últimos años de la convulsa década de los sesenta del pasado siglo XX, cuando llegaba a nuestra ciudad don Teodoro Rodríguez y Rodríguez, quien accedía a la Parroquia Matriz de San Juan Bautista, dejando con gran dolor a su Virgen de Las Nieves y a la feligresía de Agaete. Todo se había precipitado, pues nadie esperaba la repentina muerte de don Juan Rodríguez Alvarado, meritorio sacerdote, que de forma prematura nos dejó. Fueron tan pocos meses los que estuvo entre nosotros que pasó a los anales de la Historia[Img #1057930] teldense como Don Juan el breve. Fue, unos años más tarde, cuando el nuevo rector de la Basílica Menor tomó una bien meditada y sabia decisión: Escoger entre varios acólitos a un nuevo Sacristán. Habían dos hermanos, Juan y Pedro Manuel,  más que aptos para ocupar tal oficio. Don Teodoro los puso a prueba, primero uno y después otro, y aunque los dos demostraron su idoneidad, al final se quedó con el mayor de ellos, Juan. 


Nuestro biografiado, Juan Santana Quintana, había nacido y criado como el resto de sus hermanos en el cercano y conventual Barrio de San Francisco, también conocido por Santa María de La Antigua; concretamente en una de sus rúas más carismáticas, Huerta, que a forma de sierpe, se extiende con notable angostura, desde el Árbol Bonito hasta chocar de frente con la cuesta de la vía Inés Chimida. Fue su hogar la casa de sus abuelos que por entonces contaba con una primera crujía cubierta con techumbre de teja árabe, a dos aguas. Otras dependencias con azotea plana daban a la huerta interior en donde el gallinero y el aprisco para guardar cabras y otros animales domésticos, estaban tan presentes como el antiguo horno, en donde se llegó a hacer pan años ha. De ahí pasará a la más que longa calle de las Carreñas, en donde viviría muchísimos años para ya, casi al final de su vida, hacerlo en el Barrio de Los Llanos de San Gregorio ¡Quién se lo iba a decir!


Juanito era miembro de una conocida familia formada por sus progenitores y sus hermanos Eladio y Pedro Manuel, a los que se les unía un buen número de primos y primas. Como cualquier niño de entonces, su vida transcurría, entre la antigua casa-hogar, las calles cercanas y el cotidiano ir y venir a la escuela pública. Pronto fue habitual su presencia como monaguillo en el templo sanjuanero, formando parte de una pléyade de chicos, más o menos de su edad, que asistían a los sacerdotes a dar lustre a los diferente actos religiosos allí celebrados. Don Teodoro con su célebre retranca dialéctica los apodó mis mariachis. Y entre todos ellos, pronto destacaría Juan por servicial y devoto al Santo Cristo del Altar Mayor o de Telde y, también, de la magnifica Imagen de vestir de Nuestra Señora de La Soledad. 


Su formación religiosa iba mucho más allá del conocimiento de las Sagradas Escrituras. Pues ávido de experiencias en el saber, era un incansable lector y amigo entrañable de cuantos le podían aportar noticias del pasado de nuestra Parroquial Matriz. Así sucedía a través de sus largas conversaciones con el antiguo Cronista Oficial de la Ciudad, don Antonio Hernández Rivero, portador de la antorcha investigadora del anterior Cronista, el eximio don Pedro Hernández Benítez. El primero le contaría los secretos mejor guardados de nuestro templo basilical, algunos de ellos frutos de leyendas inmemoriales. Juan conocía al dedillo la intrahistoria de cada retablo y de las imágenes que los poblaban. Además tenía conocimiento exacto de sus diversos estados de conservación. 


Los productos aplicados a los bronces y a las diferentes piezas de orfebrería, en su mayor parte de plata, era motivo de búsqueda en las droguerías de Las Palmas de Gran Canaria (Entre ellas la célebre droguería Espinosa), pues no se fiaba de cualquier marca de moda, queriendo siempre adquirir aquellos cuya calidad estaba más que comprobada. 


La composición floral fue una constante que, día a día, le ocupara, por lo que animaba a los devotos de las diferentes imágenes a que ofrecieran flores como pago a sus promesas y así tener suficientes cantidades para la renovación continuada de aquellos.


