
Tengo que reconocerlo: llevo días escuchando El Baifo de Quevedo en bucle. Y, aunque rechazo desde una perspectiva feminista algunos de sus contenidos —como la hipersexualización y cosificación de las mujeres, ciertos estereotipos masculinos o el lenguaje a veces soez—, no puedo ignorar la tensión que esto me genera al mismo tiempo que reconozco algo evidente: la fuerte canariedad que atraviesa el disco.
Y eso, en un artista internacional, alejado del folclore tradicional canario y con el alcance global que tiene hoy Quevedo, es algo absolutamente inédito. Quizás él mismo no sea plenamente consciente de la profundidad de lo que ha hecho, a mi juicio una reivindicación emocional, cultural y casi política de Canarias, que muchos hemos sentido. Lo sentimos cuando escuchamos nuestras palabras, nuestros códigos, nuestras referencias, nuestros lugares. Lo sentimos cuando aparece Telde en una canción y algo se remueve por dentro. Lo sentimos cuando suenan Los Gofiones cantando “Hijos de volcán” y se nos hace imposible contener las lágrimas.
Ese sentimiento tampoco nace de la nada, lo heredamos de generación en generación y también porque durante décadas desde distintos ámbitos —también desde la política nacionalista—, se ha trabajado para construir autoestima colectiva y sentido de pertenencia.
En Telde existieron iniciativas como el proyecto Veredas, una apuesta hermosa para sembrar en las nuevas generaciones ese orgullo de ser canarios y canarias a través del conocimiento. Desgraciadamente fue desmantelado por decisiones políticas erróneas, aunque muchos seguimos pensando que debería recuperarse, adaptado a los nuevos tiempos y extendido a todos los centros educativos de Canarias. Porque construir identidad no es encerrarse; es saber quién eres para poder abrirte al mundo sin complejos.
Quienes hemos pasado tiempo lejos de Canarias sabemos bien lo que significa escuchar algo propio a miles de kilómetros de casa. Y creo que la juventud canaria que hoy vive fuera está sintiendo exactamente eso con este disco: un vínculo inesperado y poderoso con su tierra.
Hay una frase del disco que me golpea especialmente: “no me mudo ni borracho”. Ojalá algún día todos los canarios y las canarias puedan decir eso sin miedo y sin resignación. Porque el orgullo de pertenencia no puede quedarse solo en lo simbólico. Tiene que convertirse también en derechos, oportunidades y dignidad.
La canariedad debe poder vivirse en condiciones de vida digna: empleo, vivienda, sanidad y educación pública, oportunidades para nuestra juventud, y en una sociedad donde mujeres y hombres sean plenamente iguales, con capacidad real de desarrollar un proyecto de vida en nuestra tierra.
Quizás ahí esté la mayor aportación de Quevedo en El Baifo: no solo recordarnos quiénes somos, sino hacernos replantear lo que merecemos.
María Celeste López Medina es concejal de Nueva Canarias en el Ayuntamiento de Telde.










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