Capítulo 1, Sur: La Güera (Entrega I)
El destino tiene un sentido del humor algo retorcido. En mayo de 1977, yo ejercía de Director de Fábrica de la factoría de productos del Mar Canagel SL. en la zona industrial del barrio de Guanarteme, en Las Palmas de Gran Canaria, un ingeniero técnico, especializado en química, dedicado, principalmente, a que, toneladas de potas, llegaran impecables a Zamora: limpias, empacadas y congeladas.
Pero mi amor a la Mar, que me había llevado a ser Patrón de Yate, me empujó a una aventura que ningún despacho podía prever: Ante la indisposición de nuestro director comercial, que tenía que ir a la Costa a comprar langostas, acepté ir yo: viajar a Mauritania con una sola condición: lo haría a bordo de nuestro propio barco pesquero.
El viaje fue de una calma engañosa. Por la noche, la pantalla del radar se llenaba de puntos luminosos; no eran solo barcos en la zafra del pulpo, sino el recordatorio de que en aquellas aguas la tensión se mascaba. Se hablaba de abordajes, posiblemente por patrullas del Frente Polisario, y de cómo los grandes arrastreros rusos repelían los ataques a ráfagas de ametralladora.
Tras atracar en Nouadhibou, y después de alojado en casa de nuestro representante en Mauritania, Mohamed Haidoum, nos dispusimos, tras una ligera cena, a dormir profundamente, y descansar del vaivén del pesquero, para estar en condiciones de emprender, al día siguiente, el camino hacia La Güera, a través de pistas de tierra y dunas, en una furgoneta, cuyos servicios, incluído su conductor, había sido tratado por nuestro representante.
El trayecto fue un descenso a lo irreal. Tuvimos que cerrar las ventanas a toda prisa para atravesar un barranco sobre el que flotaba una nube plana de cierto grosor, de moscas verdes, densa y suspendida a pocos metros del fondo: era el vertedero de basuras de Nouadhibou.
Al salir de aquel enjambre, nos recibió la mirada de un buitre colosal, erguido, de casi dos metros, que aguardaba su turno en la cadena alimentaria de la vida... y de la muerte.
Ahora vamos a atravesar un tramo minado, explicó el conductor, con toda naturalidad. ¿Cómo? ¡Repite eso? Espeté, si, que vamos a pasar por un tramo minado. ¡Pero eso es peligrosísimo! ¿Cómo sabes por dónde pasar sin pisar una mina? Siguiendo las huellas del coche que pasó anteriormente. ¿Qué huellas? ¡No hay huellas! ¡El viento ha cubierto de arena las huellas anteriores!
El conductor comenzó a reírse a carcajadas: ¡No falla! ¡Siempre sucede lo mismo! Cuando paso por aquí con algún extranjero le cuento lo mismo, y se asustan, porque no saben que hace años que limpiaron de minas toda la zona.
Serás cabr..ito! Más risas del conductor, más cabreo mío!
Poco después, nos vimos obligados a parar por la orden de alto de un soldado solitario, ¡cetme en ristre! quién me solicitó la identificación. No tardé un segundo en presentársela, "¿Y el pase?", preguntó. Mi conductor, (hablan en su idioma), replicó: "¿Qué pase?". El soldado fue tajante: "Para pasar este punto, un extranjero tiene que tener un pase del Cuartel General". "¿Se puede arreglar de alguna manera?", preguntamos. "¡No!, ¡hace falta el pase!", sentenció.
¡Me topé con la excepción que confirma la regla!, pues lo habitual era que pidieran algo de dinero para evadir la exigencia, pero aquel hombre se puso legalista. Así pues, le dije al conductor que fuese a buscar el dichoso pase. Calculando que tardaría al menos una hora, busqué la sombra de la duna más próxima al soldado.
Y fue en esa hora de soledad cuando me asaltó la preocupación: recordé que algunos empresarios habían sido secuestrados en la zona pidiendo por ellos fuertes sumas de dinero. Miré al soldado y pensé: "Si decide pegarme un tiro ahora mismo y me entierra bajo esta arena, nadie me encontrará jamás. Se llevará el dinero que traigo para la compra de langostas y yo seré solo otro secreto del desierto". Fue en esa hora de soledad, sentado a la sombra de la duna, cuando me miré a mí mismo desde fuera:
Manuel Fernández Sarmiento, ingeniero especializado en química, con domicilio en Las Palmas de Gran Canaria, DNI número 42...Q... ¿Qué hace un chico como tú en un desierto como este?.
Mafersa es Manuel Fernández Sarmiento, actualmente cursando el segundo curso del Diploma Ciencia y Tecnología de la ULPGC.










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