
En un reciente encuentro con una dirigente política de nuestra tierra, formuló una interrogación con respeto a los equipos humanos que suelen acompañar en las listas municipales para la gestión de lo público. Reconocía que, en la política contemporánea, el liderazgo se ha visto cada vez más influido por la lógica de la comunicación inmediata. Las redes sociales, los ciclos informativos acelerados y la necesidad constante de visibilidad han favorecido perfiles que destacan más por su capacidad de generar impacto que por su habilidad para gestionar con profundidad.
Esto ha producido, en muchos casos, liderazgos efímeros, reactivos y excesivamente dependientes de la opinión pública del momento. Sin embargo, gobernar no es simplemente responder al ruido, sino anticiparse a los problemas, tomar decisiones difíciles y asumir sus consecuencias.
Añadía que liderar no es, solo, gestionar. Hay una confusión frecuente: creer que un buen gestor automáticamente es un buen líder. No es cierto. Un gestor administra recursos, cumple plazos y ejecuta presupuestos. Un líder, además, genera confianza, moviliza voluntades y construye un relato compartido de futuro. En el ámbito municipal, esa diferencia se nota cada día.
Un líder político sólido combina varias cualidades esenciales: visión a largo plazo, capacidad de diálogo, integridad personal y competencia técnica. La visión permite establecer un rumbo más allá de la coyuntura; el diálogo facilita la construcción de consensos en sociedades diversas; la integridad genera confianza; y la competencia asegura que las decisiones no se queden en declaraciones bienintencionadas.
En el ámbito de la política local, el concepto de liderazgo adquiere matices aún más concretos. A diferencia de los grandes escenarios nacionales o internacionales, en lo local la política se vive de forma directa. Las decisiones afectan de manera inmediata a la vida cotidiana: el estado de las calles, la calidad de los servicios públicos, la planificación urbana o la atención social. Aquí, el liderazgo no puede esconderse detrás de discursos abstractos; se mide en resultados visibles y en la cercanía con la ciudadanía.
Un líder local tiene, por tanto, una doble exigencia. Por un lado, debe ser gestor eficaz, capaz de administrar recursos limitados con criterio y transparencia. Por otro, debe ser un referente cercano, accesible y dispuesto a escuchar. La proximidad no es solo geográfica, sino también emocional y política: implica entender las necesidades reales de los vecinos y traducirlas en políticas públicas concretas.
No obstante, la política local también enfrenta sus propios desafíos. La escasez de recursos, la dependencia de otras administraciones y, en ocasiones, la falta de profesionalización puede dificultar el ejercicio de un liderazgo transformador. A ello se suma el riesgo de caer en dinámicas clientelares o en decisiones cortoplacistas orientadas únicamente a mantener apoyos inmediatos. Frente a estos retos, el liderazgo local de calidad requiere valentía para priorizar el interés general incluso cuando no es lo más popular, así como una apuesta decidida por la participación ciudadana real. No basta con informar; es necesario involucrar a la ciudadanía en la toma de decisiones, generando corresponsabilidad y fortaleciendo la democracia desde su base..., desde la acera de enfrente.
Gregorio Viera Vega es exconcejal del PSOE en Telde










Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.148