
Joseph Overton, que fue vicepresidente del Centro Mackinac de Política Pública (un Thinktank o laboratorio de ideas, vaya), creó un concepto en forma de ventana (la ventana de Overton) mediante la cual se podían ver las diferentes opiniones o ideas que se podían expresar públicamente sin temor a que el político o individuo que la expusiera fuera descalificado...
El truco de esa ventana de overton está en que puede desplazarse si es necesario, hacia arriba o hacia abajo, permitiendo ver nuevas ideas u opiniones que pueden llegar a ser aceptadas con el tiempo o la inercia suficiente. Dicho de otra manera, la ventana se expande o se contrae...
Así, opiniones que un día pueden parecer impensables, con el tiempo pueden ser expresadas sin ser rechazadas (del todo o en parte) por la sociedad. ¿Dónde está la trampa para conseguirlo? En la manipulación y la tergiversación de conceptos. En la repetición de mantras cargando contra aquello que se quiere perjudicar o directamente eliminar. En la acusación sin sentido ni lógica, pero que mediante la repetición acaba, poco a poco, calando en el colectivo, entrando en la psique de las mentes más influenciables...
De esta manera se consigue acabar colando en la sociedad mensajes que antes parecían radicales o insensatos. De eso estamos viendo ejemplos a diario protagonizados por la Derecha rancia española: la directamente fascista y la que le sigue detrás, como un acólito a su ídolo o un discípulo a su maestro. La última, la colación (por la escuadra) del concepto "prioridad nacional"...
Algo impensable de oir en boca de nadie con aspiraciones políticas hasta ayer mismo. Algo que hoy repite el fascismo español y que su acólito pepero acepta por su necesidad de Poder, aunque sea a costa de demostrar (una vez más) su carencia de todo tipo de principios éticos o morales. Algo que más que "prioridad nacional" debería llamarse más propiamente "discriminación por origen"...
Discriminación por origen, tanto étnico, como racial y sobre todo aporofóbico, pues en el fondo lo que más les molesta a estos "españoles de bien" es tener cerca a personas necesitadas, a personas pobres, en definitiva. Porque si le das bien a la pelota, por poner un ejemplo, o si tienes una renta abultada o posees un fondo de inversión, entonces esa "prioridad nacional" puede no serte aplicada...
Y el problema no es (que también) la aceptación como tema de debate de esa mal llamada "prioridad" en vez de "discriminación", sino el hecho de que se haya conseguido colar en la agenda política de los nuevos pactos de la Derecha rancia española. Pactos para repartirse el Poder en Extremadura o Aragón (ya veremos cómo se termina colando en otras Comunidades, ojo). Como también problema es que sea aceptado por sus votantes...
Y ni siquiera es un concepto nuevo: es sencillamente parte del método de la internacional fascista, cada vez más desacomplejada y más autoritaria. Es el resultado de la pérdida de Valores de la sociedad, de la crisis de Valores. De la tendencia cada vez más acusada hacia la inmediatez, la superficialidad o el individualismo como meta, frente a la ética y a la cohesión comunitaria. De una sociedad cada vez menos "social"...
Cuando esa discriminación por origen empieza a ser manifestada como idea, como opinión por dirigentes políticos (aunque sea cambiando el nombre, como es el caso), es el momento de reconocer que la sociedad, como tal, está fallando. Que, tal vez, la falta de referentes éticos, el debilitamiento de los lazos comunitarios está dificultando la tolerancia y el respeto. Y una sociedad intolerante es un fracaso como tal...
Ángel Rivero García es secretario de comunicación de Nueva Canarias Telde.

































Luis Seco de Lucena Moreno | Jueves, 23 de Abril de 2026 a las 23:01:59 horas
Prioridad nacional y los zapatos del vecino
Hay imágenes que, por su sencillez, desnudan realidades complejas con una precisión incómoda. Comprar zapatos a los hijos del vecino mientras los propios caminan descalzos es una de ellas. No es solo una metáfora eficaz: es una denuncia directa de una percepción creciente en una parte de la sociedad española, especialmente entre los jóvenes, que observan cómo el acceso a la vivienda se convierte en una carrera cada vez más desigual.
España arrastra desde hace años un problema estructural en materia de vivienda. Precios desorbitados, salarios que no acompañan y una oferta insuficiente han construido un escenario en el que trabajar y cotizar ya no garantizan un derecho básico: emanciparse. En este contexto, miles de jóvenes se ven obligados a prolongar su estancia en el hogar familiar, no por elección, sino por imposibilidad material.
A esta realidad se suma un elemento que genera fricción social: la percepción de que determinadas políticas públicas priorizan a colectivos en situación de vulnerabilidad, entre ellos personas migrantes en situación irregular, otorgándoles acceso preferente a recursos limitados como la vivienda social. El problema no reside en la ayuda en sí —que es necesaria y moralmente exigible—, sino en el equilibrio de esa ayuda y en la sensación de agravio comparativo que puede provocar.
Porque cuando un joven que ha seguido el itinerario esperado —formación, empleo, cotización— comprueba que no alcanza a cubrir necesidades básicas mientras otros acceden a recursos por criterios distintos, lo que se erosiona no es solo su economía, sino su confianza en el sistema. Y cuando esa confianza se resquebraja, el debate deja de ser técnico y se convierte en emocional, terreno fértil para el resentimiento.
Conviene, sin embargo, no caer en simplificaciones peligrosas. No se trata de enfrentar a jóvenes nacionales con migrantes. Ambos comparten, en muchos casos, una misma condición: la vulnerabilidad. El error no está en asistir a quienes llegan en condiciones precarias, sino en hacerlo sin resolver previamente las carencias de quienes ya estaban en situación de fragilidad.
Una política pública eficaz no puede construirse sobre la lógica de suma cero, donde el avance de unos implica el retroceso de otros. El reto es más exigente: ampliar el marco, aumentar los recursos, mejorar la planificación y garantizar que los criterios de acceso sean percibidos como justos y transparentes. De lo contrario, la solidaridad se convierte en sospecha, y la justicia social en motivo de división.
España tiene la obligación —legal, ética y humanitaria— de atender a quienes llegan buscando una vida mejor. Pero esa obligación no puede desligarse de otra igualmente irrenunciable: proteger a sus propios ciudadanos, especialmente a quienes, aun cumpliendo con las reglas, quedan atrapados en un sistema que no les ofrece salida.
No se trata de elegir entre unos y otros. Se trata de no olvidar que una sociedad justa no deja descalzos a los suyos mientras intenta calzar a los demás. La verdadera prioridad nacional no es excluir, sino incluir sin discriminar; ayudar sin desatender; y, sobre todo, evitar que la solidaridad se perciba como injusticia.
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