Capítulo 1, Sur: La Güera (Entrega II)
Tras la incertidumbre bajo el sol, el regreso de mi conductor rompió el silencio del desierto. No traía un documento oficial sellado, sino un recorte de papel garabateado a bolígrafo donde solo se leía: "Manollo". Aquel nombre fue la llave maestra. El soldado lo miró, asintió y nos dejó pasar sin decir ni siquiera un "lo siento, son las normas", aunque fuese para quedar bien.
Lo que encontramos al cruzar la frontera invisible de La Güera fue desgarrador. El pueblo era un esqueleto desvalijado: a todos los edificios le habían arrancado las puertas y ventanas para su uso como leña. La arena, imparable, entraba por los huecos y sepultaba las estancias. De aquel paisaje de abandono sobresalía una gran cúpula semiesférica pintada de blanco, último vestigio del Hospital de La Güera que se negaba a desaparecer bajo las dunas.
Pero al llegar a la orilla, la desolación se transformó en vida. Un grupo de seis o siete pescadores y muchos niños alborozados nos esperaba. Antes de empezar el negocio, me di un baño en un Atlántico que estaba a la temperatura exacta del cuerpo; un alivio templado en la orilla y fresco en la profundidad. Los niños brincaban alborozados viendo cómo caminaba por la arena, en un ambiente que pasó de la tensión militar a una alegría casi festiva.
Bajamos la báscula de plataforma de la furgoneta. Los pescadores, en bañador, se lanzaban al agua para recuperar sus "viveros": cajas de fruta unidas por cuerdas, boca con boca, donde guardaban las langostas vivas. El trato era fluido; hacían cola ante la báscula, unos traían cuatro, otro seis, otro diez y hasta uno con dos. El conductor las pesaba ante mi atenta mirada, y yo les pagaba sobre la marcha en billetes y monedas de ouguiyas. Algunos, más rezagados, observaban la operación esperando una subida del precio, algo a lo que accedí un par de veces para completar la carga.
Fue en mitad de ese mercado improvisado cuando divisé en el horizonte al Puente Canario. Al verlo surcar aquellas aguas, sentí una mezcla de orgullo y premonición. Aquel ferri no era solo un barco; era el cordón umbilical que unía comercialmente a nuestras islas con el exSáhara. Sin embargo, verlo allí, tan cerca de una costa donde la autoridad dependía de un papel escrito a mano, me hizo percatarme del peligro real que corría.
Mafersa es Manuel Fernández Sarmiento, actualmente cursando el segundo curso del Diploma Ciencia y Tecnología de la ULPGC.



























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