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Viernes, 03 de Abril de 2026

Actualizada Viernes, 03 de Abril de 2026 a las 09:35:22 horas

Primera Plana

Recogimiento y amor

Columna de Rafael Álvarez Gil

RAFAEL ÁLVAREZ GIL Viernes, 03 de Abril de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Viernes, 03 de Abril de 2026 a las 07:13:08 horas

Vivimos en Canarias una Semana Santa especial por doble motivo. El pr[Img #1059858]imero porque es el estreno al respecto en el pontificado de León XIV. El segundo, y sobre todo en clave isleña, porque en breve recibiremos su visita en Gran Canaria y Tenerife. Un acontecimiento histórico, epocal para el archipiélago. De los que serán siempre recordados y resaltados en negrita incluso dentro de un siglo o más. A escaso tiempo de que esto suceda, las horas del Jueves Santo y el Viernes Santo invitan al recogimiento, al respiro hondo al paso por las calles adoquinadas y las plazas desiertas al mediodía, a la espera de que salgan a relucir las procesiones.

 

De nada valdrá las jornadas recoletas, de meditación y perspectiva de lo vivido y lo que nos queda por vivir, si nos vence la inconsciencia. Si el próximo lunes la rutina confirma que la Semana Santa fue un paréntesis ocioso sin más, distraído al uso, para rehuir de una cotidianeidad liviana, sin consistencia moral. La Semana Santa tiene sentido en la medida que arraigue y la resurrección se haga patente el resto del año, curso a curso. La resurrección en uno mismo, la resurrección en el prójimo.

 

La resurrección es vida y, por ende, amor. El amor es la mayor fuerza de la vida, de la pasión humana, porque entronca con la resurrección. El amor no se extingue. El amor no caduca. Nos hace mejores, nos eleva sobre los grises diarios y nos trasciende. Es en el amor, en sus diversas dimensiones, en la otra persona, donde se erige la presencia anticipada de Dios, previa a la resurrección que nos convoca y que justo la Semana Santa recuerda cada doce meses.

 

Solazándonos en el rincón del alma, en la pequeñez que nos invita a subrayar lo verdaderamente importante sobre la confusión de lo superficial, albergamos la trascendencia y, por tanto, al Dios anticipado. No hay eje de espacio y tiempo que ciña al alma. No hay complejidades históricas, por mucho que hoy asomen y nos atañan, y preocupen a León XIV, que mate al alma. La vida siempre vence. Nos desconcierta la velocidad y galope vertiginoso que concierne al mundo; a un mundo que se desprende de las reglas y cae por el sumidero de la euforia materialista, de la posesión. Mas sobrevendrán ciclos iguales o peores que inquieten (y con razón) a las sociedades diversas que siempre tendrán en Roma un lucero de respeto y esperanza. También Canarias.

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