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Colaboración

Viaje a los confines del Sáhara español (II)

Reflexión de Mafersa

MAFERSA Viernes, 03 de Abril de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Viernes, 03 de Abril de 2026 a las 17:04:19 horas

Capítulo 1, Sur: La Güera (Entrega II)

 

​Tras la incertidumbre bajo el sol, el regreso de mi conductor rompió el silencio del desierto. No traía un documento oficial sellado, sino un recorte de papel garabateado a bolígrafo donde solo se leía: "Manollo". Aquel nombre fue la llave maestra. El soldado lo miró, asintió y nos dejó pasar sin decir ni siquiera un "lo siento, son las normas", aunque fuese para quedar bien.

 

​Lo que encontramos al cruzar la frontera invisible de La Güera fue desgarrador. El pueblo era un esqueleto desvalijado: a todos los edificios le habían arrancado las puertas y ventanas para su uso como leña. La arena, imparable, entraba por los huecos y sepultaba las estancias. De aquel paisaje de abandono sobresalía una gran cúpula semiesférica pintada de blanco, último vestigio del Hospital de La Güera que se negaba a desaparecer bajo las dunas.

 

​Pero al llegar a la orilla, la desolación se transformó en vida. Un grupo de seis o siete pescadores y muchos niños alborozados nos esperaba. Antes de empezar el negocio, me di un baño en un Atlántico que estaba a la temperatura exacta del cuerpo; un alivio templado en la orilla y fresco en la profundidad. Los niños brincaban alborozados viendo cómo caminaba por la arena, en un ambiente que pasó de la tensión militar a una alegría casi festiva.

 

​Bajamos la báscula de plataforma de la furgoneta. Los pescadores, en bañador, se lanzaban al agua para recuperar sus "viveros": cajas de fruta unidas por cuerdas, boca con boca, donde guardaban las langostas vivas. El trato era fluido; hacían cola ante la báscula, unos traían cuatro, otro seis, otro diez y hasta uno con dos. El conductor las pesaba ante mi atenta mirada, y yo les pagaba sobre la marcha en billetes y monedas de ouguiyas. Algunos, más rezagados, observaban la operación esperando una subida del precio, algo a lo que accedí un par de veces para completar la carga.

 

​Fue en mitad de ese mercado improvisado cuando divisé en el horizonte al Puente Canario. Al verlo surcar aquellas aguas, sentí una mezcla de orgullo y premonición. Aquel ferri no era solo un barco; era el cordón umbilical que unía comercialmente a nuestras islas con el exSáhara. Sin embargo, verlo allí, tan cerca de una costa donde la autoridad dependía de un papel escrito a mano, me hizo percatarme del peligro real que corría.

 

Mafersa es Manuel Fernández Sarmiento, actualmente cursando el segundo curso del Diploma Ciencia y Tecnología de la ULPGC.

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