
Hay nombres que no necesitan ruido para permanecer. Nombres que no se imponen, pero que resisten. Cuando se cumplen 125 años del nacimiento de Fernando González Rodríguez, Telde no recuerda únicamente a un escritor: recuerda a una forma de estar en el mundo.
Fernando González nació en Telde en 1901. Y ese dato, que podría parecer simplemente biográfico, lo explica casi todo. Porque su obra no se entiende sin esta ciudad, sin sus calles, sin su paisaje humano, sin la huella de una infancia humilde que marcó su mirada para siempre. No fue un poeta distante, ni ajeno, ni construido desde la comodidad. Fue un hombre que conoció el esfuerzo desde temprano, que trabajó siendo niño y que encontró en la palabra una forma de elevar lo cotidiano sin perder su verdad. Esa autenticidad es, quizás, la clave de su legado.
Fernando González no escribió para deslumbrar, escribió para decir. Y en ese decir hay una voz reconocible, íntima, contenida. Una voz que no necesita artificios para emocionar. Su poesía no busca imponerse, sino quedarse. Permanecer. Acompañar.
Sus primeros versos vieron la luz muy pronto, cuando apenas era un joven. En 1918 reunió su obra inicial en Las canciones del alba, un título que ya encierra toda una declaración de intenciones: el comienzo, la luz, la esperanza. A ese primer libro le seguirían Manantiales en la ruta (1923) y Hogueras en la montaña (1924), donde se percibe a un poeta que avanza, que observa, que va encontrando en el camino motivos para escribir y para sentir.
Más adelante, en El reloj sin horas (1929), aparece una imagen poderosa, casi silenciosa: el tiempo que no se mide, sino que se vive. El tiempo interior. El que no marca el reloj, sino la memoria. Esa capacidad para transformar una idea en emoción es una de las grandes virtudes de su obra.
Con Piedras blancas (1934), su poesía se vuelve aún más esencial. Más depurada. Más cercana a esa Telde que siempre estuvo presente en su escritura. No es casual que uno de los poemas más recordados vinculados a su nombre evoque precisamente las piedras de la ciudad, como si en ellas quedara grabada la vida misma.
Y ya en su etapa más madura, Ofrendas a la nada (1949) revela a un autor que mira hacia dentro con mayor profundidad, con una serenidad que no renuncia a la emoción, pero que la expresa desde un lugar más reflexivo, más consciente del paso del tiempo. No fue un poeta de estridencias. Fue un poeta de fondo.
Su obra está atravesada por temas que siguen siendo universales: el amor, la nostalgia, la tierra, la memoria, la pérdida. Pero en él todo eso se dice de una manera particular, sin exceso, sin grandilocuencia, con una elegancia sobria que lo distingue. Hay en sus versos una manera de mirar que dignifica lo sencillo. Una forma de escribir que convierte lo cercano en permanente.
Además de poeta, fue profesor de Lengua y Literatura, hombre de cultura, editor y lector profundo de los clásicos. Su vida no estuvo exenta de dificultades, y su trayectoria quedó marcada también por el contexto político de su tiempo. Pero incluso ahí, en la adversidad, se mantuvo fiel a su vocación intelectual y a su manera de entender la vida. Quizá por eso su figura merece hoy algo más que un recuerdo puntual.
Durante mucho tiempo, nombres como el de Fernando González quedaron en un segundo plano, lejos del reconocimiento que merecían. Sin embargo, Telde ha sabido, con el paso de los años, ir recuperando su memoria. Hoy su nombre está presente en nuestra ciudad, en una calle, en un centro educativo, en el reconocimiento como Hijo Predilecto (2023). Su legado se conserva, se estudia y se comparte. Y eso no es un gesto menor: es una forma de justicia.
Pero más allá de los reconocimientos institucionales, hay algo más importante: la vigencia de su palabra.Porque cuando uno se acerca a sus versos, descubre que siguen hablando. Que siguen diciendo. Que siguen encontrando eco en quien los lee. Y eso es, al final, lo que define a un verdadero poeta: no el momento en que escribe, sino el tiempo que es capaz de atravesar.
Como alcalde, pero también como ciudadano de esta ciudad, creo que recordar a Fernando González es reconocer lo mejor de nosotros mismos. Es entender que Telde no solo se construye con piedra y con historia, sino también con palabra. Con sensibilidad. Con memoria.
Hoy no celebramos únicamente el aniversario de su nacimiento. Celebramos que su voz sigue aquí. En la quietud de sus versos. En la sencillez de su mirada. En la profundidad de su silencio.
Porque hay palabras que no se apagan. Y hay poetas —como Fernando González— que, sin levantar la voz, permanecen para siempre.
Juan Antonio Peña Medina es alcalde de Telde.










Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.106