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Martes, 05 de Mayo de 2026

Actualizada Martes, 05 de Mayo de 2026 a las 19:51:56 horas

Colaboración

Carta a mamá en el Día de la Madre y de la Cruz.

Reflexión de Lola May, escritora

TELDEACTUALIDAD/Telde Martes, 05 de Mayo de 2026 Tiempo de lectura:

Querida mamá:

Faltan apenas dos días para el 3 de mayo, tu cumpleaños, y andamos por casa con los ánimos envueltos en ternuras almibaradas. Ante mis ojos se recrea, como una estrella fugaz, un baile de imágenes de aquellos momentos compartiendo contigo tares que yo vivía como un juego. ¡Qué generosa es la memoria!

 

Todos recordamos tu fecha de nacimiento; pero, pocos saben que también es tu onomástica porque llevas de primer nombre Cruz al haber nacido en día tan señalado. Para la familia y los amigos siempre fuiste Carmela, aunque tu nombre completo era Cruz del Carmen. Me lo confiaste hace muchos años, y nunca lo olvidé. Fue como descubrir una verdad intima, guardada para el resto. No sé a qué se debió que mi corazón lo registrara como un secreto tuyo y mío, que renovábamos en cada tarde del 2 de mayo, mientras enramábamos juntas la cruz conmemorando dicha devoción.

 

Si cierro los ojos, puedo volver a verte entrando en la casa, contenta, con la cesta de mimbre repleta con varias docenas de claveles rojos, un puñado de hojas tiernas de helechos y algunas ramas de lluvia, cuajadas de diminutas flores blancas.

 

Siempre te recuerdo rodeada de flores. Te hacían feliz, y por eso teníamos un patio precioso, repleto de plantas que se propagaban fecundas, un vergel en el que te recreabas. Las macetas, dispuestas por toda la pared, bajo el alero de la techumbre, dejaban caer sus hojas en capas, unas sobre otras, en una cascada interminable de verdes, salpicada de brotes y pimpollos.

 

Permanece tu imagen, yendo y viniendo en aquel patio, absorta, ensimismada en la tarea de levantar las hojas delicadamente con una mano mientras que, con la otra, dirigías el chorro de la regadera de plástico azul, tarareando bajito algún bolero de Antonio Machín.

 

Yo observaba cada uno de tus movimientos, y me percataba de que tus alpargatas se iban humedeciendo desde la suela de esparto. Pero, tú, sublimada, te hallabas muy lejos del suelo. Aquel rincón que cuidabas con tanto mimo, te izaba por encima de la pobreza resarciendo toda tu pena. Poseías toda la riqueza que te brindaban las calas, los periquitos, las ñameras y los geranios… Tus únicas piedras preciosas.

 

Y, en esas tardes del 2 de mayo, después de la merienda, nos poníamos manos a la obra.

 

Todo comenzaba cuando retirabas el frutero de la mesa y el mantelito de ganchillo.  Disponías los ramos, la tijera, el hilo de acarreto y el armazón de madera en forma de cruz. Yo me sentaba a tu derecha, dispuesta a participar de la aventura. Siempre me mantuviste cerca, involucrada en tus tareas, y en ellas fui aprendiendo no solo lo doméstico, sino también valores que me han acompañado toda la vida.

 

Mientras tus manos laboriosas no se concedían pausa y, casi sin mirarme, me brindabas la catequesis de aquella fiesta que se conmemoraba y que heredaras de tu madre:  aquella era la cruz donde habían sacrificado a Jesús, y la Iglesia celebraba la Invención, el hallazgo de la Veracruz, por Santa Elena un 3 de mayo.  De esta manera práctica plantabas en mi corazoncito la misma semilla de la tradición devocionaria que habitaba el tuyo y que habría de germinar a su debido tiempo.

 

Mientras, te iba dando las flores que me pedías alternando con las ramas verdes de la rumora, atenta a tus palabras.

 

Hasta que llegaba el silencio.

 

Yo miraba tu silencio y fue así cómo empecé a conocerte. En él estaban tus preocupaciones, la escasez, la tardanza de papá, la mirada hacia el reloj… y el hondo suspiro con el que te recomponías mientras cobijabas en mi rostro tu sin nada.

 

Una vez concluida tu obra, la apoyabas contra la pared mirándola con ladeos de cabeza en un intento de calibrar la simetría del conjunto. A mí ya me parecía preciosa, pero tú la elevabas alhaja cuando metías tu mano derecha en el lebrillo con agua y la sacudías con un movimiento rápido, impulsando tus dedos, a modo de hisopo vivo sobre las flores prietas, asperjándolas. Las cientos de gotitas que quedaban adheridas a los olorosos pétalos de bordes irregulares en tono carmín, adquirían el brillo y reflejos diamantinos bajo la luz del bombillo de la cocina.

 

Embelesada, con los codos apoyados sobre la mesa y las manos debajo de mi cara -que también recibía algunas gotas- me extasiaba ante tanta belleza inconsciente de la fugacidad de esta ofrenda religiosa. De esta manera, la pieza de exultante rojo laureado en filigrana verde y salpicado etéreamente con minúsculas florecillas blancas, quedaba lista para ser colocada, antes de acostarnos, sobre la puerta donde papá había colocado ya una alcayata.

 

Al rato me llevabas a la cama donde rezábamos juntas las oraciones: “Cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos que me acompañan…”

 

Que concluía con tu canto a modo de arrorró: “Nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene nada le falta…”

 

Era en esos momentos cuando tu alegría cedía dejando paso a una especie de velada tristeza. Tus ojos ya no tenían la misma viveza de por la tarde. Tal vez te cantabas a ti misma la gran exhortación. Advertí, años más tarde, que nunca tuviste fiesta de cumpleaños, ni regalos, y que pasabas mucho tiempo sola… Lo remediamos en cuanto pudimos.

 

Ahora, y tras las terribles vicisitudes de tu dolorosa partida, aquí estoy, tomando tu testigo, enramando la cruz a pesar de mi rebeldía crítica, de mi disidencia intelectual; cumpliendo la encomienda, sintiendo tu presencia y en compañía de mi hija, a la que le cuento por qué se enrama la cruz el día 3 de mayo.

 

Te quiere tu hija, la niña de Arauz.

 

Lola May es escritora y técnica superior en Integración Social.

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