El hecho religioso existe, no se puede negar. Es intrínseco a la persona,
a la sociedad; al margen luego de las regulaciones constitucionales al uso que ordenan la convivencia: desde la aconfesionalidad imperante en la Constitución de 1978 hasta los laicismos europeos que pueden engendrar problemas cuando obvian la Historia y envalentonan el sectarismo de una pretendida razón que ignora deliberadamente el alma.
Esta Semana Santa ha mecido entre el buen tiempo y las ganas recobradas por la espiritualidad fruto de una cotidianeidad anestesiada por la sociedad de consumo, el ensalzamiento del ego y la exclusión del otro, visto ya como una impertinencia y lejos de ser valorado como el prójimo de antaño. Darwinismo social. Ley de la oferta y la demanda: tanto vales, tanto te uso. Y si te vi no me acuerdo.
No se puede vivir sin asumir que la maldad existe. Las bienaventuranzas precisan de la verdad. La verdad libera, te desata y da rienda suelta al espíritu. La mentira contrae. La mentira te traba. La mentira es una larga sombra progresiva que, al fin, te devora. Las bienaventuranzas requieren de la verdad como el sol que se invoca cada mañana. Y bajo el sol solo cabe la humildad desnuda, la pequeñez compartida que nos caracteriza de nacimiento en la cuna frente al engolado egoísmo que insufla la maldad.
Negar la maldad que asoma como amenaza en nuestras esferas personales y colectivas es justamente la victoria de la maldad. Solo negando su concurrencia, puede la maldad (el pecado) hacer de las suyas. La maldad necesita ser disfrazada, servirse de camuflajes y presentarse con intenciones protervas solapadas. Y solo la luz de la verdad se antoja como el antídoto que desmonta la maldad, la mentira y el pecado.
Esta España que cierra esta Semana Santa recibirá en breve la visita de León XIV. Por mucho que algunos estén tentados en taparla o rebajarla, aflorará el afán social de la búsqueda de la verdad tras no querer llamar a las cosas por su nombre; esa mentira que, por a medias que se erija, siembra la podredumbre y los males que carcomen el alma a son de los diablos. La dignidad, la entereza, el amor, la compasión, la sed de justicia y demás virtudes que ennoblecen a la persona obliga a la búsqueda de la verdad. La contemplación, la empatía y la elegancia del silencio son, entre otros, mecanismos con los que sortear el peligro de la maldad. Solo la verdad vence a la muerte.










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