
Felipe González llamó al orden al decir que se sentía decepcionado
con Pedro Sánchez pues este le había prometido que votaría en contra en la primera ronda de la sesión de investidura y luego se abstendría. No lo haría. La negativa de Sánchez a Mariano Rajoy era morrocotuda para que este fuese presidente del Gobierno.
El PP había ganado las elecciones. El PSOE, ya con Sánchez, las había perdido. Amenazaban unas terceras elecciones generales donde todo apuntaba a que el PSOE seguiría bajando. Pero el ‘sanchismo’ estaba a lo suyo. Sánchez había registrado los peores resultados socialistas en diciembre de 2015 y junio de 2016. Estamos en el otoño de 2026, el 1 de octubre hay Comité Federal y el PSOE tiene que decidir si se abstiene o, en cambio, se enroca provocando otra repetición electoral.
Josep Borrell contestó a González. Vino a decir que aquella operación olía a golpe de Estado ungido por un sargento chusquero. La inteligencia del catalán, enorme inteligencia, que había sido ministro ‘felipista’ y que claudicó ante Joaquín Almunia a pesar de haber ganado las primarias, no acaba de ver (ay, la inteligencia social y la inteligencia emocional) lo que supondría Sánchez y su ambición desmedida. El ‘sanchismo’ de primera hora estaba obstinado en supeditar la organización y su futuro al suyo personal. El líder por encima de las siglas, al precio que fuera. El aparato ‘felipista’, respetado por José Luis Rodríguez Zapatero, destronó a Sánchez.
Pero los tiempos ya eran otros: concurría Unidas Podemos, había redes sociales e imperaba la posmodernidad. El secretario general se presentó como víctima ante la militancia y la enfrentó torticeramente ante los cuadros socialistas. Una rebelión a bordo, como en películas clásicas de la marina británica. Fue astuto. Y comenzó el Peugeot 407 a rodar, escoltado por los que se han enfangado (presuntamente) en la corrupción y puterío.
El PSOE de siempre fue devastado. El ‘sanchismo’ ganó en las primarias de 2017. El truco de víctima del sistema triunfó; en los noventa hubiera sido imposible. Los coroneles pasaron a sargentos, y los sargentos se convirtieron en coroneles. Esta ya es la estructura dentro del PSOE que tendrá que lidiar cuando el ‘sanchismo’ sea derrocado del poder. ¿Regresará aquel PSOE? El del sentido de Estado y la socialdemocracia útil para, por ejemplo, evitar la entrada de la ultraderecha en La Moncloa, aun absteniéndose. Muy difícil. El aparato es ‘sanchista’. No hay recambio de cuadros. Y todo ello fruto del cesarismo y de un modelo de partido que nada tiene que ver con el nacido en Suresnes.
A ver quién y cómo se pilota el PSOE en la próxima travesía por el desierto. Eso, siempre y cuando Sánchez no se encastille en Ferraz; pierda todo lo que pierda es capaz de no irse. El tufo de la urna escondida e intento de pucherazo orgánico, imágenes que vemos ahora, en aquel Comité Federal de 2016 apuntó maneras. Susana Díaz y compañía no tienen ejército presente. Y Sánchez, gane o pierda, irá a lo suyo; quemando todo lo que haga falta.










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