Siempre dispuesto a ayudar en lo espiritual y en lo humano, se esmeraba enormemente en tener un trato afable y cordial para con todos. Desde que lo conocí allá por  finales de los años setenta, siempre mantuvimos una gran amistad, basada en el respeto mutuo y en el intercambio incesante de conocimientos históricos locales. La actividad informativa era recíproca, pues si yo le ofrecía un dato, él me pagaba con creces, ofreciéndome dos o tres de su cosecha particular. Así, me sorprendió un día con los nombres originales con que habían sido bautizadas las diferentes campanas de la Basílica. Cuando le pregunté cómo había llegado a tal conocimiento me dijo que había sido a través de don Antonio Hernández Rivero, quien conocedor de su interés por las cosas de la Iglesia, no perdía ocasión en ilustrarlo sobre las mismas. Se lamentaba nuestro amigo, que muchas tradiciones se fueran diluyendo hasta perderse en la vorágine del día a día. Tales eran los casos de: La lluvia de pétalos de flores que se lanzaban desde los dos ventanucos existentes sobre el arco toral. Ésta se hacía presente en días muy significativos tales como: En la celebración de La Asunción de la Santísima Virgen a los Cielos o en la Misa Mayor el día de La Inmaculada Concepcion. También le apenaba que ya no se diera a besar las Santas Reliquias de San Antonio María Claret o la entrega de panes bendecidos el día de San Antonio de Padua… 


Ya fuera en la Huerta  o Patio de Los Naranjos (Hoy sorpresivamente sin rastro de los cítricos que le dieron nombre), lugar éste escogido para  llevar a cabo sus arreglos florales, que como ya hemos dicho con anterioridad, tanta vida daban a los altares de las cinco capillas y  también del Retablo de las Ánimas del Purgatorio. En Semana Santa, junto con Segundo Amador Martín, trabajaba denodadamente para procesionar espléndidamente compuestos los diez tronos de la Procesión Magna. 


Si algo le preocupaba sobremanera era la conservación y prestancia de la Venerada Imagen del Santo Cristo, al que los días posteriores a su Bajada (14 de septiembre) limpiaba con detalle, mientras sus labios se movían en sentida oración. Asimismo, era admirable ver con que ahínco le sacaba brillo a la repujada plata que recubre el Santo Madero. Así era nuestro querido y cercano Juan, al que no le afloraba su carácter, sino para pedir respeto por el recinto sacro, cuando algún turista o visitante relajaba las formas. 


La enfermedad que año tras año lo fue mermando, engrandeció  y fortaleció su espíritu. A diario se paseaba cadenciosamente lento por la Zona Fundacional de la ciudad, portando en una mano la consabida bolsa de plástico con la cena y, en la otra un puro habano, que de vez en cuando, inhalaba para, en segundos, exhalar su humo con medida parsimonia. 


Tras hacer su visita diaria al Santo Patrono, San Juan Bautista; su devoción hacia la Eucaristía se hacía patente, cuando se recluía en la Capilla de Nuestra Señora del Rosario hinojándose ante el Sagrario. Allí, recogido en alma y cuerpo, rezaba con devoción a la Santísima Virgen, echando una que otra mirada furtiva a nuestro San Amaro, a quien rogaba que cuidara de sus pies y de sus manos…


Espero, deseo que estas líneas le hagan justicia acercando su poliédrica personalidad a quienes le conocieron bien o simplemente al nuevo lector ávido de noticias de Telde y su comarca (Valsequillo-Telde). mucho más se podría decir de quien durante más de cuatro décadas sirvió con fidelidad total la parroquia primigenia de nuestra más de seis veces centenaria Ciudad (Este año se debería estar celebrando el 675 Aniversario de la fundación de nuestra Urbe y su Obispado, cuestión esta que por ahora han obviado tanto las autoridades civiles como eclesiásticas).


La lealtad de Juan no fue solo para la Iglesia como institución. Así siempre se manifestaría en los diferentes mandatos de los rectores parroquiales. Jamás le oí la más mínima crítica u opinión negativa al proceder de éstos. Le gustara o no la orden recibida, la acataba sin rechistar y sin hacer notar su incomodidad. La humildad le coronaba. 

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Geografía e Historia y cronista oficial de Telde.

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